Actualizado: 29/09/2022 15:22
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Economía

¿Será bueno al fin lo malo?

Tiro de gracia a los cuentapropistas cuando el país vive una especie de estado de guerra por la supervivencia.

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Lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo. He aquí una de las frases más repetidas entre cubanos durante los últimos decenios. Sirve lo mismo como adagio para optimistas que como resignado comodín para conservadores, pero jamás deja de cerrar nuestras charlas, puertas adentro, cada vez que el régimen le da un nuevo apretón a su tornillo de rosca izquierda.

Y ahora estamos diciéndolo de nuevo, con mayor insistencia, aun cuando no con más esperanzas, mientras atravesamos uno de nuestros peores malos momentos.

Particularmente mala (por lo que para algunos resulta particularmente buena) es la amenaza de extinción, o al menos de muy notable mengua, que en estos días se cierne sobre el trabajo por cuenta propia.

Lo que teme la gente en la Isla, mucho más que a los ciclones, es al hecho de que la situación de desastre que vivimos se pinta sola para que el régimen materialice al fin su sueño imposible de acabar no sólo con los escasos establecimientos particulares que venían quedando en pie, sino además con el mercado subterráneo, que por feo que pueda aparecer ante los ojos de los observadores puritanos, nos ha permitido seguir respirando hasta hoy.

No habría que insistir en la inutilidad del mercado estatal —demostrada a lo largo de cincuenta años y no a partir del derrumbe del campo socialista europeo, como suele afirmarse con frecuente ligereza— para satisfacer nuestras demandas elementales en materia de alimentación y de servicios básicos.

Tampoco hay que insistir, porque es de sobra conocido, en que aun cuando el régimen abomina del trabajo por cuenta propia, no ha sido capaz de crear variantes para eliminarlo sin que salten en el acto las escandalosas consecuencias. Sin embargo, tampoco ha renunciado al plan de su eliminación.

No por gusto las cafeterías, los restaurantes y otros pequeños establecimientos particulares jamás han contado aquí con una infraestructura legal que les permita abastecerse de lo necesario para ofrecer un buen servicio, en forma estable y con precios y facilidades de mercado mayorista, que es como debe ser para que sus dueños no se vean obligados a depender de proveedores subterráneos y, por tanto, para que no vivan a expensas del soborno a los inspectores y del perenne peligro de clausura.

Resulta sumamente difícil no sospechar que detrás de tales limitaciones ha estado acechando siempre la coartada para eliminarlos por decreto y de un solo tirón, a la hora y en las circunstancias que el régimen considere propicias.

Claro que las circunstancias y la hora de ahora mismo serían las menos propicias. Aunque también depende de cómo se mire. Hoy vivimos en Cuba bajo un clima de catástrofe, donde la carestía forma parte del paisaje común —aceptada por muchos como algo irremediable y cuya solución no depende sino del tiempo—, donde casi todas las esferas económicas han sido militarizadas, donde reina una especie de estado de guerra por la supervivencia, y donde, para colmo, se da la gran batida tanto al mercado particular legalizado como al subterráneo, mediante acusaciones de acaparadores y ladrones.

Vistas las cosas desde este ángulo, tal vez no resulten poco propicias para una acción tan loca, indolente y suicida como propinarle el tiro de gracia al pequeño negocio de gestión particular. De hecho, la inmensa mayoría de sus puestos para la venta de productos del agro han permanecido cerrados durante las últimas semanas, al igual que sus establecimientos de servicios varios. En tanto, el mercado subterráneo está prácticamente paralizado y uno no sabe si reír y llorar ante las expresiones de terror que reflejan los rostros de quienes se aventuran a vender algo, cualquier nadería, por las calles.

Es esta, sobre todo, la razón por la que volvemos a decir que lo bueno está en lo mala que se ha puesto la situación. Aunque en verdad lo malo, aún peor que en el empeoramiento de las cosas, radicaría en el hecho trágico de que para llegar a lo bueno tuviésemos que hacerlo a partir del colmo de lo malo.


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