Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Derechos humanos, Represión, Bofill

Ricardo Bofill, un prócer de nuestro tiempo

Gracias a los informes del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, el gobierno sería sentado por primera vez en el banquillo de los acusados en Naciones Unidas

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Ricardo Bofill Pagés, quien recientemente abandonara este mundo, pasará a la historia como uno de los grandes próceres en la lucha por una república verdaderamente democrática y de cumplimiento pleno de todos los derechos. En realidad, el primer grupo de derechos humanos de Cuba, y, por ende, el movimiento disidente pacífico, se inició en la cárcel en octubre de 1983. Se ha dicho que esto ocurrió en 1976 porque por entonces un grupo de notables personalidades, solían reunirse en casa de Arnaldo Escalona, quien, como Bofill, había estado preso en la llamada causa de la microfracción. Y en verdad, se hicieron algunas denuncias, aunque a título personal, y estuvieron en vías de fundarlo, pero antes de que se concretara, Seguridad del Estado arrestó a casi todos los contertulios. Yo creo, incluso, que aquellas personas ni siquiera tenían plena conciencia de lo que estaban creando, pero que Seguridad sí lo comprendió mucho antes que ellos, y actuó rápido para impedir ese parto, por lo que casi todos fueron a parar a las cárceles.

Siete años después, en octubre del 83, en la prisión Combinado del Este, coincidimos varios de los que teníamos aspiraciones afines. Paradójicamente, la cárcel lo que hizo fue unirnos a muchos de los que marchábamos por caminos similares, y el comité terminó por surgir allí donde generalmente terminan muchas de las conspiraciones políticas. En verdad, éramos sólo siete: Bofill, Gustavo Arcos Bergnes (por entonces incomunicado en la planta baja y con quien sólo podíamos hablar cuando nos sacaban al patio), Elizardo Sánchez Santa Cruz (quien se encontraba ya en la prisión de Boniato, pero mantenía contacto con nosotros a través de familiares), el exdirector del Pabellón Cuba, Teodoro del Valle, el poeta René Díaz Almeyda, el diplomático Edmigio López Castillo y quien esto escribe.

No podría fijar una fecha exacta, porque muchas veces sucede que los hechos más importantes ocurren sin que los mismos protagonistas se den cuenta, y sólo después de cierto tiempo es cuando nos percatamos de lo que ese momento significó.

Yo no sabía quién era Bofill cuando lo conocí a mediados de ese año en que llegó al cuarto piso del Edificio 3 donde se ubicaba lo que se conocía como el Nuevo Presidio Político tras el diálogo y excarcelaciones del 79. Aunque él ya había estado preso por lo de la Microfracción, no había sido, por entonces, una figura descollante, y me lo presentó López Castillo, también procesado en aquella famosa causa. Yo tampoco llevaba allí mucho tiempo, desde que había sido sacado de la llamada “Area Especial 47”, los corredores de la muerte donde los condenados a la máxima pena esperaban ser llevados a los fosos de La Cabaña para ser fusilados. Allí había estado incomunicado durante un año y veinte días en una celda tapiada. En una de esas celdas aún se encontraba también, en condiciones infrahumanas, el preso político Jacinto Fernández, acusado por espionaje, con quien había trabado una buena amistad.

Desde ese momento comenzamos, Bofill y yo, un largo ciclo de conversaciones sobre el tema político. Algo que lo distinguía era que no temía hablar en voz alta lo que pensaba sobre el régimen y sus dirigentes, y cuando le hablé de Jacinto, me ofreció los contactos que tenía para hacer llegar una denuncia sobre ese caso a las principales agencias de prensa con oficinas en La Habana. Se ofreció, incluso, para redactar juntos la denuncia. Pero eso sí, había que firmarla con nuestros propios nombres para que tuviera credibilidad. Lo pensé un par de días, porque aquello me parecía suicida, ya que hasta entonces los presos casi siempre firmaban sus documentos con seudónimos temiendo ser reprimidos implacablemente. Finalmente estuve de acuerdo, firmamos la denuncia con nuestros nombres. Pero debajo, Bofill agregó estas palabras: “Comité Cubano Pro Derechos Humanos”. Junto a su nombre puso el título de Presidente, y junto al mío, el de Vicepresidente. Aunque aquello me pareció una ocurrencia fantasiosa, puesto que tal comité no existía, no me daba cuenta que yo, al no poner reparos, la estaba haciendo realidad, y que la gracia podía derivar en desgracia ante el posible alargamiento de condenas en una nueva causa por “asociación ilícita”. Me dije, en mi interior, que aquel hombre estaba loco, pero que yo no me quedaba muy atrás por aceptarlo. El caso es que cuando aquella denuncia salió a la luz, la noticia no fue sobre la terrible situación de mi amigo Jacinto, sino que por primera vez había surgido en Cuba un grupo de derechos humanos. Años después, en el exilio, me diría: “Había propuesto este proyecto a muchos de nosotros, pero nadie me había hecho caso, y sólo tú me seguiste”.

La Seguridad reaccionó cuando ya se habían incorporado los otros cinco mencionados anteriormente, pero actuaron sólo contra Bofill incomunicándolo, quizás pensando que al separarlo de nosotros, el comité recién creado se desvanecería. Luego lo ubicaron en una habitación vigilada del hospital de la prisión, y finalmente, fue excarcelado, probablemente por las presiones de la opinión pública internacional. Pronto se formó una nueva sección del comité en las calles, al unírseles nuevos miembros, como la poetisa Tania Díaz Castro, el psiquiatra Samuel Martínez Lara y el profesor Adolfo Rivero Caro. Gracias a los informes del Comité, el gobierno cubano sería sentado por primera vez, en el banquillo de los acusados en Naciones Unidas.

Aunque nunca aceptó que el Comité se politizara, no pudo evitar que de su propio seno varios de sus miembros crearan grupos para la lucha política, como lo fueron La Liga Cívica Martiana, fundada en la prisión, y el Partido por los Derechos Humanos creado por Tania y Martínez Lara. Lo cierto fue que el Comité se convirtió en la célula matriz de todo el amplio diapasón del movimiento disidente. Muchas organizaciones nacieron como ramificaciones de esos primeros grupos o influidos por ellos, o aprovechando el espacio creado por el Comité. Se trata del único movimiento que la dictadura no ha podido exterminar. Y quien tuvo el coraje y la inteligencia para iniciarlo, fue Ricardo Bofill.

No fue un santo celestial, sino un luchador terrenal con virtudes y defectos que defendió a capa y espada su derecho a expresar lo que pensaba, y despertó, con su palabra, a los que aún estábamos, si no dormidos, al menos aletargados, y nos instó a correr a los que estábamos, sino paralizados, al menos dando los primeros pasos. Muy pocos han sido víctimas de tanto barraje de calumnias desde ambos extremos del panorama ideológico. Pero ya nada ni nadie, Ricardo, podrá arrebatarte el alto puesto que en la historia te mereces.


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