Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Gobierno, Díaz-Canel, Sucesión

Tiempo de morir, tiempo de vivir

En la medida que los centenarios luchen contra la inexorable biología para retener el poder, los jóvenes vivirán menos

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No puedo volver al pasado porque era una persona distinta.
Lewis Carroll

Ya para nadie es un acertijo la función para la cual el Designado fue escogido: el hombro sobre el cual la gerontocracia comunista desea pasar, tranquila y sin tormento, a otra dimensión de la existencia. Unos hombros no tan jóvenes, pero lo suficientemente displicentes como para que el camino de la carne a las cenizas, como parece ser costumbre entre la llamada Generación del Centenario —nunca mejor sobrenombre— se produzca a la manera de los grandes guerreros: morir en la tranquilidad de su tienda con el uniforme puesto. Es el objetivo mayor del Designado en el Palacio de la Revolución: custodiar el gentío plañidero —e ingrato— para unos funerales discretos, serenos.

Pasados algunos años de su puesta en escena, debemos admitir que la selección del hombre fue acertada: no ha hecho nada que perturbe la escena final, esa en que “los muchachos se despiden”. Para lograrlo, el Designado ha mantenido un alto perfil mediático, garantizado por la prensa oficial-única. Quienes lo conocen de antes afirman que era una buena-persona al estilo Alfredito Rodríguez, y a quienes molesta su grisura, falta de carisma, y el mismo discurso machacón, hipnótico, diazepánico, habría que decirles que es justamente lo que buscaban quienes lo subieron a la tribuna.

Al hacer un análisis político-forense de los cadáveres de la llamada Batalla de Ideas, se advierte que casi todos podían ser golosos consumidores de las mieles del poder. Su fusilamiento social evitó colapsos por exceso de azucares. Los llamados “talibanes” no serían capaces de estar tranquilos ni en sus jaulas; animales salvajes, sin duda morderían la mano de quien les diera de comer, como en realidad sucedió. El superministro Lage, además de médico y proceder de una familia donde todos son profesionales, era demasiado inteligente para quedarse tranquilo en la casa de su familia en Nuevo Vedado. Tarde o temprano, hijos y nietos le reclamarían el patrimonio intelectual que les pertenece desde la época capitalista. Su escudero, el último de exteriores, cometió el error inducido de verse exageradamente mediático, al punto de ser filmado limpiándose las fosas nasales en público. Nadie olvidará su primera presentación pública donde se dijo que nadie como él era más cercano al pensamiento del Difunto.

Una vez exterminados los talibanes caribeños, aparece, como suele suceder, el hombre por quien nadie apostaba. El sobreviviente de trinchera parecía ir haciendo bien la tarea, o sea, dejarlo todo como lo encontró. En caso de que los demócratas ganaran la presidencia, una nueva cara serviría para dialogar y poner fin al embargo, casi levantado por la administración Obama. Al sur, la “reelección” de Maduro y una Asamblea Constituyente incapaz hasta hoy de escribir una sola línea, garantizarían el envío de combustible. Pero el Designado y sus promotores no contaban con la astucia del azar: a la voz de hagan juego señores, las cosas al norte y al sur, en esa provincia llamada Venezuela, se complicaron.

De esa manera, al parecer el final feliz de toda una generación de centenarios pudiera convertirse en un infierno en la tierra. El combate no será contra el enemigo habitual, los yanquis, sino contra la madre que no tiene desayuno para sus hijos, con el abuelo cuyas medallas de internacionalista serán arrojadas en la cloaca de la esquina antes de tirarse a la calle. Hay una tensión enorme entre el tiempo que tienen para morir los mandantes, y el tiempo que tienen para vivir millones de cubanos que no solo están desencantados con tanta engañifa y discurso triunfalista, sino que ahora están molestos, muy molestos porque ya vivieron esto que llaman, con absoluto irrespeto a la memoria y la inteligencia de la gente, Periodo Coyuntural.

El asunto se torna cada día más complejo para el Designado y sus ministros —tal vez el gabinete más mediocre que Cuba haya conocido jamás— porque fueron escogidos, precisamente, para no hacer nada, solo esperar. Y la espera no aguanta más. Si “Migue” hiciera reformas y tratara de sacar adelante la economía con audacia y sin temor a perder cuotas de poder, ni clases en la Universidad Martha Abreu podrá impartir. Si se mantiene dando discursitos en las bodegas vacías, en los teatros llenos de galanes durmientes, en la mesa cuadrada desde siempre, el Norte y el Sur no lo van a esperar: el objetivo de la administración Trump es hacer pagar al gobierno cubano un alto precio por su colonia venezolana. Un precio que, desgraciadamente, pagarán los de siempre, los cubanos de a pie.

Abocados a ese callejón sin salida, y la Generación del Centenario pronta a cumplir literalmente con su seudónimo, está llegando el tiempo de morir, real y simbólicamente. Si les quedara algo bueno por hacer sería salvarse del juicio de la Historia, que sin dudas no los podrá absolver si continúan con tal soberbia y egoísmo. Podrían convertir al Designado en un presidente de carne y hueso, no en un autómata, y dejarle hacer. O sustituirlo por otro, un “gallo tapao” capaz de negociar en dos tableros: la democratización de Venezuela y la mejoría de las relaciones con Estados Unidos teniendo como objetivo la finalización del embargo.

Hasta ahora los pasos dados por el Canelato indican que han decidido para toda Cuba que es tiempo de morir, no de vivir. Lo han decidido sin una consulta seria, sin la posibilidad de que se expresen programas y partidos que no tengan el marxismo-leninismo como máxima política. Han decidido, de manera autocrática, que los modelos chino y vietnamita —aun con su tufillo totalitario— no son ajustables a la realidad cubana, quien sabe si asustados al intuir la naturaleza pragmática y liberal del cubano medio.

El tiempo, biológico y social de la llamada Revolución cubana tiene fecha de caducidad, como todo proceso. No es continuidad. No puede serlo. Esa es una declaración anti-histórica, una estupidez que delata el coeficiente mental y espiritual de quienes lo dicen; una frase sin sustento filosófico ni práctico. El Eclesiastés, libro sapiencial judío, así lo dice: “Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol/un tiempo para nacer y un tiempo para morir”.

Lo que sí es real, cierto, es que en la medida que los centenarios luchen contra la inexorable biología para retener el poder, los jóvenes vivirán menos, y solo pensaran en escapar por la primera ventana que dejen abierta. En la medida que se prolonga la muerte de una generación centenaria, restan vida a una república joven en una dilatada e innecesaria gestación.

La única continuidad posible a esta hora es la mordaza y la palabra deshonesta, el yugo sobre la coyuntura anquilosada de un país artrítico, confinado al sillón de ruedas de la Historia, movido por ajenos intereses testamentarios. Ya dentro de otra situación crítica, advertida mucho antes en estas mismas páginas, el actual gobierno cubano insiste en que ‘no hay novedad en el frente” sino breves escaramuzas, transitorias. En estos tiempos la literatura del antibelicista Erich María Remarque puede tornarse peligrosamente “contrarrevolucionaria” en Cuba: para el simple ciudadano-soldado, ese que desengañado regresa a casa, son tiempos de vivir, no de morir.


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