Actualizado: 24/09/2018 11:26
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Mesa Delmonte, Obituario, Ciencias Sociales

Recordando a un amigo: Luis Mesa Delmonte

Temas como la política exterior siria, la primavera árabe y la política iraní fueron analizados en varios libros y muchos artículos del investigador recién fallecido

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Siempre que voy a México —y voy siempre que puedo— veo mis lugares y mis amigos. Y entre estos últimos siempre estuvo Luis Mesa Delmonte, mi socio el Luiso.

Lo digo en pasado porque Luis Mesa acaba de morir. Fue el final de un torneo de más de una década en que venció muchas veces a la parca. Tenía cirrosis hepática, pero una intensidad —física y espiritual— descomunal. Lo salvaba el ánimo. Ese inmenso buen humor, su alta capacidad para comunicarse, sentir y hacerse sentir. Y por eso la muerte le temía, porque hablaba de ella en presente —y eso aterroriza a la muerte— y porque cada vez que se le acercaba, él la miraba de frente. Y la muerte huía dejando solo algunas cicatrices en el cuerpo, que no en el talante.

A Luis lo conocí hace muchos años, cuando ambos éramos muy jóvenes y trabajábamos en el Centro de Estudios sobre América (CEA), yo, y sobre Africa y Medio Oriente (CEAMO), él. Lo recuerdo energético, robusto, con cierta descoordinación de movimientos —como un adolescente— y un vozarrón estruendoso que se coronaba con una sonrisa de lado a lado. Ambos centros eran colindantes en un mismo edificio, por lo que nos cruzábamos a cada rato y hablábamos de lo profano y lo divino, siempre con ese buen humor que el prodigaba y yo disfrutaba. Fue lo que hicimos cuando, ya en este siglo, me lo encontré en la librería del Colegio de México. Y me contó de cómo, víctima de esa mala política del Gobierno cubano hacia sus intelectuales, que priva a la sociedad insular de muchos de los mejores, dio un paso por encima de la ínsula y se consagró a los estudios del Medio Oriente en uno de los centros académicos más potentes de América Latina.

Temas como la política exterior siria, la primavera árabe y la política iraní (posiblemente su preferido) fueron recreados por el en varios libros y en muchos artículos, especializados y de divulgación. Denuncian al experto desprejuiciado y cosmopolita. Y de esos libros siempre he disfrutado, pues el Luiso me los regalaba y, la mejor parte, me los acompañaba con sus narraciones donde ciencia, imaginación y buen humor se mezclaban y se hacían indistinguibles. Aún recuerdo su relato animado de como el Departamento de Estado nunca entendió lo que pasaba en Libia, ni siquiera cuando le mataron al embajador.

Por eso, repito, cada vez que iba a México, buscaba a Luis y almorzábamos en el mismo restaurante, la misma cosa y creo que en la misma mesa. Siempre obstinadamente pagaba, porque yo era la visita, decía, y pasábamos horas riéndonos de los tiempos, explicándonos el mundo o dejándonos llevar, como buenos herejes, por las delicadezas de la cultura musulmana que él conocía como nadie. La última vez que fui a México, decidí no buscarlo porque supe que andaba de recaída y no quería molestarlo. Me acostumbré mucho a la idea de que siempre le ganaba a la parca y habría otra oportunidad.

Pero esta vez ganó la parca y perdimos todos: se nos fue el Luiso.

Lo recuerdo como el amigo directo que siempre estaba ahí: franco, solidario, alegre. Y lo recuerdo como el intelectual que nos ayudó a entender mejor al otro. No creo que exista una segunda vida, pero si existe, ya Luis —el Luiso— debe estar merodeando por los jardines encantados de la Alhambra, disfrutando ese mundo que muchas veces recreamos juntos y que nadie entendió como él.

A él mi agradecimiento por haber mejorado mi vida.


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