Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Médico de familia, Medicina, Salud Pública

Un par de verdades

El proyecto del “médico de familia” rebasó las fronteras del barrio de Lawton y Fidel Castro se adjudicó, sin decirlo directamente, la paternidad de la idea

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En medio de toda la crisis que se ha generado alrededor de los médicos-esclavos en Brasil algunos han encontrado como positivo el que los consultorios de los médicos de familia en Cuba volverán a tener su galeno y con ello se retornará a atender las necesidades médicas de la población abandonadas debido a la exportación de los recursos humanos que mantenían esos consultorios a nivel casi de cuadra.

Y una vez más salió a relucir lo del “médico en jefe” como creador de ese plan que comenzó modestamente en el policlínico de Lawton con 10 médicos y el funesto personaje lo convirtió en una obra faraónica, como le era habitual, todo tenía que ser lo mejor, lo más grande, etcétera, etcétera.

El creador original de esa idea fue un cardiólogo que actuaba como director del policlínico ya mencionado, su nombre: José Rodríguez Abrínes, sus amigos y familiares le llamaban “Pepelín” y murió en marzo de 2012 ya retirado después que generase una dependencia a los opioides debido a los fuertes dolores de columna que padecía.

Pepelín había llegado a ser viceministro de Salud Pública pero al autorizar la salida del país de las dos hijas que tenía con una española con la cual estaba casado, provocó las iras del régimen, que no tomó en cuanta la dolorosa decisión —que él se había visto obligado a tomar— desde el punto de vista personal y a ello lo acompañó con el ostracismo.

Después de pasar por varios hospitales ejerciendo su especialidad, lo enviaron al policlínico de Lawton que no estaba entre los de más importancia en La Habana y atendía a una población de bajos recursos, no era una asignación destacada o importante, era una antigua Casa de Socorro. Es allí donde a él se le ocurrió la idea de acercar la atención médica a la población y no esperar a que la población enferma, o incluso sana, fuesen al policlínico.

A partir de ahí la historia es conocida. El proyecto rebasó las fronteras del barrio de Lawton y el dictador se adjudicó, sin decirlo directamente, la paternidad de la idea. En realidad, la idea no era mala desde el punto de vista de la salud pública, el problema estaba en que se convirtió en una tarea megalomaniaca y económicamente imposible. Este asunto de sus problemas financieros en un país subdesarrollado lo discutí con Pepelín en más de una ocasión.

Él se había casado, en segundas nupcias, con Norma que era como una hermana para mí, nuestras familias mantenían una amistad de años y Norma era, es, la hermana que nunca tuve. En la sala de su casa debatíamos los pros y los contras del proyecto y él me argumentaba, entre otras cosas que con el “médico de la familia” se disminuía, por ejemplo, la estancia en los hospitales, yo le decía demuéstrame con números y él se exasperaba al yo no ver la verdad, para el evidente, era como la anunciación del arcángel.

Yo me reservaba con él mi criterio del que el médico de la familia, en la forma en que se había consolidado, no era más que otra forma de control del Estado totalitario que no quería ni que uno se muriese como le daba la real gana. Además, que eran otros ojos ávidos de información que se le unían a los del CDR.

Mi última conversación con él fue en febrero de 1993, en la funeraria en penumbra donde velábamos la muerte de mi padre, defunción que él certificó evitándome unas cuantas gestiones burocráticas. La administración de la funeraria me había entregado solemnemente un tubo de luz fría, como le decíamos en Cuba, y yo era responsable del mismo, era la única luz en toda la funeraria, que lógicamente conecté sobre el ataúd de mi padre. La situación era de por si bastante penosa para entrar en otros temas cotidianos y la charla se limitó entre Pepelín, Norma y yo a recordar las peripecias y la jovialidad de mi padre.

No sé qué hubiese pensado él de toda esta humillante situación de exportar a los médicos, él fue, de otra manera, también una víctima del régimen y lo único que sacó fue que le sustituyeran el “cacharro” que manejaba por un Lada Samara; hoy nadie conoce quien fue ni de sus infructuosos intentos de mejorar la atención a la salud de los cubanos.


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