Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Urrutia, Presidente, Fidel Castro

Un presidente de derecha en plena revolución

Recordando al primer presidente de Cuba tras el 1ro de enero de 1959

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Meses antes del primero de enero, ya las fuerzas revolucionarias habían designado un gobierno provisional. Fidel Castro había expresado abiertamente su decisión de no aspirar a la primera magistratura de la república. Ocuparía ese cargo otro hombre de leyes.

El exmagistrado de la Audiencia de Oriente, Manuel Urrutia Lleó, se había encarado al machadato y al batistato. Nacido con la república, siempre simpatizó con las tendencias liberales, y ganó prestigio al emitir un voto particular por la absolución de varios revolucionarios presos por las acciones revolucionarias del 30 de noviembre.

En 1958 —tras un breve exilio en Estados Unidos—, Urrutia juramentó como presidente de la república al pie de la Sierra Maestra.

Casi medio siglo después de la entrada de Urrutia al Palacio Presidencial, Fidel Castro lo caracterizaría como un individuo que vivía en la Luna de Valencia, un hombre al que se le habían subido los humos para la cabeza, según consta en el libro 100 horas con Fidel, de Ignacio Ramonet, en el cual Castro sentencia “Lástima que [Urrutia] no hubiera tenido un poco más de modestia, sencillez y sentido común”,

En 1964, Urrutia daría a la imprenta el libro titulado Fidel Castro y compañía: la tiranía comunista en Cuba.

¡Llegó Lleó!

¿Quién fue este hombre casi olvidado por la historia nacional? ¿Qué lo llevó a convertirse en el primer presidente de la etapa revolucionaria?

Desde el archiconocido Diario de la Marina, Urrutia enfiló los cañones contra el machadato en la década de 1930. Recuerda el periodista y narrador Jaime Sarusky que la sección “Ideales de una raza”, que Urrutia dirigía, se convirtió en un repositorio para la oposición intelectual de la época. El propio Nicolás Guillén publicó en contra del “Asno con Garras” —como Martínez Villena bautizara a Gerardo Machado— desde la columna.

Si bien sus actitudes fueron valientes y honestas frente a otros gobiernos republicanos, Urrutia no tuvo participación directa en el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista. No obstante, el Movimiento 26 de Julio lo promueve al cargo porque quería poner en evidencia total que los jefes guerrilleros no estaban luchando por poderes públicos. De esta forma lo ha contado Fidel Castro. Sin embargo, la voz popular afirma que solo ocurría que la juventud del jefe revolucionario le invalidaba para ocupar la presidencia de la nación.

Según cuenta el dirigente antibatistiano Julio García Oliveras, las fuerzas del Directorio Revolucionario habían entrado en La Habana y tomado el Palacio Presidencial el tercer día de enero. Mas, por una petición del Movimiento 26 de Julio, los jóvenes armados desocuparon el edificio para que Urrutia entrara el 5 de enero como mandatario en funciones.

Oliveras afirma que la propuesta para que Urrutia Lleó encabezara el nuevo gabinete salió del Pacto de Miami, suscrito en los meses finales de la lucha con el objetivo de aunar más fuerzas aún al proceso de liberación.

La experiencia política de Urrutia constituyó también un punto a su favor. Durante casi una década ocupó el puesto de magistrado en la ciudad de Santiago de Cuba (aunque su provincia natal era Las Villas), desde donde se enfrentó al gobierno auténtico de Grau y al dictatorial de Batista.

Amén de que Urrutia fue el primer cabeza del gobierno revolucionario, su gestión es reconocida por muchos como la de un presidente de derecha. En abril de 1961, bajo el mandato de Osvaldo Dorticós, Fidel proclamaría el carácter socialista de la Revolución Cubana. Así Urrutia se convirtió en el último mandatario que gobernó en una Cuba “capitalista”.

La medida desmedida

En los primeros meses del triunfo revolucionario, Urrutia decretó el cierre de los casinos, el sector más lucrativo de la industria turística cubana. Los juegos, controlados en buena parte por nombres estrechamente vinculados al gangsterismo, daban empleo a miles de cubanos. La respuesta de los trabajadores no se hizo esperar.

Aunque fue Urrutia el primer funcionario del gobierno revolucionario que atacó los juegos de azar, fue la conocida revolucionaria Pastorita Núñez quien quedó en la historia como la verdadera decapitadora. Según el periodista Ciro Bianchi, les daría a los dueños de casinos un golpe maestro al imponerles, para seguir operando, una cuota que no estuvieron dispuestos a pagar. Igualmente, Pastorita, por orden de Castro, asumió la dirección de la Lotería Nacional, pasando a manos del Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas. Hasta 1968 se jugó la lotería en Cuba.

