Actualizado: 16/10/2018 10:01
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Memorias de la Revolución, Fidel Castro, Che Guevara

Sic Transit Gloria Mundi

CUBAENCUENTRO continúa este nuevo año con la sección cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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Guevara fue un asesino sanguinario enamorado de la Muerte, seco, hostil, sin ninguna gracia. Públicamente en la ONU dijo: “Fusilamos y seguiremos fusilando”; se fue a varios países extranjeros a exportar el caos; no tuvo nada por qué admirarle. Sin embargo, ha pasado a la Historia con un halo mesiánico que a veces recuerda a Cristo. La juventud de todo el mundo, por varias generaciones, sigue su ejemplo con una admiración sin límites. La famosa foto de Korda ha recorrido el mundo y se encuentra en camisetas, carteles y miles de artículos de consumo. ¡Se lo pone, horror, al nivel de Gandhi y el Dr. King!

Tuvo una hermosa Velada Solemne al que acudieron miles de cubanos. Su muerte causó una gran conmoción en el mundo.

Sin embargo, lo conocí, no buscaba el culto a su personalidad; poco le importaba destacarse; más bien era modesto.

¡Pobre Castro! Era un tirano ególatra que solo se amó a sí mismo (recuérdese que públicamente declaró que cuando estaba muy enfermo quería que el mundo se acabara). Desde joven deseó ser el Uno, aunque fuera usando la violencia o la abyecta adulación como cuando quería ser el segundo de Chibás. No admitía nadie que potencialmente le hiciera sombra; se deshizo de Camilo Cienfuegos y de Guevara, y a castrico lo tenía dominado a fuerza de galletazos.

Gobernó como un señor medieval dueño de vidas y haciendas; le importó un bledo su pueblo, solo su gloria. Quería ser el Rey del Tercer Mundo y, apoyado por la URSS, no tuvo la menor hesitación en derramar mucha sangre cubana para lograr su objetivo.

No tenía ningún reparo en insultar horriblemente al que apenas disintiera de él; se abrogaba el derecho de tutear a todos, después de todo los demás estaban por debajo de él.

Cobarde siempre, se pintó como un héroe; la famosa foto de él bajándose del tanque cuando Bahía de Cochinos se tomó tres días después acabado el combate.

Tenía un instinto histriónico, como todo ególatra, que lo llevaba a golpes de efecto geniales; cuando el gobierno de los Estados Unidos lo trató torpemente, ni corto ni perezoso improvisó un genial golpe propagandístico; se fue a alojar al Hotel Teresa en Harlem.

Le llamaban “Bola de Churre”, pero sabía mandarse a hacer carísimos trajes a Holanda cuando la ocasión lo requería.

Tenía un grupo de santeros, encabezados por Celia Sánchez y el Dr. Vallejo, para “protegerlo”.

No fue un dictador oscuro y desagradable como Stalin; realmente tenía carisma.

De poco le sirvió todo eso. La muerte nos llega a todos, bastante se tardó en llevárselo. El que murió fue un anciano consumido, patético porque en su senilidad quería seguir “reflexionando”.

Carlos Puebla no le dedicó una canción, ni poeta alguno un homenaje; ni el Bardo de la dictadura, Silvio Rodríguez, dijo ni pío.

¡El “pueblo” fue a “rendir homenaje” a una foto!, sus cenizas hicieron un ridículo recorrido en una gran caja de fósforos pintada de verde olivo. Nadie lo lloró. Desapareció pronto de la memoria colectiva. Ya no es nada.

¡Lástima que la destrucción de un país en aras de su persona haya sido en vano!


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