Actualizado: 11/12/2019 10:35
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Intransigencia

Un daño reparable

La mesura debería imperar en la consideración y el respeto a las convicciones y al comportamiento de los otros

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Nos inocularon el fatal virus de la intolerancia. Su comienzo fue aquella reiteración goebbeliana de que “la intransigencia es la mayor virtud revolucionaria”. Es decir, para encajar en el molde ideal había que ser fanático, inclemente, obcecado, dogmático, obstinado. Al enemigo no se le podía dar “ni un tantico así”. A la cesación del debate le sucedió el discurso único, el monólogo infinito, la fe ciega.

Esta imposición incesante duró por décadas, caló en los temperamentos e hizo un daño hondo que aflora espontáneamente, aunque el individuo que la sufrió haya tomado otros rumbos, haya adoptado otros modos, otras ideologías, otras costumbres culturales, otras nacionalidades.

La mácula emerge en muchos comentarios, artículos, publicaciones… en los que prima el desconocimiento o la supresión de hechos objetivos que pudieran dar una imagen favorable de la revolución de 1959. Por ejemplo, se minimiza la extraordinaria fuerza creativa y experimental en las artes y la cultura que alentaron la primera década del “proceso”. No hay que olvidar las escenas maravillosas de los campesinos en su primer encuentro con el cine, la experimentación febril en las artes escénicas, en la música, en la poesía, los aires nuevos y libérrimos de la educación en todos los niveles.

Claro, esa felicidad no duró mucho. Para ser virtuosamente intransigentes, los dirigentes volvieron la página, quemaron los títeres y los libros del mejor teatro guignol de América Latina, “parametraron” a diestra y siniestra a los artistas, periodistas, profesionales que olieran a algún “equívoco”, censuraron con fiereza (pasaron de las “coletillas” periodísticas a la eliminación del discurso diferente), abolieron la autonomía universitaria, contaminaron la sabia enseñanza, purgaron a las personas incómodas en crueles circos fascistas. Como consecuencia, imperó la conformidad, el éxodo, el exilio interior, la mediocridad y se destruyó la difusión del pensamiento mejor con la atomización criminal de la más que bicentenaria universidad al alcanzar su destrucción como centro realmente respetable de la cultura nacional.

El balance de todos los hechos debería ser nuestro punto de partida para llegar a un análisis sano de las diversas situaciones y personajes, y la mesura debería imperar en la consideración y el respeto a las convicciones y al comportamiento de los otros.

A algunos comentaristas, editorialistas, articulistas se los lleva la intransigencia: abuso de una descarnada adjetivación para descalificar, extremismo intelectual, monopolización de “la verdad”, utilización del insulto y del bullying, tal y como si fueran “exiliadas brigadas verbales de acción rápida”. Es el mismo estilo en el discurso pero con el contenido al revés.

Desde Hipócrates, la teoría humoral predominó en la medicina y, hasta nuestros días, está activa en la Psicología. Los humores que componen al individuo deben estar equilibrados o su temperamento se definiría según el predominio de algunos humores sobre otros. De ahí los individuos sanguíneos, los coléricos, los flemáticos y los melancólicos. En las nociones pre-decimonónicas se sabía que todo el universo debía hallarse en un orden armónico o devendría el Caos. La armonía debía imperar igualmente en el hombre y en el cosmos, por lo que debía también reinar en las pasiones.

Tanto en la filosofía aristotélica como en la tomista el odio se define como “una pasión”. El desbordamiento de una pasión conduce al desorden y a la tragedia, o no pudiéramos entender a Shakespeare. Cada una de sus tragedias es la disección del arrebato de alguna de las once pasiones clásicas que desemboca en un dramático y funesto desorden.

El odio acendrado, cainita, es una de las peores pasiones. Sólo sería aceptable el odio como lo entendía Montaigne: “Odio toda suerte de tiranía, tanto la verbal como la efectiva”. La fuerza animal del odio conduce a la suspensión de la civilización.

¿Por qué no ponderar las virtudes de la armonía? ¿Qué clase de nación puede surgir del despliegue espantoso de esa pasión fiera? Si no hay contención, si no ponemos riendas a la irresponsable desmesura de la palabra y del acto, iremos del caos y la hecatombe insulares a otro modelo de barbarie.


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