Actualizado: 12/11/2019 10:35
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Umap, Homosexuales, Represión

Umap: medio siglo de errores y horrores

Al acercarse la fecha en que se cumple medio siglo de las nefastas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap), CUBAENCUENTRO inicia una serie sobre ese horror

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Hace medio siglo, en noviembre de 1965, fueron implantadas en Cuba, en las llanuras de la provincia de Camagüey, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap), aunque de militar nada tuvieran. En realidad resultaban campos de trabajo forzado a los cuales fueron enviados jóvenes y no jóvenes (allí los había aun de 40 años o más) que no se avenían de alguna manera con el “proceso revolucionario”, “la nueva moral” “el hombre nuevo” y esas quimeras entonces proclamadas por Fidel Castro y su grupo.

Todos eran inocentes.

Religiosos de diversas filiaciones, lumpen, borrachines, fiesteros habitantes de la madrugada, otros que habían tramitado el pasaporte con el propósito de, algún día, irse del país, “pasivos” ante el proceso revolucionario, etcétera.

Y homosexuales.

Dura ha resultado mi controversia con ciertas personas cuando he afirmado que los homosexuales, a quienes, entre otros, dedico la novela de mi autoría Un ciervo herido, que aborda el tema de las Umap y de la cual a partir de ahora se publicarán varios capítulos en este mismo sitio, eran los más inocentes.

Mi razonamiento ha sido este. Los religiosos, lumpen, “dulce vida”, “apáticos al proceso”, lo eran con conocimiento de causa, por convicción, por decisión de sus cerebros, por voluntad propia.

Los homosexuales habían nacido así, eran así, no habían decidido su forma de ser ante una sociedad autoritaria, radical, “prístina”, según la teoría que intentaban establecer. Eran, entonces, los “menos culpables”, si bien allí, naturalmente, ningún confinado era culpable de algo ante la ley.

Mucho se ha hablado de las vejaciones, los maltratos, las crueldades de que fueron víctimas los “soldados” Umap. Ya hoy, luego de medio siglo, se va sabiendo la realidad de aquel hecho por medio de testimoniantes que aún viven y de otras personas que en su momento recogieron testimonios de los hoy fallecidos.

Quisiera, en este caso, atenerme a una máxima del “genio tenebroso”, Joseph Fouché: Las Umap, “más que un crimen, fue una equivocación”.

Según los datos, de buena fuente, que pude obtener cuando estuve en ese sitio, los “soldados” Umap eran 22 mil y los homosexuales representaban entre el 18 y el 20 % (este último dato lo reconfiguré hace poco).

Bueno, sería justo que el régimen ofreciera, pasado ya tanto tiempo, disculpas por esta “equivocación”.

Pero no ha sido así. Al contrario, el hecho continúa silenciado, si ponemos aparte las declaraciones al respecto de Mariela Castro en el extranjero. Todas manipuladas, todas falsas, ¿acaso por desconocimiento?, ¿acaso porque su padre y su tío Fidel Castro le han mentido al respecto?

Yo, dentro de mis posibilidades, me he encargado de desmentir las afirmaciones de Mariela Castro, tanto en CUBAENCUETRO como en otras publicaciones.

Asimismo repliqué (http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-cardenal-jaime-ortega-las-umap-y-el-mandato-de-dios-319838) la única alusión que por estos tiempos se ha realizado en la prensa cubana (toda pagada por el gobierno) sobre las Umap. Resultó del cardenal cubano Jaime Ortega en una entrevista con la emisora radial matancera Radio 26, el 15 de agosto de 2014. En esta entrevista podemos constatar una canallada más de este ministro de Dios.

A mí me llevaron para las Umap en 1966, a los 20 años, fui el “soldado” Umap Nro. 22, de la “compañía” 1, del “batallón 23”, de la “Agrupación” 6, con sede en el central Senado, subordinada a la Unidad Militar 1015, el Estado Mayor de las Umap. El viaje, en tren, duró dos días, del 18 al 20 de junio. Sobre estos avatares ya he escrito en este mismo sitio y, además, resultan basamentos fundamentales de mi novela Un ciervo herido.

Puedo dar fe de que mis copadecientes, en uno y otro sitio en que me confinaron, eran buenas personas, ninguno había cometido delitos comunes y muchos de ellos eran trabajadores cumplidores, así como estudiantes.

La nobleza era algo que sobresalía en no pocos de los allí encerrados. Quisiera recordar, medio siglo después, a algunos de los más inocuos que allí conocí.

Como yo vivía en Santa Clara, Las Villas, allí interactué con una buena parte de “soldados” Umap provenientes de la zona norte, hombres muchos de ellos de pueblos de campo, o de campo neto.

Ellos, los campesinos, tenían ciertas ventajas sobre los citadinos: los más, por su trabajo diario en sus respectivas zonas de residencia, manejaban la guataca y el machete con sobrada ventaja en relación con los de la ciudad; resistían mucho más.

No pocas veces, a escondidas, ayudaban a los inexpertos poblanos para cumplir la terrible Norma, que requería de sol a sol.

De aquella zona de Encrucijada, Calabazar de Sagua, Sagua, recuerdo a varios que allí dieron muestras de nobleza, personas totalmente candorosas que, era un crimen, por decir algo, que allí estuvieran. Buenos amigos como Enrique Rodríguez, Rubén Rodríguez, Bernia, el negro Bambán, Pinchaejubo, Alipio, Ricardo Martiní, Osvaldo de León del Busto, Manolito Valle, Luis San Germán, Lucas Santaya y otros muchos que tengo en la memoria, pero no recuerdo sus nombres.

