Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Educación

Pepito va a la escuela

Nueva ministra y viejos problemas: Comienza el curso escolar 2008-2009.

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Viejo chiste: A Pepito le presentaron al Castro mayor, que enseguida le preguntó si era el de los cuentos. "No, Comandante, el de los cuentos es usted, yo soy el de los chistes", le contestó con una sonrisa de primera a tercera base. Este lunes 1 de septiembre, otro Pepito inicia el curso 2008-2009, en una Cuba cuya sistema educacional escasamente mantiene dos cuentos: gratuidad y masividad, sin chiste alguno.

Pepito acaba de cumplir doce años, nació en 1996, para zambullirse en lo que el eufemismo oficial aún llama "Período Especial". Entra a séptimo grado (primero de Secundaria Básica) y como la abrumadora mayoría de sus coetáneos no sabe qué le espera frente a un PGI (profesor general integral), que imparte todas las asignaturas, transmitidas por la televisión educativa, ahora con programas de 30 minutos y 15 para que el PGI consolide, pregunte, garantice el cumplimiento de los objetivos.

Pero este Pepito —aunque al final oirá otro chiste— tiene mala suerte. Como es negro y la mayoría de los emigrantes son blancos, carece de FE (familia en el exterior), es decir: sus padres no reciben remesas, moneda real. Y por la misma causa ni mamá ni papá han tenido acceso a trabajos legales donde arañar algunos CUC (pesos cubanos convertibles), que redondeen los tan fugaces (ni remontan la quincena) salarios en moneda aparente, nacional.

Su padre es mecánico, es mago: logra que aún rueden los Ladas soviéticos de cuando Leonid Brézhnev, pero en un taller en Centro Habana, adscrito a un organismo venido a nada menos que menos nada: Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Aunque a veces le caen arreglitos por fuera, poco inventa, poco escapa y bebe ron.

La madre tuvo que cuidar a los padres, de quienes heredaron la accesoria, y además de Pepito tiene una hija mayor. Aunque se tituló en un tecnológico de alimentación, lo único que ejerce es la olla de frijoles y las croquetas de averigua, la salación con el marido cuando se bebe hasta el vino seco a granel. Algo gana cuando revende ropa yanqui, que recibe su vecina porque la hermana —mulata de oro— se casó con un canadiense, pero con la ayudita apenas choca con la leche en polvo, a 2 CUC la libra; por la izquierda, claro, siempre por la genuina izquierda.

¡Muy mala suerte! Porque además de la fatal subalimentación (que tanto incide en el desarrollo mental y físico) los uniformes son iguales, pero la mochila y los tenis no, tampoco los regalos al maestro para que lo lleve bien. Ni el desayuno: agua con azúcar prieta, porque desde que cumplió 7 no recibe el litro de leche.

¡Ay, Pepito! A tu Secundaria no le tocó ninguno de los supuestos 4.000 maestros jubilados que desesperadamente el gobierno autorizó a reintegrarse con el sueldo completo. Una de Español sacó su cuenta y mantuvo en el comedor de su casa los repasos privados; otro de Matemática juró no aguantar nunca más las descargas políticas en los claustros. Sé de un tercero que tiene miedo a que se le vaya la boca en una asamblea del sindicato y termine dando clases en la acogedora prisión Combinado del Este.

Aún Pepito no sabe que le toca una PGI de dieciocho años, egresada de un curso emergente de 720 horas-lectivas, graduada de un Pre en el campo, donde recibió clases de profesores chatos, dos legrados y quince vocablos que harían enrojecer a una matrona de un prostíbulo panameño.

Aunque la profesora debe estar repleta de buenas intenciones —como la mayoría de los maestros y profesores—, el desafío de impartir ciencias y letras en el nivel secundario rebasa su talento, a lo que se añaden sus dieciocho razones de edad, de cultura general y urbanidad, de convivencia familiar perdida a lo mejor desde la generación de sus padres.

¿Sabrán los padres de Pepito cómo se llama la nueva ministra de Educación? Ni falta que les hace, porque Ena Elsa Velázquez enseguida entró en la salsa triunfalista del sistema está mejorando, del no se preocupen, compañeros padres, compañeros de la educación terciaria, colegas de la UNESCO que admiran la obra educativa de la revolución y la comparan con el fondo del Tercer Mundo.

No importa que mientras Pepito camina hacia su Secundaria, los escasos pedagogos que sobreviven dentro de la Isla se horroricen ante los inverosímiles por cientos de promoción superiores a Suecia, la no inclusión de Pensamiento Crítico y Creador en los planes formativos de maestros, el retraso precibernético que ignora la didáctica interactiva y aún habla de "enseñanza", cuando la dinámica de grupo prioriza el "aprendizaje".

Tampoco —no hay opción— que la ortografía de los PGI se acerque a la "Batalla por el Sexto Grado de los años setenta" y la redacción imite los discursos del Castro menor, ruede por el mismo fango de tópicos y solecismos, pleonasmos y otras bacterias propias de los que carecen del hábito de lectura.

Pepito, sin embargo, va contento. Peor estuvo en las vacaciones abrasadoras, cuando ni para un granizado en el Malecón o en el parqueo donde jugaba a la pelota, más los días que el aguacero lo confinó a los dos cuartos y tres goteras del dulce hogar. No tiene opción, ni sospecha que existen.

Las opciones tampoco las tiene un gobierno en declive —como los resultados en la Olimpíada de Pekín—, cuyo reflejo en el sistema educacional se reduce a mantener las nada gratuitas "gratuidad" y "masividad" alcanzadas en 1961, cuando se acompañó de la estatalización de los medios de comunicación para crear un monopolio ideológico, infligir su credo político.

La familia de Pepito —como tantas otras— no razona que los recursos empleados en la educación salen de la riqueza que ellas generan, con el fin principal de mantenerlas subyugadas; que no se trata de una vocación altruista sino de un envilecido proyecto —a veces fallido, por suerte— para formar generaciones de robots, de "hombres nuevos".

Tampoco analiza —apenas hay tiempo para subsistir y quejarse— que no se trata de sustituir funcionarios, cambiar detalles de un plan de estudio, otorgar sueldecitos, remozar un programa o libro de texto. Pero quizás intuya que es el comunismo leninista —estatalización, centralismo, represión— y la crápula dirigente —inmovilismo, corrupción, mediocridad— quienes sobran, quienes merecen desaparecer.

Pepito, sin embargo, sonríe. Su tocayo, antes del matutino con el espectro del Che Guevara, le sopla al oído otro viejo chiste: "Socialismo o muerte. Y perdone la redundancia". Después entra al aula, la PGI enciende la tele. Aparece el Comandante en 1959, cuando entró a La Habana. "No se parece al viejito del periódico" —comenta extrañado, sin que le interese mucho.


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