Actualizado: 14/09/2019 3:07
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Socialismo, Democracia, Partido

Socialismo y burocracia

“La burocracia es la causa de todos los males del socialismo”, no tardan en afirmar quienes no quieren romper con la tradición inaugurada en 1917

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Toda sociedad contemporánea depende de la existencia de una burocracia, o de varias, para ser más exactos. En esencia de unas instituciones que administren de manera impersonal la esfera de lo cotidiano. Ninguna sociedad puede vivir al presente sin burocracias, al menos sin retroceder de manera abrupta a estadios sociales en que, por ejemplo, no se podrían mantener las altas expectativas de vida actuales, o los bajísimos índices de mortalidad infantil presentes.

Esta dependencia, que es ya enorme en una sociedad capitalista, escala a niveles mayores en una socialista. Algo que, por cierto, Max Weber había predicho unos cuantos años antes de la revolución rusa de 1917, al tomar en cuenta la preocupante insistencia del pensamiento socialista de su época por identificarse más con la posibilidad de una completa y centralizada planificación de la economía, que con la de verdaderamente socializar la propiedad y el poder político. Téngase presente que lo primero puede lograrse, como después de hecho ocurrió en los estatismos leninistas, sin socializar en absoluto, al convertir al estado en una enorme e ilimitada empresa fordista.

Consecuentemente con las previsiones de Weber la sociedad “socialista” soviética, de diseño leninista, no tarda en burocratizarse más allá de toda medida.

Pero esa burocratización excesiva, que en definitiva no es más que un síntoma de algo más esencial: el error de sustituir el concepto ético de la socialización por el economicista de la planificación, es tomada por la crítica que aún se aferra a la viabilidad y legitimidad del experimento leninista como la causa última de lo que evidentemente ha salido mal en la URSS, como la maligna perversión de lo que sin esa “desviación burocrática” debería de haber salido maravillosamente bien.

“La burocracia es la causa de todos los males del socialismo”, no tardan en afirmar los críticos comunistas, o lo que es lo mismo, aquellos quienes no quieren romper de manera definitiva con la tradición inaugurada por la revolución bolchevique de octubre-noviembre de 1917. Sin explicar nunca, por cierto, de qué manera los burócratas han conseguido hacerse con el control de la sociedad soviética en tal magnitud como para pervertir su funcionamiento.

La realidad, no obstante, nada tiene en común con las afirmaciones de los críticos comunistas (entre ellos los cubanos de la década de los sesenta, y los no pocos trasnochados del presente): son los bolcheviques, una élite de aventureros-intelectuales-profetas, que vive en los márgenes más remotos de la sociedad rusa y en general europea (solo un poco más acá que los anarquistas), quienes se han hecho con el poder en Rusia gracias a un golpe de Estado, no la burocracia zarista o alguna otra que como las esporas de algún hongo maligno viva a la caza de algún Estado que parasitar. Y lo han conquistado al ganarse el apoyo del enorme ejército ruso de campesinos reclutados a la fuerza, el cual solo desea el fin de la guerra y su consiguiente e inmediata desmovilización. Algo que solo el partido bolchevique promete hacer de inmediato. Es el apoyo del ejército y en especial de la marinería de la Flota del Báltico el factor determinante en la estabilidad inicial del Sovnarkorm (Sóviet de Comisarios del Pueblo), ya que la influencia bolchevique sobre el resto de la sociedad es muy limitada, y en un final mucho menor que la de otros movimientos socialistas de carácter agrario. Lo cual se evidencia en los resultados de la elección de delegados a la Asamblea Constituyente, por la cual los bolcheviques han clamado más que nadie mientras han estado en la oposición, y a la que no tardan en disolver una vez en el poder.

Disolución que en los primeros días de enero de 1918 sella definitivamente los destinos del proceso soviético.

Weber también había señalado al empresario como el contrapeso intuitivo en el capitalismo de la racionalidad de la burocracia, en lo esencial en lo económico, aunque ciertamente no solo en ello. En cuanto al representante electo, a la libertad de prensa y en general a la opinión pública, aunque son más bien formas de contrapeso del poder político en sí, se sobreentiende que también lo son de la burocracia, si es que observamos que en esas instituciones se crean constantemente las discontinuidades sociales, intuitivo-carismáticas, que se ocupan de contrapesar la racionalidad administrativa de aquella.

Todas estas instituciones (representación política mediante voto secreto, libertad de prensa) y especiales grupos sociales (comunidad de periodistas e intelectuales) se encargan de limitar a la burocracia al papel de imprescindibles servidores, bajo control público o privado.

En este sentido, al hacer desaparecer al empresario en el socialismo leninista, resulta evidente que la única manera de haber conseguido controlar a la imprescindible burocracia pasaba por todos esos otros medios de contrapeso arriba mencionados, además de novedosas y progresistas formas de participación ciudadana y laboral, como el control de los trabajadores sobre la actividad productiva a todos los niveles, y en todas las áreas. Pero al cerrar la Asamblea Constituyente, y aplastar a posteriori la Oposición Obrera, se renunció a todo ello en la naciente URSS. Incluso, y es muy significativo esto, con mayor determinación que al empresariado.

Debe de aclararse también que no fue una burocracia anterior, alguna que se esparce mediante esporas malignas, o una socialista todavía inexistente, quien decidió prescindir desde un inicio de tales controles sobre sí misma, sino el grupúsculo que dirigió el golpe de estado, auto seleccionado en base al supuesto usufructo de la única verdad posible (solo ellos sabían cómo construir ese destino final obligado de la Historia, el comunismo): La vanguardia leninista, el partido.

