Actualizado: 30/09/2022 17:38
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Educación

¿Qué pasa con los repasadores?

La denuncia contra los maestros 'privados' intenta ocultar el verdadero problema: el destrozo del sistema de enseñanza.

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Dados al disparo con salva para entretener a la perdiz, los "críticos" y "denunciadores" designados por el régimen para abordar en los medios nacionales de prensa los problemas que más nos afectan hoy en Cuba, están repudiando con una cierta insistencia a los repasadores, maestros que al no poder —o no querer— enseñar como es debido a sus alumnos en los horarios y con los métodos oficiales de las escuelas, lo hacen en tiempo extra, en sus casas particulares, y cobrando por debajo de la manga a precios de Potosí.

Para cualquier lector del exterior que no esté familiarizado con nuestros asuntos, esta puede parecer una denuncia oportuna y diáfana y justa. Sin embargo, no es así como generalmente la vemos los cubanos desde adentro. No porque carezca de justeza la crítica de tal calamidad, ni porque esté fuera de sitio señalar la falta de ética en la cual incurre un trabajador cualquiera, y muchísimo más un maestro, al dejar de cumplir sus obligaciones formales con el premeditado objetivo de hacer dinero cubriendo el déficit, en forma ilegal e inescrupulosa.

Pero denunciar a los repasadores como un mal aislado, una mosca en la nata impoluta de nuestras estructuras para la enseñanza, es, en el mejor de los casos, obstaculizar la comprensión del problema en su esencia. Así como no menos engañoso es supeditar su existencia a la crisis económica y a la corrupción que nos han estado afectando, dicen, que en los últimos tiempos.

Lo que pasa con los repasadores es que representan un subproducto, una consecuencia de ese engendro con tentáculos múltiples en que se ha convertido el sistema de educación en la Isla. Y no, como suele decirse mañosamente, debido a la pobreza material que nos azota desde los años noventa, sino por efecto de la oquedad moral —y de la inteligencia y del espíritu— ocasionada por el régimen a través de dogmas y dictados absolutistas, caprichosos, erráticos, con que viene desmoronándonos desde la raíz, hace ya medio siglo.

Ni siquiera resulta posible determinar a estas alturas si los repasadores (en su variante nefasta de hoy en día) surgieron por iniciativa propia y espontánea, o por la demanda de los padres que, desesperados al notar en sus hijos la falta de conocimientos básicos, aun cuando aprobaran cada año los grados académicos, no les quedó más remedio que decidir gastarse los pesos que no tenían en el intento de remediar las insuficiencias de la escuela.

Ristra de disparates

Todo el que ha querido conocerla, conoce ya de sobra (o tiene la posibilidad de constatar) la ristra de disparates, descalabros y desaciertos que en forma progresiva, durante decenios, provocó el deterioro del sistema nacional de enseñanza en la Isla.

Desde la deserción en masa (por falta de estímulos de todo tipo, incluidos salarios menudamente humanos) de la gran mayoría de los profesores capacitados y con experiencia, hasta el desvarío de pretender sustituirlos con adolescentes no mayores ni mejor informados que los mismos alumnos. Desde la preponderancia del adoctrinamiento político sobre la impartición del conocimiento general amplio y profundo, hasta la deshumanización de los métodos y la superficialidad de la forma contenidos en la suplencia del maestro, que no sólo enseña sino también educa, con la fría pantalla de televisión.

Y ahora resulta que algunos ingenuos o ignorantes (considerémoslos así) se apean con la opinión de que los repasadores no son sino pobres penetrados por la ideología capitalista y que están aplicando en Cuba los vicios de ese sistema, cuando en realidad lo único que hacen es mostrar una de las múltiples caras feas, esta vez sin careta, de nuestro socialismo totalitarista y mediatizador.

Lo que pasa con los repasadores es que una vez más, como tantas otras, somos rehenes del mal manejo, las deformaciones y los laberínticos desmadres de una dictadura que nos ha obligado —nos obliga— a vestirnos con dos únicas prendas, como las meretrices: una de lentejuelas, para el falso lucimiento ante el consumidor de afuera, y otra de harapos, para la intimidad.


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