Continúa Ciro Bianchi: “Con la venta de los billetes se construirían apartamentos para ser adjudicados a los sectores menos favorecidos. Ocho mil 500 viviendas se edificaron y [se] entregaron llave en mano en el transcurso de dos años”. Uno de los barrios más extensos construidos con los fondos de la lotería es el que está situado en las inmediaciones del edificio Bohemia, frente a la Avenida de Rancho Boyeros.

A pesar de sus buenas intenciones, Urrutia no supo cómo hacer las cosas. Abiertamente anticomunista, el exmagistrado no congeniaba con el resto de los funcionarios del gobierno provisional. El gabinete ministerial mezclaba funcionarios honestos, antibatistianos, pero que diferían sobre el rumbo que debía tomar el país tras la nueva etapa iniciada, a pesar de que solo una minoría se declaraba socialista.

La insistencia de Urrutia por atacar el comunismo en sus presentaciones públicas le provee enemigos de causa. A mediados de febrero de 1959, Fidel Castro asume el cargo de primer ministro (a pesar de su prestigio, entonces solo fungía como Comandante en Jefe del Ejército Rebelde). Fortalece entonces el Instituto Nacional de Reforma Agraria —que presidía— con la intención de restarle poder al gobierno encabezado por Urrutia y lograr impulsar las leyes revolucionarias que darían cumplimiento al “Programa del Moncada”.

Una vez en Palacio

El exmagistrado no solo trató de entorpecer las propuestas más radicales del gabinete ministerial, sino que asignó a sus subalternos, en algunas ocasiones, las misiones más desfachatadas. El propio Fidel Castro ha recordado que a un doctor y guerrillero, designado ayudante personal de Urrutia, este lo trataba en calidad de mucamo. Alguna vez se vio al joven rebelde en las tiendas de lujo de La Habana, haciendo compañía a la primera dama durante sus compras. Aquel joven es hoy vicepresidente del Consejo de Estado y de Ministros y Segundo Secretario del Partido Comunista de Cuba: José Ramón Machado Ventura.

Cuenta Ciro Bianchi que mientras la ciudadanía clamaba por un gobierno honesto y austero, Urrutia mantuvo para sí el sueldo devengado por Batista: 12.500 pesos mensuales, y no alteró en un solo centavo el presupuesto que durante la tiranía cubría los gastos del Palacio Presidencial: más de dos millones de pesos al año.

De cualquier manera, ¿cuántos meses permaneció Urrutia en el poder, o sea, cuántos meses cobró? Creo, sinceramente, que no tuvo mucho tiempo para atender esas posibles modificaciones. Aunque quién sabe si tampoco lo deseaba.

En alguna ocasión escuché decir sobre Urrutia lo siguiente: “Fue un hombre que, tuviera las ideas que tuviera, era decente”. No obstante, las opiniones sobre él también adquieren otros matices. El inexperto e incapaz presidente, como lo ha llamado Fidel, disponía de una escolta personal de 23 hombres. La guardia presidencial, dividida en tres, rotaba los días de trabajo de la siguiente manera: un grupo descansaba, mientras otros dos quedaban en Palacio como guardia y retén. Cada uno de estos grupos contaba con su propio jefe.

Fidel Armando Ramírez Fonseca estuvo al frente del primer cuerpo de escoltas presidenciales tras el triunfo revolucionario. Su hoja de servicios al Movimiento 26 de Julio contra la dictadura era extensa. En los primeros días de enero del 59 envió un recado a su amigo y compañero de lucha, Pedro José. Mediante la madre de Pedro, le instaba a unirse a la escolta personal del presidente de la república.

“Manolo” de cerca

El seis de enero de 1959, Pedro José Fernández Coste entraba al Palacio Presidencial. Estaba deslumbrado ante la majestuosa edificación. Ni en su natal Pinar del Río, ni en Las Minas de Charco Redondo (donde trabajó como minero y se unió al clandestinaje y la lucha en la Sierra) había algo parecido.

El resto de la guardia presidencial, integrada por hombres probados contra la tiranía (entre ellos un joven participante en las acciones del 13 de marzo) experimentaba iguales sensaciones. La curiosidad y el desconocimiento los llevó, por ejemplo, a rasgar de punta a punta la manta de un portentoso tablero de pool con que se entretenía la soldadesca batistiana.

Uniformado de guerrera y corbata (confeccionadas en la sastrería El Zorro, cercana a Cuatro Caminos), Pedro manejaba una ametralladora Thompson sin culatín que, gracias a Dios, recuerda, nunca tuvo que emplear.

