Actualizado: 23/02/2024 16:48
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Migrantes, Miami, Exilio

¿Qué pasa, Miami?

A quienes por acá reciben a los emigrantes les molesta que siempre se esté hablando de Cuba

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Sin percatarnos apenas, como un susurro y no de Rodríguez, algo huele “distinto” en Miami y no es perfume, precisamente. Hay decenas, cientos de motocicletas en las calles para lo cual el diseño original no estaba preparado. Los accidentes, en esta ciudad parte del desorden público, se han multiplicado —es una apreciación subjetiva— a cualquier hora, en cualquier rincón. Choferes intrépidos, acostumbrados a sortear baches y basura desbordada ¿sin licencia de manejar ni seguro contra choques?

Y uno se pregunta: ¿seré yo, Miami? ¿O en realidad somos más? ¿Tanto ha cambiado en un año? Lo único de que se tenga noticia, además de la inflación, es la cantidad de nueva gente venida por las fronteras —alrededor de 260.000 cubanos— sin otro visado que el motivado por el desespero.

Las matemáticas sencillas sugieren que al menos dos tercios de esa cantidad, entre 80 y 90 mil cubanos tienen algún familiar o amigo en la llamada capital del exilio. Con toda lógica, esta vez los emigrantes no dormirán debajo de los puentes de Miami ni reubicados en los congelados estados del norte. Es una masa sedienta de libertades, de todas las carencias imaginables. Y están “plantando” en Miami.

Hasta el momento, al menos hasta donde este redactor conoce, no hay un plan emergente para ayudar a tanta cantidad de cubanos, a los que habría que añadir algunos miles de nicaragüenses, venezolanos y náufragos haitianos, hermanados todos en el “Patronato de la Misericordia”. Con tantos derechos humanos como los evadidos de la Isla-cárcel, pero con menos raíces y fuerza económico-política en la llamada Ciudad Mágica, ellos deberán integrarse a la experiencia multicultural del cimarronaje, conocida desde 1908 como “Melting pot” —literalmente “Olla derretida”. Por cierto, ¿habrá tomado Don Fernando Ortiz de esta expresión anglófona la metáfora de que somos un caldero lleno de viandas y carnes puestas a hervir al calor del Trópico?

Por oficio comienzo a oír algunas curiosidades socio-psicológicas de estos tiempos: la inevitable y lógica confrontación entre los receptores y los recién llegados. Imagino son parecidas a las contradicciones de toda emigración, con la particularidad, la cubana, de tener un fuerte aliento político, a pesar de que quienes hoy emigran de la Isla cada día se parecen más a sus cofrades del patronato: huyen de la miseria, de las enfermedades, y un régimen psicopático atornillado en la letrina de la historia.

Después de 60 años de lidiar con una libreta de desabastecimiento, de la “propiedad social” que solo existe para los “sociales”, la ausencia de límites, circunstancia aprovechada para “en cada cuadra un Comité”, y la ilusión de un horizonte promisorio que, como toda línea horizontal solo sirve para caminar hacia ella, los cubanos que llegan no tienen la menor experiencia del mundo existente. Más de seis décadas viviendo en la “Matrix-Cuba” es suficiente tiempo para distorsionarle a cualquiera el sentido de la realidad.

¿Qué está pasando, Miami? Por un lado, quienes emigran traen hambre secular. La mayoría crecidos en esas madrazas comunistas que fueron las becas, desaprendieron desde como comer con cubiertos hasta el valor de la honestidad frente a los exámenes o el cumplimiento de la palabra dada. Hambre cultural al no conocer la mitad de las obras y los artistas, escritores, músicos y políticos idos o expulsados del país antes que ellos nacieran. Hambre de verdadera solidaridad, cuyo principio básico es la subsidiaridad y no un Estado omnímodo que difumina el ser individual. La forma de pensar, sentir y actuar después de seis décadas de ausencias vitales y experiencias correctivas es la de un sobreviviente, de un náufrago social.

Por otro lado, quienes los reciben por acá, a los dos meses —quizás es demasiado— sienten el “mal olor” del emigrante, y no porque sus familiares hayan venido de Dinamarca. Los receptores a veces olvidan que ellos también gritaban, no hablaban; solo querían comer, no comer sano, sino en zamparse la tina de chocolate, el “pan con timba”, la caja de Coca-Cola viendo la novela; y en aquel momento vinieron esas 20-30 libras que no hay gimnasio ni te chino que las logre bajar. A quienes por acá reciben a los emigrantes les molesta que siempre se esté hablando de Cuba, excepto cuando la conversación es para recordar el cine que no existe, la calle con otro nombre, el Difunto Líder y la Piedra Reverencial.

Podría ser un éxito garantizado una serie de televisión llamada “¿Qué pasa, Miami?” Algo como la continuación de “¿Qué Pasa, USA?”, la comedia de finales de los 70 en la cual la familia Peña luchaba por mantener sus costumbres y la cultura cubanas en un exilio que ya imponía a hijos y nietos un lenguaje diferente.

En esta serie sucedería todo al revés: los que llegan tratan de aplicar a los envejecidos del palenque Miami sus valores y costumbres; luchan por convencer a tres generaciones de cubanos bilingües que deben avergonzarse por haber olvidado la Calzada del Cerro o en el barrio de Los Hoyos. Hay un proceso de transculturación a la inversa, y la resistencia de un exilio que lleva otra Cuba en sus entrañas marsupiales. Los abuelos que nunca pudieron retornar, aquellos grandes actores cubanos llamados Velia Martínez y Luis Oquendo, podrían preguntarnos desde la eternidad: ¿Qué ha pasado, Miami?


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