Y lo cierto es que esa élite de aventureros-intelectuales-profetas, que se había adueñado del país mediante una jugada política, pudo simplemente haber decidido prescindir de administrarlo mediante una burocracia, a la manera de Iván el Terrible y todos los déspotas rusos premodernos. Pero el hecho es que, si querían administrarlo con la suficiente eficiencia para permitirle a su gobierno sobrevivir y permanecer independiente frente a la amenaza de unos poderes centrales occidentales empeñados en modernizar bajo su control al planeta entero, necesitaban de una burocracia, o de una administración que de alguna manera se le pareciera.

Que necesariamente este mal remedo de las burocracias occidentales, en especial de las muy eficientes del imperio alemán, pronto superara a esa élite leninista hasta triunfar con Stalin, en propiedad el zar de los burócratas, no niega lo dicho: el socialismo soviético se burocratiza no por la naturaleza interna de la burocracia, sino por la de ese particular socialismo, autocrático y piramidal, en que por su propia concepción leninista de una vanguardia que debe dirigir el proceso son echados a un lado todos los posibles controles socialistas a la misma. Lo demás lo harán las necesidades de sobrevivencia del proceso mismo, en medio de un mundo en que sin cierta racionalidad de la administración no se puede soñar con conseguirlo.

El proceso burocratizador, en consecuencia, no es más que el resultado necesario de la inicial concentración desproporcionada del poder en el vértice de una sociedad contemporánea que a consecuencia de su propia concepción teórica se piramidaliza de manera cada vez más monstruosa, ya que desde ese núcleo de poder: el partido, el politburó, el gran Líder por último, no queda otro recurso que echar mano de una hipertrofiada burocracia que se ocupe ya no solo de administrar una economía a medias modernizada, sino aun de los más nimios detalles de la vida humana de los súbditos (quizás la única burocracia soviética eficiente sea la Cheká).

Sin embargo, la primera crítica comunista, compuesta en esencia por los intelectuales leninistas que han iniciado el proceso, pero que han terminado apartados más tarde o más temprano, solo verá con claridad la consecuencia, nunca la causa que los incluye a ellos como actores principales. Por lo tanto, interpretará esa consecuencia como un resultado de la mala naturaleza de la desagradecida burocracia creada por ellos, que ha terminado por desplazarlos del poder… no de sus propias concepciones teóricas o de sus decisiones tácticas. El más brillante entre todos, Trotsky, lleva este discurso hasta sus últimas consecuencias al tratar a la burocracia como una clase social en sí misma, y asignarle por tanto modos de acción en base a unos supuestos intereses de clase a los que en conjunto no puede renunciar.

Pero la realidad es que, a pesar de lo sostenido por esa primera crítica comunista, y por los que después solo repiten de una u otra manera sus ideas al respecto (la crítica cubana de los sesenta, por ejemplo), la burocratización soviética se origina en el coartamiento de lo participativo en base a medidas tácticas (la necesidad de conservar el poder que ha ganado la minoría mediante rejuegos políticos). Pero sobre todo en la adscripción de los comunistas a la creencia en las vanguardias políticas y su papel director, y en mayor profundidad todavía en su insistencia en darle prioridad a la planificación económica sobre la verdadera socialización tanto de la propiedad como del poder político.

En esencia ninguna vanguardia, sea élite política, económica o social, será nunca de por sí un contrapeso de la burocracia. Mucho menos cuando se encuentra enfrentada por un lado a un mundo que vive un proceso modernizador bajo el impulso de otros centros de poder, y por el otro a toda su propia sociedad, y en consecuencia necesita rodearse de un cuadro administrativo racional que les ayude a ejercer el poder en esa precaria situación.

La élite, en todo caso, solo pervierte la racionalidad de la burocracia. Al situar a toda la sociedad, incluidos ellos mismos, no ya bajo un marco legal claro y de estricto cumplimiento para todos: lo que Weber llamaba administración burocrática en estado puro, y nosotros estado de derecho, sino bajo el de su voluntad monda y lironda, la retrotrae hasta los tiempos premodernos y convierte a la burocracia en el irracional cuadro administrativo de alguna sociedad equivalente. En un proceso que nunca termina de completarse mientras el estado socialista en cuestión esté obligado a competir por el dominio del mundo con otros estados en que la racionalidad impere, pero que se cerrará definitivamente si el socialismo leninista consiguiera extenderse a todo el planeta (algo que por fortuna no sucedió, y que en esencia hubiera significado un retroceso mundial al año 1000… antes de Cristo).

Y es que en el “socialismo real”, aquel que unos muy asustados tories británicos de 1867 identificaban acertadamente con la democracia más plena, el equilibrio frente a la imprescindible burocracia deberá proporcionarlo la mayor participación posible de la ciudadanía, y sobre todo de los trabajadores, ya no solo en la política sino en la gestión de la economía a todos los niveles. Sin ese control, cuando la participación ciudadana es disminuida al mínimo posible (no nos engañemos, siempre la hay, aun de parte del esclavo), la burocracia, por interés del grupo político que se ha hecho del poder, no por interés propio, crecerá y crecerá para permitirles a estos controlar lo que ahora no se les permite a los ciudadanos consensuar.

Esto es en esencia lo ocurrido en la URSS: La vanguardia leninista, el partido, a partir de 1919 el limitadísimo politburó, y por último después de 1934 el gran líder, al limitar la participación y crear una sociedad con fines supra cotidianos a los que solo ellos pueden conducirla, provocan el crecimiento desbocado de una burocracia que mediante la administración de lo cotidiano les permita subsistir en su estatus de Moisés contemporáneos.


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