Actualizado: 24/05/2019 17:31
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Sociedad

Un macho menos

Los nietos de la revolución se rebelan a través de la moda y desnudan un sistema que lo apostó todo a las apariencias.

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La revolución cubana modificó —como adivinó Kennedy en un relámpago de venenosa envidia— no sólo el mapa político mundial, sino también la forma en que el revolucionario era visto por los demás, volviéndolo un icono reconocible y lleno de posibilidades para un mercado que necesitaba nuevos héroes que vender.

Cuba importó generosamente su estética, y la imagen revolucionaria se volvió tan fuerte y seductora, que una de las ideas de la CIA para desacreditarla fue introducir una droga que hiciera caer su símbolo más reconocible: la barba de Fidel.

Cincuenta años después, los desencantados nietos de la revolución han decidido que la moda puede ser también una forma de oponerse a una dictadura que prometió liberar al hombre y terminó encerrándolo en límites cada vez más estrechos, con el permiso cómplice de centenares de intelectuales que vieron una realidad y escribieron otra, siguiendo el ejemplo de García Márquez y su Cuba de cabo a rabo.

Los jóvenes de la Isla aprovechan la decrepitud del comandante eterno para vengarse, mostrando explícitamente en sus cuerpos cómo rechazan las convenciones sociales impuestas por el régimen, donde lo diferente fue reprimido para mantener la imagen for export de macho de pelo en pecho. Muy buen resultado le ha dado a Castro esta imagen, desde su primera aparición pública, al extremo de que la ha mantenido inalterable desde entonces, como si su uniforme de fajina no fuera, como sus actitudes, parte de una cuidadosa puesta en escena destinada a complacer a ese público atento que sigue sus apariciones estelares.

Usando piercings, poniéndose tatuajes, adoptando pantalones de tiro bajo y aplicándose la depilación completa, los jóvenes cubanos que hoy tienen entre 15 y 25 años, muestran explícitamente su rechazo ante la postura machista y paternalista del gobierno.

Esto confirma la llegada inevitable de la modernidad a una Cuba que sus ancianos dirigentes preferirían ver anclada eternamente en ese pasado glorioso, donde fueron consagrados "salvadores de la humanidad" e "iconos de la moda" antes que la historia los convirtiera en una triste parodia de sí mismos, dueños de un discurso vaciado por sus propias contradicciones internas, nuevos ricos gracias a la explotación y la represión del mismo pueblo que alguna vez prometieron liberar.

Para ellos, criados en una noción claramente definida sobre la "hombría", la idea de que los hombres se depilen completamente el cuerpo, se pongan accesorios femeninos (aros, piercings) y prefieran vestirse con marcas extranjeras, como Mango o Dolce&Gabanna, mientras pasean en sus autos tuneados con grandes tubos de escapes y luces de alta potencia, comprados en el mercado negro, degrada explícitamente la imagen del "hombre nuevo" creada por Castro y el Che.

La santa indignación

En el artículo "¿Un macho menos macho?" (la interrogación debe leerse como una afirmación), aparecido recientemente en el diario oficial Juventud Rebelde y luego rebautizado en la red con un título menos conflictivo, puede notarse la santa indignación de los cronistas, digna de hombres de pelo en pecho, que saben diferenciar un macho bien macho de los que, obviamente, no lo son: "Hombres con piernas y brazos afeitados, con esmalte en las uñas, con aretes u otros atributos —hasta ahora sólo femeninos— penetra como una bala en el centro de la retina pública…".

¡Bang! El impacto debe ser terrible para estos agobiantes predicadores de la masculinidad, que soportan estólidamente sus barbas, en el pesado calor del trópico, con tal de demostrar su adhesión incondicional (y pegajosa) a las políticas oficiales. Para que la situación sea aún más desagradable, la degradación actual no es sólo juvenil: "hombres de mayor edad buscan tratamientos anti-canas y anti-caída", cuenta un testigo que comparte la incredulidad de los cronistas ante los nuevos tiempos.

A su manera, estos jóvenes y modernos metrosexuales están obligando a la revolución y a sus ancianos dirigentes a entender que Cuba no puede seguir empantanada en un discurso que promete, hace cuatro décadas, un futuro ideal para el hombre, pero vive mirando insistentemente su propio pasado para validarse con "divisas ya desmerecidas".

Hoy, la Isla, y especialmente su ciudad insignia, La Habana, son museos donde el pasado se repite una y otra vez, mecánicamente, para extranjeros ricos que no quieren conocer la realidad de pobreza y marginación postrevolucionaria, sino la Cuba mítica situada entre 1950 y 1960. Una vuelta a los principios donde el caimán se muerde la cola (¿o era la lengua?). De la Isla de Batista como paraíso para los extranjeros a la Isla de Castro como paraíso para los extranjeros, ¿cuál es la diferencia fundamental? Ninguna, por supuesto.

Los jóvenes metrosexuales (decididos, con sus escasos recursos, a ser y parecer otra cosa) son una corriente de aire fresco en un ambiente viciado por cuarenta años de hipocresía; especialmente desde 1989, cuando los cubanos fueron obligados a vestirse y actuar, otra vez, como sirvientes en hoteles, restaurantes y resorts ambientados en los cincuenta y creados especialmente para el turismo nostálgico.

Abrazando la fe capitalista, los metrosexuales dejan a la vista las contradicciones de un sistema en agonía que lo apostó todo a las apariencias.


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