Conoció de siempre a “Manolo” [Manuel Urrutia Lleó] como un hombre afable, que trataba de cerca a la guardia y servicio de Palacio. Adoraba invertir tiempo en su familia. Pasaba días enteros en una casa cercana a las playas del este de La Habana. También eran frecuentes las visitas a Cayo la Rosa (Bauta), donde residía la familia de la primera dama.

Cuenta Pedro que el trato hacia los revolucionarios era hostil en aquella casa. Los inquilinos miraban de arriba abajo a los miembros de la escolta y no faltaban los gestos de desprecio. Solo Urrutia hacía la diferencia. “¿Dónde están mis muchachos?”, se le oía decir a menudo; y a la hora del almuerzo o la cena reclamaba que comieran cerca de él.

Otros recuerdos tiene Pedro de su estancia en el Palacio Presidencial. En no pocas ocasiones se produjo un revuelo tremendo en la habitación de la escolta, en la planta baja. Los hombres del Presidente se apresuraban a adoptar la posición de firme, mientras arreglaban su uniforme. Era ya común que entrara a la estancia una figura veloz, gigantesca y barbuda que ante el alboroto de los soldados extendía una mano en gesto tranquilizador.

“Era Fidel —me cuenta Pedro— y cuando entraba a la sala salía disparado hacia una escalera secreta al fondo”. Probablemente, dice Pedro, la escalera comunicaba con el tercer tercer piso, donde el consejo de ministros efectuaba sus constantes reuniones.

“Luego veremos eso”

El 16 de febrero de 1959, Fidel Castro había asumido el premierato, y a partir de ese momento las contradicciones entre Urrutia y el treintañero de Birán polarizan en dos mitades las opiniones del gobierno revolucionario.

El luchador antibatistiano Luis M. Buch ha contado que el 12 de julio de 1959, mientras Fidel clausuraba en el Capitolio el Primer Fórum sobre la Reforma Agraria, en el Palacio Presidencial ocurrían movimientos extraños.

Según Carlos Olivares, quien era director jurídico de la institución política, en al tercer piso observó “que se estaban preparando maletas y paquetes. Cuando conversaban, la esposa de Urrutia interrumpió para preguntarle si dejaba el título de abogado en el cuadro o lo enrollaba. El presidente contestó con disgusto: ‘Luego veremos eso’”.

Olivares le contó a Buch que, al quedar solos, Urrutia le comentaba: “Fíjese, tenemos que estar preparados. Esta gente es capaz de cualquier cosa. Una destitución del presidente, un golpe militar, nada de esto me puede coger desprevenido”.

Al día siguiente de los sucesos, Fidel Castro ya estaba enterado de lo ocurrido por funcionarios del propio gabinete. Hacía poco tiempo, Urrutia había solicitado una licencia cuando no existía quien lo sucediera como vicepresidente. “No podíamos defenderla al promover un derrocamiento o acudir a un acto de fuerza contra la ley, que provocara el desasosiego en el pueblo”, relata Buch.

“Entre el 12 y el 16 de julio, Fidel meditó en cuanto a la mejor manera de actuar. Curiosamente, el día 16 de julio fue investido por un jefe de la tribu de los indios Creeks, norteamericanos, como Spiheechie Meeke, o lo que es lo mismo, Gran Jefe Guerrero, y recibió la pipa de la paz; era la primera ocasión en que los indios norteamericanos la entregaban a un estadista extranjero. Fidel nos sorprendió al amanecer del viernes 17 de julio de 1959 —continúa Buch—: en la madrugada se entrevistó con Carlos Franqui, director de Revolución, periódico oficial del Movimiento 26 de Julio, y le dio instrucciones de anunciar su dimisión al cargo de primer ministro, fijando para horas de la noche una comparecencia televisiva para explicar las causas. Fidel impartió órdenes bien estrictas para que los teléfonos quedaran interrumpidos y nadie pudiera entrar o salir del edificio del periódico hasta tanto no estuviera en circulación esa edición”.

Ni una cáscara de huevo

Llega el 17 de Julio. Y a primera hora los ministros recién enterados y los antes advertidos se reúnen en Palacio. Armando Hart (de Educación), y Augusto Martínez (de Defensa Nacional) son los primeros en llegar. Ya enterados todos, en nombre del Consejo de Ministros, unos pocos funcionarios preparan una nota de prensa dirigida al pueblo. Exhortan a la unidad, la calma y la confianza en Fidel.

