Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Cubanos, Exilio, España

¿Por qué América y no España?

Una de las estrategias del régimen que ha llevado a Cuba a la miseria y a un callejón sin salida ha sido tratar de convertir al cubano en antiyanqui

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Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande,
sólo es posible avanzar cuando se mira lejos.
José Ortega y Gasset.

Tan pronto un cubano pisa suelo español sabe que ha llegado a un lugar conocido. Hay algo atávico, afín en la cara de la gente, sus gestos, a veces sus bromas, alegría y también su mala leche. Somos españoles de Ultramar, me dijo un día un profesor sin disimulado chovinismo, pero con asomo de razón, mejorados por la necesidad de ser Isla, del clima del Trópico y una mezcla de todos los rincones ibéricos, además del chino y el negro, quienes nos han dado la sabiduría y la fortaleza en el brazo y en la mente. Es difícil hallar un cubano, incluso mestizo, sin un abuelo o bisabuelo que no haya salido de la serranía española más recóndita.

Por supuesto, la España de la mitad del siglo anterior no es la misma de hoy ni Cuba tampoco. Diga lo que diga el régimen, la Isla de la primera mitad del XX era un país de oportunidades para todos los emigrantes, muy en especial para los gallegos, como les decían, algunos de los cuales habían conocido el país por un familiar durante la colonia. La mayoría logró poner un negocio, casi siempre una bodega o un restaurante, aunque también fueron dueños de centrales azucareros, grandes tiendas, almacenes y haciendas de ganado. Si se quisiera saber que ha significado el comunismo para los hijos y nietos de emigrantes españoles solo hay que ver cuantos miles de cubanos han ido de regreso a la Península en busca de su herencia de sangre.

Nos parecemos bastante, españoles y cubanos, en esa picaresca forma de ver y resolver las cosas, aderezado todo de cierto irrespeto por la autoridad. Esa falta de “tercera dimensión” como la llamaba Jorge Mañach, nos hace creer más en los hombres, en los caudillos y los iluminados, más que en las instituciones y las reglas. Nuestros tiranos latinoamericanos no son una casualidad. De caudillos y generales España nos donó bastante. No es original el Órgano Oficial cuando resalta la figura del líder y no la del Partido o la Asamblea Legislativa; así sucedía en tiempos del Generalísimo, cuya fotografía y nombre era cita obligada en cada diario.

A pesar de nuestras muchas similitudes, españoles y cubanos tenemos sutiles diferencias, algunas que nos separan, irremediablemente, de los abuelos y los bisabuelos. Y esa diferencia es haber nacido en América. Parece una discrepancia solo geográfica. Pero es mucho más que eso. Al cabo de la primera generación nacida por allá, nada ata a la vieja metrópoli. Todo no es más que emociones y recuerdos de sobremesa. Si, por otro lado, esa generación nacida en el Nuevo Mundo es exitosa y vive mejor que de donde salieron los padres, el alejamiento de la Madre Patria es inevitable. Así sucedió con los norteamericanos y sus padres fundadores y así sucedió con Cuba: la colonia fue más próspera en todos los sentidos que la metrópolis. Los criollos tenían el deber y el derecho de ser independientes.

Siempre me he preguntado por qué en Cuba nunca gustó el futbol y la tauromaquia como en España, y en cambio prendió el béisbol y el boxeo, al punto de competir con dos pasiones muy norteamericanas. Y también el sueño americano de tener casa y auto propios, trabajar turnos corridos —salvo bodegueros y tenderos, españoles y descendientes—, y no tomar la siesta para aliviar la canícula y el cansancio vespertino. Por qué a pesar de cuánto se diga, muchos de nuestros padres fundadores miraron hacia la Republica del Norte como el ideal democrático, y no una monarquía extranjera. Por qué algunos de nuestros más grandes escritores decimonónicos prefirieron el frío de Manhattan para vivir y crear, aun cuando en la España del sur, cercana en calores e idiosincrasia hubieran podido sentirse mejor.

Habría una razón evidente y es el desarrollo, incomparable, entre la España del Siglo XIX, y bien entrado el XX, y Estados Unidos. Pero hay mucho más. Ser americanos del Caribe nos sitúa cerca del Norte y lejos de Madre Patria gracias al pragmatismo y la creatividad del cubano medio. En apenas cincuenta años, y con la ayuda del vecino, nos pusimos a la cabeza del Continente. Nuestro castellano se inundó de palabras inglesas, y, rara excepción en la América Latina, en Cuba jamás se odió al gringo. Muchos listos hablaban de las manchas de los americanos, las tienen, sin duda, pero evitan hablar de sus luces, esas que aportaron al desarrollo de un país en ruinas tras la guerra del 95.

Una de las estrategias del régimen que ha llevado a Cuba a la miseria y a un callejón sin salida ha sido tratar de convertir al cubano en antiyanqui. Lo han intentado de todas las formas y colores. Han tratado de mezclar lo que llaman imperialismo con antinorteamericanismo. En una relación neurótica de odio-amor, un conflicto de evitación-aproximación, los líderes comunistas cubanos se han pasado sesenta años combatiendo el Norte mientras por detrás del telón les tiran ramas de olivo. En incontable la cantidad de congresistas que todos los años visitan la Isla, y cómo los funcionarios se derriten, no bajo el calor insular, sino ante las promesas de senadores y representantes de luchar contra el embargo. Dos presidentes, uno en funciones y otro jubilado, han visitado La Habana, un privilegio que muchos países del área no han tenido.

Por fortuna, el régimen no ha logrado inculcar ese doblez en el ciudadano común. El cubano que llega a Estados Unidos, históricamente, progresa rápido, se queja poco. Hoy todo el mundo sabe que sin las remesas del Norte el país terminaría por hundirse. Hoy los funcionarios saben, mientras más arriba, mejor, que la única salvación financiera y comercial puede venir del Norte. Hoy los que se paran frente a un micrófono de la radio o la televisión para denostar de los yanquis, a los pocos días son captados in fraganti —con una gorra metida hasta las orejas—, en un aeropuerto de la Florida.

¿Por qué América y no España? Que España pudiera haber hecho más por los cubanos en sesenta años de dictadura comunista no es un secreto para nadie. Aun cuando han permitido la emigración de familiares y opositores en diferentes épocas, la postura frontal a favor de los derechos humanos no siempre ha sido coherente, sostenida. Pero más allá de consideraciones políticas, a los cubanos nos gusta el orden y el progreso; poder soñar con tener un carro —usted también puede tener un Buick—, un buen refrigerador, un aire acondicionado y no un ventilador, un gobierno que se ocupe de hacer felices a sus ciudadanos, los deje trabajar, y no se meta en sus vidas personales. Nos gusta ganar dinero y que nadie nos diga dónde y cómo gastarlo.

En cambio, desde los primeros años de castrismo, en Estados Unidos los cubanos encontraron leyes y oportunidades que les permitieron rápido ascenso, avance. Solo en el Norte casi todo el mundo que emigra en breve tiempo puede enviar dinero a sus familiares en Cuba. Solo en el congreso norteamericano los hijos de emigrantes cubanos, primera generación, pueden ser miembros del alto poder legislativo. La brújula migratoria señala el Norte, no el Este. Un “Este” ibérico que, por demás, a la hora de escribir estas líneas no tiene presidente porque no se ponen de acuerdo los políticos; caudillos de nueva ralea quienes hacen peligrar una democracia cuyo precio fue tanta sangre que quedan heridas por sanar. Es asunto de física elemental y no de hombres: la aguja imantada gira hacia donde está el centro magnético, lo positivo, la estrella, la luz.


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