Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Crónicas

Prohibido hablar de la cosa

Nunca había sido tan actual, tan polisémica, como en La Habana de hoy; todos la mencionan, la llevan con ellos.

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Así, con mayúsculas bien grandes pintadas en rojo dice el enigmático letrero colgado en la puerta: "Prohibido hablar de la cosa". Está en una casa habitada por una devota familia bautista que, en compañía de otros devotos de la ciudad, entonan con gran entusiasmo himnos religiosos dos y tres veces por semana.

 

Detalle este muy importante, porque en Cuba "la cosa" puede ser, también, el pene, el falo, aunque en los últimos años, hembras y varones, en la escuela, en el trabajo y por teléfono, huyendo de la imagen abstracta en un mundo en el que imperan la consistencia y las formas geométricas impuestas por el rascacielos y la ingeniería de caminos, familiares, exagerando tal vez, lo llaman "la cabia", "la mandarria", "el hierro", "el tubo"…

 

Con esto homenajean —a la vez que juiciosos dejan reservadas para el uso exclusivo de los barracones, los prostíbulos y las alcobas donde blasfeman y "se matan" las parejas que se aman como Dios manda— las tradicionales, sagradas grandes voces humanas con su rotundo estrépito de cúpulas desplomándose, que a la majestad de ese viril don le corresponden.

 

Yendo por San Rafael tal vez te aborde alguien que con mucho disimulo, señalando el filito azul de mezclilla que se ve allá abajo, en la jaba que lleva el sujeto en la mano, y diga tentador: "Mira, asere, la cosa que llevo ah, campanéala. De marca ese jean, y a un precio que ni tú mismo te lo vas a creer".

 

La mujer que cosieran a puñaladas (no se sabe todavía si fue el marido), es la cosa de que ves ahí hablar al sujeto que ha llegado con la noticia, acotando que esa es la cosa más macabra que él ha visto, porque una de las tetas seguía sin aparecer.

 

Decía otro tipo, en una barbería: "La cosa es que yo pasaba por allí", empezando así a explicar cómo fue que sucedieron las cosas que lo metieron en esa cosa con la cual no tenía él que ver la más mínima puñetera cosa.

 

Dos parejas de amigos pueden estar resumiendo en una esquina en qué quedó la cosa. En la pareja A, dice el gordito que por mucho que hizo el médico, que va, no pudo el pobre salvarle a la madre, y en la pareja B dice el más alto de los dos amigos que de repente se le babeó en el pecho Inésita, que todavía esa noche era virgen, cuando en medio del bolero que acometían después de un casino sintió de pronto la cabia ahí fincadita sobre el vientre, y tú guárdame el secreto.

 

Nunca, sin embargo, había sido "la cosa" tan actual, tan polisémica como en La Habana de hoy; todos la mencionan, la llevan con ellos. En las calles, en el estadio, a la salida de las iglesias, en los mercados, en las paradas de los ómnibus, en las colas para obtener visados, no para uno de oírlos preguntarse cómo te lleva la cosa, cómo está la cosa, cómo ves la cosa, qué tú crees de la cosa. Respondiendo con frases de otro tiempo, algunos exclaman que está "de apaga y vámonos"; otros se niegan a creer que una cosa así pueda estar sucediendo.

 

Esto, empero, no aclara de cuál cosa habla el cartel de esta historia. Descartado que en una casa como esa, casi un templo por la devoción con que allí se vive, se refiera al pene, al falo.


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