Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Represión

Perder el miedo

Llegará el día en que el porcentaje de personas que hayan perdido el miedo aumente drásticamente y se logre una masa crítica de población sin temor. Cuando eso ocurra, hasta ahí llegó la dictadura

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El régimen castrista, como toda dictadura, se basa en el miedo. Yo calculo que al menos el 95 % de los cubanos residentes en la Isla están en contra del Gobierno y a favor de que en Cuba se establezca un sistema democrático. El problema es que también ronda el 95 % las personas que le temen al sistema y a sus fuerzas represivas.

Desde los inicios de la Revolución se crearon organizaciones militares y civiles para infundir miedo y desconfianza hacia cada uno de los vecinos, conocidos y hasta familiares. Al punto de existir en cada cuadra del país un Comité de Defensa de la Revolución (CDR), organización encargada de localizar y delatar a los desafectos o descontentos para después encargarse el Gobierno, a través de sus fuerzas represivas, de advertirlo, reprimirlo y de ser necesario, aterrorizarlo.

En la medida en que un individuo comienza a manifestar síntomas de despertar e intentar sacar la cabeza de entre la masa sumisa, para protestar u opinar diferente, el Gobierno va aplicando diferentes métodos para neutralizarlo, proporcionalmente a la gravedad de la indisciplina.

La primera medida puede ser una llamada de atención del presidente del CDR, luego una advertencia del Jefe de Sector de la policía, seguido de alguna visita temporal a una unidad policial.

Si la persona no entra por “el camino correcto” se gana una visita más prolongada a los centros especializados en represión a la población, destacándose lugares como Villa Marista o 100 y Aldabó, donde tienen métodos más convincentes.

Pero si la persona aún insiste en su rebeldía, tendrá que atenerse a las golpizas propinadas por las fuerzas militares o paramilitares —como ha sido el caso de las Damas de Blanco—, o estará en peligro de ser condenado a prisión en un juicio amañado donde lo acusarán de cualquier otra cosa menos de ser un opositor al régimen, para que no figure en los registros oficiales la existencia de prisioneros políticos.

Pero si aún así la persona no logra ser “reeducada”, entra en riesgo de perder la vida en la prisión o en un hospital donde supuestamente le estén dando atención médica, como pasó con Laura Pollán Toledo, Orlando Zapata Tamayo, Wilmar Villar Mendoza o Juan Wilfredo Soto García.

Pero llegará el día en que el porcentaje de personas que hayan perdido el miedo aumente drásticamente y se logre una masa crítica de población sin temor. Cuando eso ocurra, hasta ahí llegó la dictadura y ellos, los gobernantes, lo saben. Ellos tienen sus estadísticas y sus métodos para tomarle el pulso a la sociedad, por eso están aflojando un poquito por aquí y otro poquito por allá, permitiendo la venta de autos y casas, poseer un celular, hospedarse en un hotel, y alguna que otra medida cosmética para tratar de cambiar la cara del régimen, echándole colorete a la vieja fea, achacosa y decrépita.

A mi me tocó, por azares del destino, visitar 100 y Aldabó y estar allí por 40 días. Sé que es un lugar diseñado para convencer y ablandar al ser humano, para que cuando salgas te queden tan pocas ganas de regresar, que prefieras mantenerte bien tranquilito.

En mi “causa” estuvo también un muchacho muy decente, estudiante universitario, que solo permaneció 15 días en 100 y Aldabó y al salir de ahí quedó postrado en una cama, sin ganas de nada, perdiendo peso y demacrándose. Los médicos pensaban que tenía cáncer y comenzaron a hacerle todo tipo de pruebas. Gracias a que una persona lo visitó y logró darle ánimo, salió de ese hueco y logró seguir con su vida.

Conozco otro caso, el de un mexicano de Cancún que recientemente fue detenido en el aeropuerto de Ciudad de La Habana por llevar piezas para computadoras en su equipaje. Estuvo unos 20 días en 100 y Aldabó. Ya hace unos meses que regresó a México y todavía está en recuperación. No quiere ni hablar de lo que allí le tocó vivir.

Para resultados como estos dos últimos casos es que existen 100 y Aldabó o Villa Marista, para aterrorizar a la población y mantenerla sumisa. Pero también se da el caso contrario: personas que son torturadas en estos lugares pierden el miedo y llegan a quedar inmunizadas. Yo soy uno de esos casos. Como la mayoría de los cubanos le temía al régimen, a las frases que simbolizan conceptos intimidantes como: “Seguridad del Estado”, “G2”, “Departamento Técnico de Investigaciones”, 100 y Aldabó, “Contrainteligencia”, “DTI”, “CI”, “El Aparato”…

Sin embargo, a mi paso por cada una de las cinco celdas en las que me hospedaron en 100 y Aldabó, fui perdiendo el miedo y cuando salí, al cabo de 40 días y 40 noches, quedé inmunizado.

En la actualidad les agradezco mucho por lo que aprendí y por lo que tuve la oportunidad de conocer, que me dio la oportunidad de escribir el primer libro que existe dedicado a 100 y Aldabó, a los esbirros que me torturaron, que se divirtieron al tener la posibilidad de separarme de mi familia y lo disfrutaron, que hicieron todo lo que estaba a su alcance por infringir el mayor daño posible, muy especialmente a los instructores:

- Mayor Armando Freyre González, Jefe de la Sección 7 de Delitos Especiales en febrero de 2009
- Primer Teniente Juana
- Teniente Milko Liranza Labañino (proveniente de las provincias orientales)
- Subteniente Ezequiel Fonseca González (proveniente de las provincias orientales)
- Primer Teniente Yisel Zamora Hernández.

Normalmente, en 100 y Aldabó para cada causa hay un instructor. En casos donde está implicada mucha gente, o que son más complicados, hay dos instructores a cargo. Yo fui interrogado por siete instructores. Por dos de ellos una sola vez y nunca supe sus nombres. Por los anteriores cinco, varias veces. Como dice el dicho popular: “si no es un record, al menos es un buen average”.

“Es criminal quién sonríe al crimen; quien lo ve y no lo ataca, quien se sienta a su mesa; quien se sienta a la mesa de los que se codean con él o se sacan el sombrero interesado, quienes reciben de él el permiso de vivir”, José Martí.


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