Actualizado: 20/11/2018 18:13
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Sobrevivientes, Cubanos, Exilio

Sobrevivientes, nosotros

Ha sobrevivido el cubano, tras más de medio siglo de limitaciones de todo tipo; unos dentro de la Isla, reinventándose; otros en la diáspora

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Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mí en la ergástula,
quién recibió la bala mía,
la para mí, en su corazón?
Roberto Fernández Retamar

I

Aproximándonos a la segunda década del siglo XXI, Cuba es un país de sobrevivientes. Sobreviven los autos norteamericanos. Y los soviéticos. Sobreviven juntos en un intercambio de mecánicas concurrencias, tal vez la primera y única confirmación práctica de que la teoría de la convergencia es posible. Sobreviven algunos edificios; aquellos que escaparon a la necesaria cuartería, y que, como árboles centenarios, todavía dan a las ciudades las tan necesarias sombras del pasado. Sobreviven ciertos parques sin sus bancos y sus farolas. ¿A dónde fueron a parar tantos hierros fundidos en las herrerías de los abuelos peninsulares?; ¿dónde las luminarias, chaperonas de los parques? ¿Y las mariposas, no las de Mauricio Babilonia, sino aquellas multicolores que perseguían los niños sin miedos? Todavía no es difícil imaginar el parque donde hubo tómbolas, y los domingos, verbenas.

Sobreviven en Cuba algunas playas no extranjeras. Los habaneros se han encargado de hacerse con un litoral libre, abierto, azul, democrático, como diría el poeta. Sobre el arrecife y la ola han hecho su ejercicio de libertad; mientras se bañan y retozan, no pocos miran hacia el horizonte, el más allá, pensando si sobrevivirían a la peligrosa travesía. El mar es también el surco del sobreviviente; no hay que pedir permiso para lanzar una goma de camión y un par de avíos. Tampoco hay límites de profundidad. Los peces disponibles son escasos. También ellos subsisten.

Sobreviven algunas calles emblemáticas, horadadas por debajo para esconderse de un enemigo que nunca vino, y de unos que dijeron ser amigos, abrieron las avenidas que habían soportado medio siglo de automóviles encima, y así las dejaron, abiertas, sangrantes, solo con una mezcla de desidia y escaso cemento. Y sobreviven también sus nombres en la memoria de los viejos —que cada día son menos—, quienes se resisten a renombrar con el nombre de un médico chileno a la avenida Carlos III.

Sobrevivió la Habana Vieja. Resucitó para bien de casi todos, aun sin acceso al mojito y al daiquiri con el bolsillo doméstico. Quién sabe si algún día daremos gracias a la lealtad de cierto hombre de apellido idéntico, por ser uno de los pocos en rescatarnos la memoria civil; en rescatarnos, aunque fuera en sueños, el cubano inocente y vanidoso que parece intuir haber nacido en el París del Caribe. El cubano que con hambre de todo tipo todavía pueda gritar, como fue desde una ventana de la calle Trocadero, que nacer en esa Isla es una fiesta innombrable.

Y ha sobrevivido el cubano, tras más de medio siglo de limitaciones de todo tipo; unos dentro de la Isla, reinventándose; otros en la diáspora, adaptando a las circunstancias los mecanismos de sobrevida aprendidos, no muy decorosos en ocasiones.

II

La mente y el físico del sobreviviente son únicos. El ser humano puede y se acostumbra a mínimos. Encerrado por voluntad propia o ajena, echa a andar mecanismos psicológicos y físicos que nada tienen que ver con el común de los mortales. Lo que nos puede parecer un absurdo en libertad, bajo condiciones de sobrevivencia es perfectamente normal. Tales mecanismos han sido estudiados hasta la saciedad en todos los ambientes y a través de todas las épocas.

El arte, y específicamente el cine y la literatura, han hecho del individuo o el grupo que sobrevive, verdaderas obras maestras. Y eso es posible gracias a la creatividad del ser humano; su infinita capacidad para vencer adversidades. Una de las primeras obras que refleja una suerte de filosofía del sobreviviente es Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, publicada en 1719. Se ha dicho que está inspirada en hechos reales. Es emblemático, en el cine, El Ángel Exterminador (1962), película de Luis Buñuel. Quizás sin proponérselo —lo cual ponen en duda muchos críticos—, el director aragonés volverá a tocar el tema del aislamiento social y sus efectos negativos en otros filmes[i].

Los críticos han encontrado en el director habanero Tomas Gutiérrez Alea (1928-1996) en el filme Los sobrevivientes (1979) referencias buñelianas. En realidad, Titón, como se le conocía a Gutiérrez Alea, hizo una adaptación al cine de un cuento del escritor cubano Antonio Benítez Rojo (1931-2005) contenido en el libro Tute de Reyes que alcanzara el Premio Casa de las Américas en 1966. Tanto en la obra literaria como en la cinematográfica, hay una cuidadosa exposición de como la reclusión de un grupo social —en este caso debido a aparente voluntad propia—, los lleva a adoptar una serie de defensas que, paradójicamente, terminan extinguiendo la sobrevivencia del conjunto.

