Actualizado: 11/11/2019 11:18
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Reyes, Juguetes, Navidades

«Toy Story»

Al principio simplemente era más malos, sin diversidad. Después escasos, después a sacar los turnos para adquirir juguetuchos por teléfono, lo que provocó que se cayera la red telefónica de la Habana, después el básico, adicional y dirigido

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Hace muchos años, realidades y dimensiones atrás, había una noche especial en la que junto a nuestros padres íbamos a ver las vidrieras de Navidad, brillantes, alegres y rodeadas de chiquillos.

Se nos encandilaban los ojos, nos impacientábamos, sabíamos que serían mis padres quienes comprarían los juguetes peor eso no importaba; Santa Claus y los Reyes eran los símbolos del jubilo de navideño.

Claro, los juguetes fabulosos eran para los que podían. Voy a poner el parche antes de salga el hueco; había juguetes muy monos y humildes de $0,15. Y los progenitores que habían criado a sus hijos en la humildad estos últimos compartíamos los zapaticos de rosa.

En la distancia incierta recuerdo aquello era como el magical, mistery tour.

Pasó el tiempo y pasaron las erinias por el mar.

Al principio simplemente era más malos, sin diversidad. Después escasos, después a sacar los turnos para adquirir juguetuchos por teléfono, lo que provocó que se cayera la red telefónica de la Habana, después el básico, adicional y dirigido.

El básico eran dos bicicletas para todos los núcleos familiares, Volgas de pedales con un modelo de cuando Stalin recorría las calles de Moscú, una muñecona bola gigante, con un aparato de permanente “eléctrico” semejante al que usaban mis abuelas con cables y todos. Y otros horrores en lo que antes había sido la capital de América Latina, la prueba de mercado para EEUU.

De los adicionales (¿se llamaban así)? Ni me acuerdo; quizás una muñequita cuppie de las que mi mamá tenía.

¡Ah, el dirigido!

Un triángulo escaleno asesina a un cobrador.

Desde “cuquitas” con moda rusa de cartón amarillento, hasta motocicletas de lata, aplastados por los lados y con una cuerda más grande que la de los despertadores soviéticos.

La Habana siempre ha sido la pantalla principal de la Isla; en el interior eran otros cinco pesos o nada.

En las ciudades más privilegiadas (realmente no sé en Santiago) podía ser un jabón y pintura de uñas plásticos y mal sellados (vacíos por dentro, faltaba más). En la barranca de todos no había ni donde amarrar la chiva. Los niños jugaban con bueyes de botellas y las niñas con muñecas de trapo que la abuela les hacía.

Pasó el tiempo y pasó el apocalipsis por el mar.

Ya toda la Isla era la barranca de todos.

Ni Jalisco Park ni el Parque Lenin ni un “parque de diversiones” sino primitivos y peligrosos cacharros.

Los niños no tenían nada que tomar para saciar la sed… la Destructiva Reaccionaria del 68.

Pasó el tiempo y pasó el Leviatán por la Isla.

El Período Especial.

Ni comida ni ropa ni cines, muchísimo menos juguetes para los deleznables hijos de la Dictadura del Proletariado. Esos, y las suntuosas comidas, coches y viajes eran para los hijos de la dictadura.

Periodo que nunca le perdonare al asqueroso y vil comunismo. Mis hijos se iban a la escuela a veces con agua con azúcar por desayuno, tras cinco generaciones estudiando y trabajando sin fin para darles a los futuros una vida decorosa.

Afortunadamente esas generaciones ya no alentaban.

Para juguetes ni llantas de autos para balancearse… a los siete elefantes se los hubieran comido como comen gatos, perros, y gorriones.

Ahora nada pasa por el mar porque la Isla se ha hundido para siempre… fue a dar junto a la Atlántida.


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