Sobre las 10 de la mañana, Fidel llamó a los ministros Faustino Pérez y Hart. Antes del mediodía ya retornaban a Palacio. “Los acompañé al baño contiguo al salón del consejo de ministros —dice Buch—. Me comunicaron de que en caso que se produjera la renuncia de Urrutia, propondrían al doctor Osvaldo Dorticós Torrado como nuevo presidente provisional de la República”.

Mientras, en Palacio, Urrutia sigue atento las declaraciones del primer ministro renunciante. Inmediatamente hace un llamado a la prensa para dar su versión sobre el asunto. Fidel es informado del movimiento mientras comparece ante las cámaras. El joven rebelde propone una discusión televisiva. Algunas Fuentes señalan que “Manolo” se niega; otras dicen que antes del reto, Urrutia había pedido al jefe de la casa militar, Gilberto Cervantes, que la televisión instalara en Palacio sus equipos a fin de ripostar a Fidel. Finalmente, Urrutia dispuso de un control remoto de la radio cubana.

Ciro Bianchi relata la situación reinante en la capital: “(...), un nutrido grupo de ciudadanos rodeaba el Palacio presidencial y dejaba escuchar un grito unánime: ʻ¡Qué se vaya Urrutia!’. El presidente quedó sin alternativa. Esa misma noche presentó su dimisión ante el consejo de ministros, que designó en la presidencia al doctor Osvaldo Dorticós Torrado, un abogado cienfueguero que se había desempeñado hasta el momento como ministro de Leyes Revolucionarias”.

En cuanto Urrutia dimite, la caravana formada por su escolta salió de Palacio como de costumbre. Previamente las órdenes habían sido precisas. De las más altas instancias revolucionarias había llegado una advertencia para los guardaespaldas: ni una cáscara de huevo podía caerle a “Manolo”.

Al frente, un grupo de la policía motorizada; dos autos con la guardia personal y al centro uno donde viaja el Presidente. La gente concentrada en los alrededores se abalanza sobre los carros. “¡¿Dónde está el esbirro?!”, grita la multitud. Pero Urrutia no se encuentra allí. Viaja en un auto aparte que ha salido por el frente de Palacio y que minutos después se uniría al resto del convoy en la Avenida Malecón.

Rumores

Allí comienza un largo viaje hacia el oeste de la capital, que terminará en Cayo la Rosa. Un pelotón de militares aguarda la llegada del expresidente. “A partir de ahora nos hacemos cargo nosotros”. Sería la última ocasión en que Pedro José vería personalmente a “Manolo”.

Casi al mismo tiempo en que se rompió el habitual tráfico entre Cuba y Estados Unidos, tuvo su inicio un fenómeno inédito. Quien abandonaba el país se convertía en una especie de mito, cuya imagen se iba conformando a través de los rumores y la imaginación popular. Urrutia no fue la excepción. De él llegaron noticias disímiles desde que abandonó la primera magistratura hasta que tocó suelo estadounidense.

Tenía tres hijos. Recuerda Pedro José que Jorge, el del medio, era un muchacho amable con la servidumbre de Palacio. A Alejandro, el primogénito se le veía poco. Cuentan por ahí que la menor, nacida en los albores de la Revolución, tenía como padrinos a Celia Sánchez Manduley y a Fidel Castro, aunque quizá nunca fue bautizada por estos.

Aun cuando el rumor sea real, es harto conocido que “Manolo” no congeniaba con las ideas de izquierda de los líderes rebeldes. Su desacuerdo con el radicalismo que prometía cumplir el gabinete revolucionario lo llevó a asilarse en la embajada de Venezuela. Poco después se exilió en Estados Unidos hasta su muerte, en 1981, en la ciudad de Nueva York.

Dicen que en el barrio de Queen trabajó como profesor de español durante años. Falleció el 15 de julio; dos días antes de que se cumplieran los 22 años de su dimisión.

Bibliografía:
Angulo, W. (2008) Solo soy un sobreviviente. Revista Temas. Octubre-diciembre, p. 4-15.
Báez, L. (2009) Así es Fidel. La Habana. Editorial Abril.
Betto, F. (1985) Fidel y la religión. La Habana. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado.
Ramonet, I. (2006) Cien horas con Fidel. La Habana. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado.
Bianchi, C. (2009) Uno, caballo; dos, mariposa… Diario Juventud Rebelde. Noviembre, p. 12.
Bianchi, C. (2011) Contar a Cuba, una historia diferente. La Habana. Editorial Capitán San Luis.
Sarusky, J. (2010) Conversaciones, confidencias. La Habana. Editorial Letras Cubanas.


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