Actualizado: 18/09/2020 21:58
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Sociedad

¿Sustituto por moribundo?

¿A quien podría interesar el regreso de Castro I, como han pedido supuestos carteles en La Habana?

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La gente en la calle rumorea sobre ciertos carteles antirégimen que, según se cuenta, han sido colocados en lugares públicos de La Habana.

Visto así, no es nada del otro jueves. Siempre hubo alguien que dijo haber leído algún cartel; lo cual resulta muy difícil de corroborar, pues la primera reacción de las fuerzas represivas es, invariablemente, retirarlo. Tampoco han faltado los que de verdad se atrevieran a poner el cartel, a pesar de que el acto —inocuo, casi insignificante— puede acarrear rigurosas condenas de cárcel.

Como carteles realmente verificables, ya que estuvieron expuestos a la vista de todos, no por un día o dos, sino durante mucho tiempo, recordamos los que —con manos abusadoras y actitud fascistoide— fueron escritos en la fachada de una casa particular ubicada en la calle Santa Teresa entre Peñón y Carmen, en el barrio capitalino del Cerro, perteneciente a un opositor al régimen, quien, durante largos años, mientras vivió en esa dirección, se negó a borrar y a permitir que borraran las ofensas escritas contra él en su propio hogar.

Pero en cuanto a los carteles que por estos días han suscitado comentarios en La Habana, lo que más importa (y preocupa) no es que sean reales o ficticios, sino lo que proclaman sus contenidos. Aun en el caso de que los carteles no fuesen reales, resulta preocupante la mera conjetura de su existencia.

Lo que se dice es que estos letreros han demandado que se levante al caballo del lecho de moribundo y se acueste en su lugar al hermano sustituto.

Claro que se trata de un desbarre macondiano, no sólo porque el "sustituto" jamás ha sustituido al otro en lo esencial, también porque ninguno de los graves agobios que hoy sufrimos es obra directamente suya, sino del moribundo.

En última instancia, el sustituto se ha limitado a dar palos de ciego, tratando, entre tímidos e inútiles esfuerzos, de atenuar o encubrir las barrabasadas del hermano.

Lo curioso —y aún más, lo increíble, por inconcebible— es que entre los cubanos de a pie, que saben muy bien quién es quién y que han sufrido en carne propia las acciones de cada cual, haya alguien capaz de exteriorizar una demanda tan loca.

Desde luego, el razonamiento tiene amplio margen para error, pues en este valle de lágrimas (y por lo general en cualquier otro) hay gente para todo. Más atinada resultaría, tal vez, la sospecha de que los mencionados carteles no sean sino fruto del imaginario popular. Sin embargo, ello tampoco es suficiente para despejar preocupaciones, ya que si la gente los elucubró es porque la idea cabe en sus cabezas.

Queda otra posible disyuntiva: suponer que quienes colgaron esos letreros, o quienes echaron a rodar la bola de su existencia, sean sujetos con características más bien peculiares —y en número minoritario— dentro de nuestra población.

Demostrado está que, lejos de asumir su mandato como una variante de cambio para sacar al país de la crisis crónica y cíclica en que vivimos desde hace décadas, el general Raúl Castro parece resuelto a la aplicación de los mismos presupuestos de siempre, sólo que aderezados con lo que en la Isla llaman "mayor rigor e intolerancia ante lo mal hecho", pero que en la concreta no aporta soluciones, pues se basa únicamente en nuevos recrudecimientos de la represión, sin haber atacado antes, desde sus entrañas, las causas de los problemas.

En Cuba, los sustratos, las oportunidades, los espacios para hacer mal las cosas continúan intactos, tal y como los engendró "el caballo". El único aporte de su presunto sustituto consiste en aplicar el cuero a algunos de los que las hacen mal.

No sería peregrino, entonces, buscar a los autores de esos carteles, o de la bola sobre su existencia, justo entre quienes han sufrido últimamente los castigos del sustituto. Éstos no son los únicos que hicieron mal las cosas, pero al ser los que empezaron a pagar el plato roto, podrían estar extrañando el despelote de tiempos atrás, cuando contaban con una cobertura (digamos) más favorecedora.

De cualquier modo, los carteles de marras no sólo resultan sorprendentes para las circunstancias, y alucinantes por lo que requieren. También (respondan o no a la imaginaria común) representan una clave nefasta. Su objetivo no es reclamar opciones responsables ante el sumidero sin fondo en que nos han hundido los dos hermanos. Apenas piden patente para hacer mal las cosas.


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