Actualizado: 26/01/2021 0:24
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Un pueblo muerto

A pesar de cobijar el santuario más importante de la Isla, El Cobre es hoy sólo un socavón abandonado.

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Muerto. Es éste un pueblo muerto. A sólo 21 kilómetros de la ciudad de Santiago de Cuba, El Cobre asemeja a un burro panza al sol, con gallinazos picoteándole las entrañas. Así se aprecian entre los riscos las casuchas del enclave más venerado en la Isla, si no el que más fieles recibe, al que todos van o sueñan ir cada 8 de septiembre.

 

No hay aquí hoteles, ni un hostal maluco, menos un restaurante. Parece como si alguien se hubiera empeñado en hacerle la guerra al pueblo; una guerra silenciosa, como el que puñal en mano ataca por la espalda.

 

"¡Empezarán esta gente a joder otra vez!", dice receloso un negro en la penumbra de su portal. A él y a otros la Iglesia les ha facilitado lo necesario para construir sus casas, pero la Dirección Municipal de Vivienda no las legaliza. El apagón en vísperas del Día de la Caridad tiene textura sospechosa en las lámparas apagadas, el sabor amargo de la frustración de los papeles que no llegan y el olor de los aguafiestas.

 

"¡Cualquier iglesia consigue lo que se propone. Ah… que no sea la Católica!", dice una mujer desde el portal contiguo. Aunque el gobierno anunció a bombo y platillo la instalación de grupos electrógenos por toda Cuba, a El Cobre no han llegado: el Santuario posee sólo una pequeña planta eléctrica.

 

Durante la reciente celebración del Día de la Caridad, el apagón se extendió desde el día 6 a la madrugada del 7 de septiembre. Algo parecido ocurrió esa medianoche, cuando más de 2.000 personas aguardaban la misa que oficiaría monseñor Dionisio García Ibáñez. El Cobre parecía un cementerio. Según los lugareños, algo así no ocurría desde hacía mucho tiempo, quizás desde la época de los "alumbrones".

 

"Gracias a Dios", me dijo el padre Palma cuando se encendieron las luces. Poco antes, alguien llegado de Pinar del Río comentó en el parqueo: "Lo que en el país recaudan por combustible cada 8 de septiembre, deberían dedicarlo al Santuario y a este pueblo. Los dos lo merecen".

 

No estaba desencaminado el viandante anónimo, pues habían allí aparcados decenas de ómnibus, automóviles y camiones con matrículas de toda la Isla: desde Pinar del Río hasta Guantánamo. ¿Qué mueve a los cubanos a recorrer en las más difíciles circunstancias cientos de kilómetros para ir a ver la Virgen de la Caridad del Cobre?

 

Quizás sea una conjunción de cosas. Son dispares las ofrendas a la Caridad. Una incongruencia que refleja lo variopinto de la viña del Señor y que el respeto ajeno es la paz propia. Un cartel que pide la libertad para los presos políticos comparte espacio con galones militares —desde cabo hasta coronel—, y en el otro extremo, están las insignias de los sargentos transformados en coroneles que propiciaron los comandantes devenidos presidentes vitalicios. Es tal la amalgama, que uno se resiste a creer que haya amor donde hubo impiedad.

 

De cualquier forma, fuentes fiables confirmaron a CUBAENCUENTRO.com que monseñor Pérez Serante daba por segura la presencia del joven Fidel Castro cuando escuchaba patadas en su puerta.

 

Cierto, Cristo es amor, por esa razón temieron y deben temer su liderazgo, y han convertido este pueblo en un sitio desapacible. Tal vez los celos, que son otra forma de temor, se han interpuesto para que la Iglesia no comparta lo poco que posee con los desposeídos de El Cobre, donde hubo una mina y ahora sólo hay un socavón abandonado. La gente de este pueblo espera por un trabajo digno y la Iglesia no sólo ha tenido que esperar 48 años para sacar a la Virgen María a las calles de Santiago.

 

Juan Carlos, uno de los vitraleros a cargo de la restauración, explica la odisea de adquirir materiales y herramientas para acometer la delicadísima obra de restauración que se lleva a cabo en la iglesia.

 

"La iglesia no puede adquirir los cristales que llevan los vitrales, que se venden sólo a los artesanos. Tenemos que comprarlos y traerlos desde La Habana. Afortunadamente, ni un cristal se ha rajado", afirma el joven, quien agrega que la falta de materiales les obliga muchas veces a parar una obra en la que ya se "han invertido más de 1.000 pesos convertibles".

 

"Trabajamos en los vitrales de 8 a 12 de la mañana y después de almuerzo, a la una, retomamos la tarea hasta las 5 de la tarde", comentan Juan Carlos y Alex, que llevan vida de monjes en el Santuario. Concluida su faena, echan una mano en el comedor o en la cocina.

 

Cualquiera que haya reparado en los vitrales del Santuario del Cobre, puede percatarse de la ardua tarea de estos dos habaneros que dejaron casa y familia para venir a trabajar aquí. Su quehacer simboliza las palabras de monseñor Dionisio a los fieles el pasado 8 de septiembre: "Con la misma devoción que los cubanos dieron cuanto podían para construir esta hermosa iglesia a nuestra Virgen María, ahora daremos lo que esté a nuestro alcance para restaurarla".

 

Quiera Dios que con el mismo desprendimiento de quienes han donado desde algunas monedas hasta sumas considerables de dinero para la restauración, los que rigen los destinos de Cuba se empleen para que nuestros hijos tengan un futuro mejor.


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