Quizás el testimonio más elocuente de los efectos sobre el ser humano en ambientes totalitarios y empobrecidos fue el del psiquiatra judío Viktor Frankl (1905-1997), recluido en un campo de concentración durante la ocupación nazi de Europa. Frankl observó en primera fila como la libertad no es un fin en sí mismo. Si la libertad no se acompaña de responsabilidad, esta no lleva a ninguna parte porque se convierte en algo negativo. Para Frankl, vivir depende en gran medida de darle coherencia al presente y al futuro. El medico vienes comprobó que quienes enfrentaban los rigores del encierro y las privaciones de una forma positiva —voluntad de sentido— eran capaces de vencer las enfermedades y la muerte. En esa joya clínica y humanista que es El hombre en busca del sentido[ii], Viktor Frankl menciona casos específicos en los cuales la actitud negativa y desprovista de propósitos lleva al ser humano a la aniquilación física y mental.

III

Pudiéramos admitir pues, que en el caso cubano, tras decenas de años de limitaciones, los cubanos somos una suerte de sobrevivientes a la adversidad. En caso de que lo negáramos, y nos comparáramos con ciudadanos de África o del Sahara, Cuba y sus ciudades no estaban en la lista de los países más pobres del mundo, sino que ocupábamos un lugar más que aceptable en el concierto de naciones latinoamericanas de la época. Ha sido la narrativa oficial y no solo la de las carencias, objetivas, las que se han encargado de hacer del cubano una víctima, un sobreviviente moral y espiritual. Según ese discurso, sostenido infelizmente por hechos reales, los cubanos “de Cuba” son los agredidos, los bloqueados y destinados a ser ‘fruta madura” —como si el árbol insular pariera oro o petróleo. La Revolución de 1959 vino al mundo victimizada, con la falsa carga de haber puesto veinte mil muertos —se sabe que fueron muchos menos— y la complicidad absoluta del Norte “revuelto y brutal” —que embargó a la tiranía batistiana armas y municiones meses antes del triunfo.

Muchos ciudadanos cubanos han aprendido a ser víctimas y a actuar como tales. En sus carencias y a veces mendicidad, se han ido disminuyendo como personas hasta sentirse incapaces, como los reclusos que describe Frankl, de tener un sentido positivo de la vida y buscarle coherencia al presente con el futuro. Llamémosle Síndrome de Estocolmo, Indefensión Aprendida o cualquier otra taxonomía sociológica. El discurso de victimización, de tercermundistas y subdesarrollados, esta tan arraigado en la mente y el espíritu de muchos compatriotas que será muy difícil desaparecerlo en generaciones. Porque la narrativa autorreferencial de mártires, de ser incapaces de luchar para despojarse del yugo no comenzó con el socialismo tropical. Sus antecedentes vienen de tiempos de la colonia; es un discurso, el de la libertad cedida, que está en la raíz de nuestra América hispánica, como señalara Octavio Paz: “La libertad, para realizarse, debe bajar a la tierra y encarnar entre los hombres. No le hacen falta alas sino raíces”[iii].

Mitos o no —los mitos siempre parten de una circunstancia real— la narrativa de que el pueblo de Cuba es un sobreviviente único, que ha derrotado diez administraciones norteamericanas, ha calado muy hondo en quienes viven en la Isla. Al embargo se le llama bloqueo —una acción de guerra—, a la invasión de Bahía de Cochinos, agresión imperialista —mercenaria, norteamericana—, los atentados a Fidel Castro son varios cientos –acaso con posibilidades de éxito solo una decena-, y las plagas y virus —algunos introducidos por los propios colaboradores cubanos en el extranjero—, son todas narraciones que alimentan el honor (SIC) de ser sobrevivientes, a tan solo noventa millas del imperio más poderoso y “cruel” que haya existido en la Historia.

El problema, con este relato, es que tampoco el Partido Comunista y el Gobierno cubano se han podido separar de él. También el régimen se ha acogido a unos mínimos en su economía, a una mentalidad de comerciante pesetero, de mendigo que enseña sus medallas para rogar misericordia. Al cabo de medio siglo, cuando el mundo es otro, competitivo e interconectado, la Isla y su gobierno están anclados en una dinámica del Siglo XX, como si la ideología comunista tuviera algún precio en el mercado. Ellos parecen creer desde los atriles revolucionarios que el mundo les debe algo, que las condonaciones de las deudas tienen causas morales, que los políticos de hoy piensan y actúan como sus padres o abuelos del mayo francés o Tlatelolco. El Partido Comunista, o mejor, el Partido de Fidel y Raúl Castro, continúa alimentando una épica que está divorciada de la realidad, y lo que es peor, de cualquier futuro inmediato. Nada de lo que se dice ad intra tiene que ver con el mundo real. La pregunta a hacerse es si esa línea —que no lineamiento— desquiciada debe ser así para garantizar el paso tranquilo, solaz, de quienes han gobernado hasta ahora, hacia otra dimensión de la existencia y que los acojan con infinita misericordia.

