Actualizado: 20/05/2022 11:41
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Rafael del Pino, Fidel Castro

Rafael del Pino llega a Santiago de Cuba

Cuando Fidel Castro confundió una visita turística con un desembarco

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El 9 de Febrero de 2001 se encontraba dándole la vuelta al mundo en uno de sus yates —valorados en más de 100 millones de dólares— Rafael del Pino.

Encontrándose entre Jamaica y la costa sur de Oriente, se le ocurrió la idea de visitar la Isla. Llamó a su esposa, la señora Sotelo, y le propuso una visita a la siempre fiel isla de Cuba.

“Rafa”, le dijo la señora Sotelo, “¿No crees que sea arriesgado? Todos aseguran que esa Isla es el último bastión comunista. Pero en forma de manicomio.”

“Nada, Carmen”, respondió el multimillonario, “No se pierde nada con probar, mujer. ¡Alfredo, tráeme el teléfono celular! Voy a llamar a nuestro embajador en La Habana!”

Diez minutos más tarde, Rafael del Pino se encontraba al habla con el embajador español en La Habana. El yate comenzó a navegar a marcha reducida mientras el embajador, por su parte, consultaba con las autoridades cubanas.

El embajador se puso en contacto con el vicepresidente José Ramón Fernández conocido como el “Gallego Fernández”. Siempre el mismo procedimiento fidelista de destinar a alguno de sus cercanos colaboradores con orígenes de los países de donde vienen los embajadores o visitantes. En su tiempo, papeles similares fueron asignados al ministro Levy Farrah con los visitantes árabes, el general Sio Wong con los visitantes asiáticos o el comandante Víctor Drake con los africanos.

Fernández llamó de inmediato a Carlos Lage para que éste le transmitiera a Fidel la situación del visitante tan especial que pedía permiso para entrar a Santiago de Cuba.

“Lage, oye, en un yate frente a Santiago de Cuba está Rafael del Pino y pide autorización para entrar a puerto. Tú dirás.”

“Coño, Gallego, no me jodas. ¿Pero un yate? ¿Con expedicionarios? ¿Para desembarcar?”

“Qué desembarco ni qué niño muerto, Lage. No me jodas tú. Un yate de recreo, como corresponde, hombre, y parece que hay mucho embullo a bordo.”

“Cojones. Bueno, déjame transmitírselo al Jefe.”

Lage pulsa el interruptor de la línea directa y de asuntos urgentes con el Comandante en Jefe.

“Comandante, me acaba de informar el gallego Fernández que el embajador español le ha comunicado que Rafael del Pino está frente a Santiago de Cuba y pide autorización para entrar a puerto.”

“¡El colmo!”, bramó el comandante a través del intercomunicador. “¡Esto es el colmo! ¡Que Aznar se preste a estas mariconás! ¿Y cuántos hombres se supone que trae?”

“El Gallego no sabe, Comandante. Solo me dijo que había tremendo embullo a bordo.”

Se hace un corto silencio. Apenas un segundo. Fidel reacciona con su habitual rapidez.

“Que dejen entrar a ese maricón. Lo voy a descojonar. Localízame a Furry y dile que tenga lista a su gente. Que se van a dar banquete.”

Lage vuelve a llamar al Gallego y le transmite las instrucciones de Fidel. El gallego no entiende el desaguisado y le pide a Lage que le haga un relay con el jefe.

El Gallego se percata del error al comunicarle la noticia a Fidel sin aclararle que no es el Rafael del Pino que él tiene en mente.

“¡El que tú tienes en mente sí es un hijo de puta, pero este no!”

“¡Que sí, coño, que todos los Rafael del Pino son unos traidores, maricones y cabrones!”

“¡Fidel, que este es el billonario, el dueño de Ferrovial, en España!”

La misma reacción acelerada pero para la contramarcha.

“Ah, coño…”

“Un hombre muy influyente en España”, agrega el Gallego.

“¿Tiene mucho dinero tú dices?”

“Billonario, Fidel. Billonario.”

“Bueno, pues dile al embajador que lo voy a enviar a Santiago en uno de mis aviones ejecutivos y puede traer al visitante hasta Playa Baracoa y de allí al Palacio Presidencial. Los invito a cenar.”

Cuando Rafael atracó en el muelle de Santiago de Cuba allí estaba el gallego Fernández con el embajador para llevarlo a la Habana donde se le dio una cena de bienvenida en el Palacio de la Revolución.

Esa noche la velada fue exquisita. Las mujeres del séquito del empresario, asustadas al principio de la aventura, salieron maravilladas con el carisma y dulzura de Fidel Castro. Al día siguiente regresaron a Santiago y el gallego Fernández le ofreció un maravilloso tour que incluyó la casa de Diego Velásquez y el cementerio de Santa Ifigenia. Al fin y al cabo Fidel no es tan malo y el comunismo no es tan opresor comentaban las señoras.

Tres años después de esta historia, cenaba yo en la Fundación Rafael del Pino, en el Paseo de la Castellana, de Madrid, y disfrutaba de un excelente vino Monte Real 1964 mientras salía a flote el episodio, reconstruido gracias a los detalles que el Gallego Fernández les había filtrado a posteriori durante el recorrido turístico por Santiago. El Gallego no dejaba de ser gallego y disfrutó de lo lindo la confusión que se le armó a Fidel cuando creyó que yo pretendía desembarcar en Santiago de Cuba ¡y además solicitaba permiso de las autoridades portuarias! Y allí estábamos los tres —Monte Real 1964 de por medio—: Rafael del Pino Moreno, el empresario, Rafael del Pino Sotelo, el heredero, y este servidor, Rafael del Pino y Díaz, el receptor de todos los epítetos del Comandante, pero sin un medio en el bolsillo.


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