Me viene a la mente, de Placetas, Luis Estrada Bello, el número 8, un hombre fragilísimo, que no pesaba ni 100 libras, y era en verdad agónico verlo en el surco, dándole, dándole. O, de Cienfuegos, Jesús Soriano, a quien le faltaba un pulmón y debía darle igual al surco.

De Santa Clara fue conmigo mi amigo y hermano Luis Becerra Prego, de 16 años de edad, entonces estudiante y joven de tanta ética como pocos. De la misma ciudad, recuerdo a Rigo, homosexual confeso (luego sería convicto), mecánico automotor; Eddy, también homosexual y laborioso trabajador en una cafetería; ambos rondaban los 40 años de edad, al igual que el Maestro, quien, declarado cocinero del campamento, pues al fin y al cabo nos ayudaba con alguito más de comida siempre que le fuera posible. Otro de los cocineros era Sergio, de los campos aledaños a Placetas, rubio, de unos 26 años de edad. También de Santa Clara era Rodriguito, rijoso y añorante del ron, carencia que lo hacía sufrir.

Recuerdo, de Cabaiguán, a Eurípedes Ferrer Fernández, pelirrojo casi, alto, que apenas hablaba, como esos seres que saben purgar en silencio. Y lo que se dice, una persona decente, de sobrada ética.

Parecido a Eurípides era Jorge Blondín Iparraguirre, del central Washington, de 27 años de edad, Adventista del Séptimo Día, un hombre transparente, que destilaba bondad.

De La Habana nos llegaron un día, cuando se llevaron a los homosexuales hacia otro sitio —muy tétrico, como ya he descrito en otros textos—, entre otros, Pototo, Angeló, Jesusito Rodríguez, que pasaba de los 35 años, el negro Al Capone (fiel cliente de las celdas) y Ángel Zuviaur, quien una noche, para fugarse, me pidió unos zapatos de civil que yo escondía —teníamos él y yo la misma talla— y hasta hoy no lo he vuelto a ver. Por los apodos de algunos, podríamos pensar que eran gente de mal vivir o algo así, pero solo resultaban tipos jodedores que gustaban de las fiestas y de estar en “onda” con las modas “extrajerizantes”.

Muchos otros rostros sin nombre, como decía, me vienen a la mente.

De los por siempre recordados, me llega Armando Suárez del Villar, reconocido teatrista que radicaba en Cienfuegos y en La Habana, que entonces y luego fuera mi amigo; homosexual que demostró tener más cojones que cualquiera que no lo fuera cuando, con 34 años de edad, sus 6 pies y 4 pulgadas de estatura, con escoliosis y pies planos, se reventaba en el surco dándole y dándole sin parar, sin pedir piedad. Falleció en Cuba no hace mucho.

Quisiera nombrar al sargento mayor Héctor Hernández Hernández, de 28 años de edad, de El Vedado, La Habana, segundo jefe de la “compañía” Nro. 1. Un hombre bueno que dejaba pasar de lado algunas infracciones de los “soldados” Umap. Y que a mí, en una ocasión, con su silencio, me salvó de la debacle.

Y recordar al soldado de guarnición Luis Díaz Campanería, uno de los seres de más mala entraña que he conocido.

Debemos aclarar que los “exsoldados” Umap no pagaron su “culpa” cuando fueron liberados. El hecho de haber estado allí se convertiría en una cruz que deberían llevar por siempre. Un baldón para conseguir un mejor trabajo, un ascenso de cualquier tipo. Unos apestados. Es decir, para el régimen y muchas de sus organizaciones, los “exumap” continuaban siendo victimarios, unos tipos mierderos, pecadores, hijos de mala madre que habían sido confinados, para su reeducación, debido a su mal vivir. O sea, seguían, siguen siendo victimarios, no víctimas.

El expediente Umap salía donde quiera que fuese el antes confinado a realizar alguna gestión; una mancha vitalicia.

Al romanticismo lo separa de la imbecilidad solo una pendejésima (según los neomatemáticos, la más pequeña unidad de medida existente).

Yo estuve casi seguro de que, con el tiempo, el régimen ofrecería excusas de aquella “equivocación”-crimen que se llevó a cabo de 1965 a 1968. Pero por el contrario, como antes decía, allí se mantuvo y se mantiene, lacrado, el expediente de aquella lacra social, como gustaban llamarnos algunos oficiales.

Por aquellas fechas, yo empezaba a intentar con la creación literaria y —ya dije la diferencia entre el romanticismo y la pendejez—, me propuse que algún día escribiría la (mi) novela de las Umap. Y que, pensé, sería leída en una Cuba donde, entonces, el régimen estaría en forma, fuerte, con tanto bienestar conseguido para la sociedad, como para asimilar una obra crítica de su pasado.

De 1973 a 1995 escribí y publiqué varios libros de poemas, de cuentos, novelas.

Me seguía martillando en la mente, el corazón y dondequiera aquella novela pendiente de escribir, tan cerca de mí, pero para la cual no hallaba el narrador adecuado, puesto que por muchos artilugios que pusiese en la redacción, no imprimirle un narrador fuerte, original, con su contraparte o contrapartes iguales, no escribiría más que una sucesión de capítulos tremebundos, una cadena con infinidad de eslabones trágicos… que aun como tales podrían aburrir a cualquier lector.

En México, en 1996, más de 20 años después de darle vueltas y vueltas, y ya, claro, con más experiencia en el arte de escribir, me pareció que ya sabía cómo “hacerla”. Y así, durante cuatro años escribí la que titulé Un ciervo herido, cuya primera edición es de 2002.

Así ha sido.

Eso es todo.


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