Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Economía, Cambios, Castro

Un presente sin futuro

Una población que lucha por sobrevivir, entre el clandestinaje de labores comunes en otra parte del mundo y la incertidumbre frente a los designios del Gobierno

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Alamar es una barriada popular en las afueras de la capital cubana. Construida en la década de los años 70 a base de promesas y trabajo voluntario, pretendía ser el inicio de la solución de la crisis habitacional del país.

Hoy, cuatro décadas después, sus edificios sobreviven con una arquitectura distorsionada donde la población se ha ido hacinando de la mejor forma posible en un país donde la permanencia de una ideología ha sido más apremiante que la comodidad de sus habitantes.

Pero Alamar es también un pulmón latente del sentir y la preocupación una sociedad en la que cada miembro, por sus características idiosincráticas, tiene una opinión sobre todo. Y el futuro es preocupante. Una mañana, hace un par de semanas, un grupo de personas se concentraba, hacía “cola” como dicen, frente a un pequeño mercado popular esperando la distribución de la magra porción del racionamiento, vulgo “la libreta”, que todavía intenta igualar las oportunidades alimenticias de todos pero apenas alcanza para sobrevivir.

Un lugar apropiado para que el visitante extranjero entable conversación con los vecinos, sobre el sentir popular de la realidad que se vive en la Isla. La Habana no representa al resto del país, pero es un buen “mercado” de opiniones.

“¿Nuestro futuro? Pues, será lo que el pueblo quiera, señor”, comentó una anciana, que apenas puede con su alma pero aguanta estoicamente una fila que puede durar, sencillamente, un par de horas. “El pueblo”, en este caso y en ese lenguaje “codificado” en que los cubanos se han habituado a hablar con los extranjeros en las últimas cinco décadas, significa que es lo que el Gobierno realmente desee.

En el primer intercambio, el presente surge como más apremiante que el futuro. “Los salarios son muy bajos. Apenas nos alcanza y muchas veces ni alcanzan. Hay que ir por la izquierda, hacer pequeños trabajos y sobrevivir”, explicó “Manuel”, un cubano de unos 30 años que pide no ser identificado por su nombre. Es arquitecto de profesión pero albañil para complementar su sueldo. Confiesa que dedica más de la mitad de su tiempo a reparar pequeños desastres en casas particulares que en el taller gubernamental diseñando o resolviendo necesidades estatales.

También está “Miguel”, un técnico de computadoras que trabaja en una empresa de telecomunicaciones pero que ha montado, con un amigo, un pequeño taller para reparar computadoras, tabletas y hasta teléfonos celulares a particulares. Es clandestino. Lo hace así por necesidad porque, se queja, “los impuestos nos ahogan” y “las licencias no son fáciles de conseguir”.

Como ambos, hay todo un mundo clandestino que intenta seguir vivo ante, lo que consideran, una incertidumbre de los designios del Gobierno. La mayoría de estos cubanos, con quienes se logra establecer conversación a través de una red de discretos contactos, no parece sentirse “orientado” por lineamientos de futuro. “Esta gente habla en un lenguaje que no parece ser el de la calle. ¿Qué voy hacer si la vida en la calle es tan capitalista, que cada uno tiene que sobrevivir por su cuenta?”, se desahogó “Miguel”.

El Gobierno, coinciden economistas y sociólogos afines, intenta orientar a la población pero el lenguaje parece ser el problema. “Mucha gente de la población no entiende todos esos discursos demasiados intricados, floridos y complicados. Difíciles de escrutar, ¿entiendes?”, preguntó un profesor universitario jubilado.

En Centro Habana, otro pulmón popular de la capital, la vida discurre como una ciudadela muy común en Centroamérica. De hecho la capital cubana resurge más como una ciudad centroamericana que caribeña. Algunas personas, mayormente mujeres, dueñas de casas y a cargo de sus familias, sienten que el futuro del país es su propio presente. Al contrario de muchos otros países, donde un plan de futuro es visto como una hoja de ruta, aquí no se sabe siquiera qué es una “hoja de ruta”, cuando el visitante introduce el concepto en la conversación.

“No sé qué es eso señor. ¿Futuro? Perdone pero desde que Fidel (Castro) se fue no escucho a nadie más. Él nos hablaba claro”, dijo Yodenis, una enfermera de un importante hospital, madre soltera de dos hijas, con ciertas preocupaciones sociales que, en este caso, se restringen a su familia.

En los “tiempos de Fidel Castro”, las explicaciones gubernamentales eran mucho más claras, coincidieron muchos de los consultados. Hoy día, los planes e ideas surgen más como conceptos separados del entendimiento popular y parecen estar dirigidos al exterior, forma de atraer una inversión monetaria foránea que parece ser la clave del desarrollo, la transición y el rediseño de la sociedad, pero que no parece accesible al entendimiento de la población.

“Un aspecto interesante de lo que has descubierto es que, de cierto modo, la gente se está labrando su futuro y, en cierta medida, el Gobierno se está quedando atrás. Hay una separación clara entre el discurso oficial y la percepción popular. Se ha perdido bastante esa red de protección que la revolución mantuvo por décadas. No, y repito, no y de ningún modo el Gobierno ha abandonado a la población, pero tampoco ha sabido explicar bien que esa no es su intención, que no la va abandonar”, señaló el profesor universitario Enrique López Oliva.

No parece serlo. Cuando se plantea la cuestión abiertamente nadie da el brazo a torcer. “Nuestra vida no sería posible sin nuestro Gobierno”, explicó Carlos Giménez, empleado de comercio pero a la vez un “cuadro político”, dirigente de los Comités de Defensa de la Revolución, cuya ascendencia sigue vigente en la población, en la cuadra donde vive en Centro Habana y el único que accedió a hablar abiertamente con el visitante.

“No veo que nuestro futuro sea negativo. Solo espero que sea explicado mejor. Incluso tengo dificultades en hacerlo a mis hijos. (Pero) soy optimista”, dijo.

Sin embargo, los medios de prensa gubernamentales no lo ayudan. Su lenguaje sigue siendo tan florido que hasta sus traductores a otros idiomas tienen dificultad en interpretarlo. “Hay palabras que no aparecen en ningún diccionario”, dijo uno de ellos. Parece que el futuro actual en la Isla es su propio presente. ¿Qué arrojará el próximo congreso del partido comunista en abril?


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