Actualizado: 12/12/2018 10:27
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Batista, Represión, Economía

Sesenta años de totalitarismo en Cuba

Fulgencio Batista, con su funesto proceder, reabrió las puertas a la violencia extrema, a la vez que con su prepotencia y soberbia fue remiso a cualquier tipo de solución pacifica

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El 10 de marzo se cumplieron 60 años del golpe de Estado ejecutado por el general Fulgencio Batista en 1952. En la madrugada de ese día, el complot tramado por el antiguo hombre fuerte, que de forma indirecta o directa, rigió los destinos de Cuba entre 1934 y 1944, alternando períodos de mano dura desde la fortaleza militar de Columbia con una etapa constitucionalista de 1940-44, mediante la llamada Coalición Socialista Democrática, regresó al poder por la fuerza, inaugurándose la etapa totalitaria aún vigente.

El golpe se realizó semanas antes de las elecciones programadas para el 1 de junio, cuando el caudillo militar del 4 de septiembre de 1933 se postulaba sin ningunas posibilidades de éxito, aupado por el Partido de Acción Unitaria (PAU) creado por él. Todo indicaba que en esos comicios triunfaría abrumadoramente el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), con su candidato, el profesor Roberto Agramonte, hombre con credenciales intachables y el legado de Eduardo Chibás, líder de enorme popularidad, fallecido meses antes debido a lesiones de bala autoinfligidas. También aspiraba a la presidencia el ingeniero Carlos Hevia, con prestigio como persona digna, pero respaldado por las fuerzas gubernamentales del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). Tenía el hándicap de la frustración por la ejecutoria de los presidentes Grau San Martin y Prío Socarrás, quienes después de forjar amplias esperanzas populares de progreso, sus administraciones estuvieron signadas por altos niveles de corrupción, gansterismo y escándalos políticos, además de haber sido incapaces de llevar a cabo aspectos positivos de la Constitución de 1940, que de haberse implementado habrían hecho altamente improbable que manos ambiciosas empujaran a Cuba hacia el totalitarismo.

Asimismo, los gobiernos auténticos fueron incapaces de preparar el país para afrontar las situaciones que se auguraban serían complicadas, después de un período de cierta bonanza económica. Debido a los destrozos ocasionados por la II Guerra Mundial, las instalaciones azucareras de amplias zonas de Europa y Asia habían quedado devastadas, mientras Cuba gozó de la ventaja de poseer una industria intacta, lo cual redundó en cierto progreso reflejado en amplios saldos favorables de su balanza comercial, que empezó a cambiar cuando la industria azucarera en aquellas regiones se reconstruyó.

Entre las voces que alertaron al Gobierno cubano al respecto, sobresalieron los diagnósticos de una misión del Banco Interamericano de Reconstrucción y Fomento, encabezada por Francis Adams Truslow, en un informe entregado al presidente Carlos Prío Socarras, el 12 de julio de 1951; menos de un año antes del artero golpe de Estado dado por Fulgencio Batista. Al mismo tiempo Mr. Truslow había presentado una carta al mandatario cubano, donde señalaba: “La disyuntiva ante el pueblo cubano es clara. Puede aprovecharse de la presente oportunidad para comenzar la sustitución de su actual economía estática por otra dinámica, creciente y diversificada, evitando así su dependencia de un solo cultivo. Esta puede ser una larga y ardua tarea. Implicará grandes esfuerzos y algunos sacrificios de la tradición y de la comunidad. Pero podría disminuir los actuales riesgos e inestabilidades, y preparar la economía para el caso de que sobrevenga una reducción de la demanda y el precio del azúcar a medida en que se intensifique la competencia debido al aumento de la producción. El camino es claro. La misión cree que no escoger la alternativa dinámica puede traer para Cuba consecuencias de la mayor gravedad. La prosperidad bélica ha creado en Cuba nuevos niveles de vida para muchas gentes. Si su economía no puede sostener ese nivel en tiempos menos prósperos —al menos en grado razonable-sobrevendría una tirantez política. Si los líderes se han descuidado en prever esta posibilidad, la opinión pública los inculparía, y si ello ocurriera, el control podría pasar a manos subversivas y engañosas, como ha ocurrido en otros países, donde los lideres no se han dado cuenta de las corrientes de estos tiempo”.

Estas proféticas palabras no fueron atendidas, y ocurrieron los funestos acontecimientos que hasta hoy padecemos. Con la acción del ambicioso general Batista, no solo se frustró la posibilidad del triunfo Ortodoxo, que en un marco democrático habría podido adecentar el país y enrumbarlo hacia cotas superiores de bienestar social, en especial a través de la implementación de la progresista Constitución de 1940, sobre todo del Artículo 90 que proscribía el latifundio, con lo cual se hubiera creado una importante capa de propietarios agrícolas, como el Apóstol señaló[1], evitándose los problemas desencadenados posteriormente. Batista, además, con su funesto proceder reabrió las puertas a la violencia extrema, con métodos represivos aplicados con suma crueldad, a la vez que con su prepotencia y soberbia fue remiso a cualquier tipo de acuerdo para facilitar una solución pacifica al callejón sin salida creado por él, dejando como única opción la lucha armada. Así empujó al pueblo cubano a seguir el camino trazado por los sectores violentos de la oposición, que aprovecharon esta coyuntura para presentarse como salvadores de la patria, con promesas de democratización y justicia social, las cuales después de asumido el poder fueron incumplidas, sustituidas por un férreo totalitarismo que ha conducido al desastre a Cuba.

El 10 de marzo de 1952 constituye uno de los días más negros y aciagos de nuestra historia, al comenzar una etapa de confrontación y represión, cuyo fin todavía no se vislumbra.



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