IV

No hay que hacer costosos y prologados estudios —en Cuba hay tantos institutos e investigadores sociales y económicos como probablemente no hay en muchos países desarrollados—, para saber que la miseria y la falta de oportunidades reales para los cubanos de la Isla lleva el deterioro moral, espiritual y hasta físico de la juventud y de quienes ya no lo son. Eso se hace evidente en el lenguaje, una jerga carcelaria cuya finalidad es comunicar al otro que se está en la misma página –luchar, resolver. Es una pena ver a intelectuales cubanos de pasado memorable tratar de explicar en la prensa escrita lo que tiene una sencilla razón: en la medida que el deterioro económico condiciona el deterioro humano y social, surgen actitudes, lenguajes, música y arte que reflejan esos niveles de frustración y sobrevivencia a toda costa.

Pero sería un error pensar que solo la abundancia material nos pudiera devolver un cubano honesto, educado, capaz de amar y ser amado sin segundas intenciones. Habría que virar la cara hacia la otra orilla, el sur de Florida, donde hay otros sobrevivientes cubanos, y no pocos que, a pesar de tener la posibilidad de trabajar y ganarse el pan honradamente, optan por seguir los caminos de la marginalidad, donde tan a gusto se sienten. Conozco compatriotas que ganan buen dinero y serían capaces de llevarse algún objeto sin permiso del dueño, solo por el “placer del daño al otro”. El deterioro antropológico de que nos habla el católico cubano Dagoberto Valdez no es poco, ni se cura por estar noventa millas al Norte.

Un probable abordaje de ese entuerto cognitivo, donde ser soplón es un mérito, ser carnicero o bodeguero un profesional de primer nivel, y resolver es robar, llevaría un intenso programa de des- victimización, de pasar de sobrevida a, simplemente, vivir. Hasta este momento, la pirámide de Maslow[iv] donde las necesidades básicas —comer, evitar el dolor, dormir—, opacan las necesidades de autorrealización, aceptación social y autoestima, condicionan un depredador humano cuyo objetivo primero es llegar al otro día. Resolver hasta donde sea posible esas necesidades primarias seria solo un primer paso, los cimientos, para reconstruir al ciudadano. Casi al mismo tiempo, la institucionalidad real, la seguridad personal y social con la división de poderes, el respeto a la propiedad privada y ajena, y la posibilidad de consensos sin discriminación de ningún tipo, abriría las puertas a un ser individuo que, parafraseando al Papa Francisco, vive para servir y sirve para vivir.

El Gobierno cubano y el Partido Comunista también están atrapados en una dinámica que, para desgracia de quienes viven en la Isla y no están dispuestos a seguir de sobrevivientes para que otros vivan, no tiene salida. Al menos no por el camino que hasta ahora han escogido. Casi nadie en este planeta va a fiarles un solo centavo. No se puede echar adelante un país donde el que trabaja no come, y el que come bien, lo hace porque del “imperio” le envían dólares, en realidad, moneda nacional. No se puede planificar el futuro con un presente en ruinas. Como dijera el general Raúl Castro, el cerco sobre ellos se va cerrando, y hace rato bordean el precipicio.

Aun así, no hay una estrategia visible, coherente, para dejar de ser de los pocos países sin economía de mercado —la única que ha demostrado ser viable—, del mundo. No hay un plan para dejar vivir y no de sobrevivir a quienes, tal vez mayoría, no desean seguir siendo víctimas. Ante esa contradicción casi suicida, de ver el patíbulo y celebrar como si fuera una rumba, nosotros, sobrevivientes cubanos todos, de aquí y de allá, nos preguntamos: ¿y ahora a qué viene una nueva Constitución? ¿Necesitamos nosotros, sobrevivientes, un documento que atestigüe nuestra propia existencia marginal? ¿O la nueva constitución de la República de Cuba es solo el epitafio para el fin de la Revolución cubana?


[i]Robinson Crusoe (1954), Belle de Jour (1967).

[ii] Frankl, V. El hombre en busca del sentido. Editorial Herder, Barcelona, 1991 (con prefacio de Gordon W. Allport).

[iii] Paz, Octavio. El ogro filantrópico. Seix Barral. 1983.

[iv]Una Teoría de la Motivación Humana fue publicada por primera vez por Abraham Maslow en 1943. Revista Psychological Review (50, 370-396).


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