Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Cumpleaños, Fidel Castro

Postal de cumpleaños

Al autor no le interesa lo que hacen los deportistas cubanos en las Olimpiadas, ya que considera que ha llegado a un limbo de no alineación y desarraigo envidiables, congruente respecto al proceso cubano, donde el resultado final no va a cambiar la vida de los espectadores

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No estimado, espero que usted, al recibo de la presente, tenga la suficiente lucidez para poder leer mi postal.

Y tarareo:

Y por eso yo soy cubano,
Y me muero siendo cubano

¿Quiere que le diga algo? Yo soy cubano porque no me queda más remedio, y no por vocación.

Cubano, porque tan solo por decir “soy mexicano, soy español, soy americano”, no se le desprende a uno la cubanía, que es costra, piel y entraña.

No importa si se habla ahora el español con esos ridículos acentos mixtos que no son ni cangrejo ni pescado, o si los frijoles negros ya no están en la mesa a diario, o si se repite, una y otra vez, que no sabíamos cómo podíamos vivir en “aquello”. Uno sigue siendo cubano. Yo sigo siendo cubano.

Pero ya no soy de Cuba.

Y tarareo:

Quiero un sombrero
De guano, una bandera
Quiero una guayabera
Y un son para bailar

En realidad, no quiero nada de eso.

No me asienta llevar nada en la cabeza, gorra, gorro, o sombrero. Mucho menos de guano. Las guayaberas, pues fueron secuestradas por ustedes, por los mismos que ya habían secuestrado el resto del país, y yo no quisiera parecerme a ustedes ni por equivocación, así que no guayaberas para mí.

Pero no tengo nada en contra de la bandera que, ni siquiera usted, en su neurótico mandato, hubiera podido cambiar —la hoz y el martillo junto a la estrella. El son —que es lo más sublime—, por demás, lo bailo a medias.

Tampoco me queda nada de aquellos orgullos implantados, ¿Usted se acuerda? Claro que sí: “Somos una potencia”, alucinógeno chovinista que usted nos inyectó, nos inyectaban, nos inyectábamos, en la vena nacional.

Potencia médica, potencia deportiva, potencia educacional. Los tres pilares básicos con los que usted apuntaló a su fantasma.

Que eran cuatro los pilares, yo lo recuerdo, porque usted, en su delirio, llegó a pensar que había exterminado a las putas, que el “hombre nuevo“ era asexual, que usted les taponearía el medio para su no remedio. Pero no hay quién se deshaga de las putas, ¿sabe?, así que estas regresaron, y de qué manera; se le insertaron en la economía, señor. “Cuba te Espera”, las piernas abiertas, cooperando con la recaudación de divisas, señor, con esa Cubita de tanta puta y tan menguada industria.

Así que le quedaron solo tres pilares. Construidos con recursos ajenos, tres pilares de naipes, tres pilares que necesitaban mucho más que discursos para mantenerse en pie y que, a falta de soviéticos y venezolanos que los sostuvieran, terminaron por desplomarse sobre las cabezas de los cubanos, azorados por el descalabro de su potencia de papel maché.

Y con el derrumbe también se fue abajo la fachada de isla promesa, la bonita, la trinchera, apenas rubí, cinco franjas, una estrella, dejando al descubierto uno de los países menos exitosos del Tercer Mundo, finca estéril, faro fundido de América toda.

Dejándolo al descubierto a usted, el peor cubano.

Y tarareo:

Mi sombrero y mi tambor
Y mi linda guayabera
Son las cosas que yo tengo
Pa gozar la noche entera

En el cancionero cubano abundan las loas a nosotros mismos.

Desde los montunos más simples, que invitan a bailar con la morena, en carnaval, la noche entera, en guayabera, hasta las guarachas más ramplonas que corean “¡Acere, qué volá!”, como si tal cosa fuera distinción y gracia. Eso, aun antes de la puñalada mortal que le asestara el regetón a la cultura nacional.

Eso, que es más o menos lo que nos ha ido quedando después que los pilares de utilería, que usted erigiera, desaparecieran tragados por la realidad.

En lo personal, nunca fui de gozar noche entera con tambor, ni sombrero, ni guayabera. Con morenas, sí. Como cubano urbano, capitalino, mi idea de una buena diversión era irme a un club nocturno a beber ron aguado, con una muchacha, manosear, ser manoseado y, con suerte, terminar la noche en una posada.

O quedarme en casa, escuchando un juego de pelota. De Los Industriales que fueron, son, un termómetro de mi desapego.

A finales de los ochenta, principios de los noventa, yo devoraba los juegos de los Industriales. Me sulfuraba con los comentarios despreciativos de los difuntos Héctor Rodríguez y Eddy Martin (gente suya, señor), y me extasiaba con los comentarios parcializados de Armando Fernández Lima y Ángel Miguel Rodríguez, los más talentosos e industrialistas comentaristas que hayan existido en la radio cubana.

Después, también los Industriales se disolvieron en la grisura, y ya yo me iba de Cuba. Nunca más me ha interesado ese equipo, si bien de alguna manera sigo siendo industrialista ochentero.

Y usted, ¿está viendo las Olimpíadas?

Han sido una revelación, ¿sabe?; me encuentro con que tampoco me interesa lo que hagan los deportistas cubanos (que no es mucho, la verdad), y con ello creo que he llegado a un limbo de no alineación y desarraigo envidiables: ni siquiera me preocupa quién gane; solo veo —si acaso— la competencia, lo cual es por demás muy congruente con lo que hago al respecto del proceso cubano, ese forcejeo en el cual hay un par de jugadores talentosos, un resto de mediocres, y un resultado que, sea cual sea, no va a cambiar la vida de los espectadores.

Y usted, fuera del juego.

Y tarareo:

Cuba, que linda es Cuba

Lo que sucede es que usted nunca ha caminado por mi barrio, allá en Santos Suárez, y obviamente ya no lo hará, así que le describo la situación brevemente:

Hay tanta mierda de perro en lo que queda de acera que, más que caminar, se salta. Lo que fueron jardines ahora son matorrales; lo que fueron casas ahora son amasijos de rejas oxidadas, portales cerrados con toscos muros de bloques para hacerle lugar a hijos que crecen, o parientes que llegan.

Cuba ya no es linda, señor, sino depósito de ese legado, tan suyo, por el que será mal recordado: por los escombros, por la nación deshecha, por la mierda de perro que flota en el aire de mi ciudad.

Y tarareo:

Que lo pases con sana alegría.

No es para tanto. Pero así reza la felicitación, aunque no sea de felicitación mi deseo.

Mi deseo es que usted, a sus 89 años, tenga lucidez suficiente para observar en qué se ha convertido ese país en el cual usted va a morir. Usted, que sí usa sombreros de guano que tampoco le quedan bien; que ya no viste guayaberas, y que, definitivamente, ni puede bailar el son ni cabalgar una morena.

Usted, que, en cumpleaños o en cualquier otro día, no merece una bandera que ondee en su nombre.

Hasta la próxima entonces, se despide,

un no-admirador.


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