Actualizado: 11/11/2019 11:18
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Universidad, Política, Ideología

¿Universidad o Uniformidad?

No se puede tener una academia progresista, creativa de riqueza intelectual y material y al mismo tiempo mantenerla bajo estricto control burocrático y vigilancia policíaca

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Los grandes conocimientos
engendran las grandes dudas.
Aristóteles

La universidad siempre ha sido una plaza conflictiva para el poder. Y si se trata del poder absoluto, el nivel de inconvenientes es todavía mayor. Al menos tres son las razones por las cuales es en el Alma Mater, históricamente, donde habita la oposición eterna. La primera son los estudiantes, por lo general en sus veintes, una edad en la cual las ideas y las hormonas no responden a los límites impuestos por la sociedad. La segunda razón son los profesores, casi siempre librepensadores por naturaleza; vienen de regreso, y reviven frente a cada auditorio el goce de ser padres-hermanos mayores putativos. La tercera es el conocimiento, que no sabiduría —significa saber alegre, inseparable de la experiencia y de los errores. La universidad es el espacio de la creatividad, de la investigación y, sobre todo, de las primeras decepciones amorosas de todo tipo.

El temor lo que pueda suceder detrás de sus columnas universitarias está plenamente justificado. La universidad es un laboratorio de ideas, y en estos tiempos difíciles para el Castrismo, lo que menos se desea, paradójicamente, son ideas. En los predios universitarios ha surgido el pensamiento independentista, librepensador, revolucionario de la Isla. Comenzando con el Seminario de San Carlos y San Ambrosio en cuya catedra el padre Félix Varela enseñó a pensar a toda una generación de padres fundadores de la cubanidad, hasta la Universidad de la Habana, la de Julio Antonio Mella, José Antonio y el exlíder, en sus aulas no solo se produce conocimiento sino también, y lo más peligroso, acción. Debido a eso, la llamada autonomía universitaria, una ley republicana por la cual la administración y el control del recinto estaban en manos de los estudiantes, fue abolida tras el triunfo rebelde en 1959.

La intervención del Estado en la universidad es algo común en cualquier régimen que se precie de controlar la sociedad toda. La expulsión de alumnos conflictivos y la depuración de profesores sin convicciones políticas fueron usuales durante el franquismo, nazi-fascismo, estalinismo y las dictaduras militares latinoamericanas. En España el proceso contra quienes defendían la Republica se saldó con presos, muertos y exiliados a través de un Decreto-Ley en noviembre de 1936; de modo que una de las primeras medidas en la democracia fue devolver la autonomía y la universalidad de pensamiento a las cátedras españolas. Quizás la mayoría de nuestros estudiantes en La Colina desconocen el affaire Pedro Luis Boitel-Rolando Cubela en los primeros años de la Revolución. Para muchos, ese momento marca la ruptura de la universidad democrática con la dictatorial.

Nadie debe dudar ni un segundo de que los universitarios cubanos y los profesores son personas talentosas, capaces de colocar sus recintos de estudio en primerísimos lugares en el Continente. Se ha dicho que el primer tercio del siglo XIX produjo más pensamiento en sus universidades coloniales que en la propia metrópoli. Incluso hoy, a pesar de una enseñanza altamente politizada, cada carrera tiene un currículo bien organizado, bastante actual. Nuestra tradición académica viene de siglos; en tiempos republicanos iban a dictar cátedra a Cuba intelectuales del primer nivel y de todo el espectro político; los profesores cubanos —los había comunistas, liberales, conservadores, ateos, católicos y masones— viajaban al exterior con frecuencia; en áreas como la medicina, la economía, las letras, la arquitectura y la ingeniería no éramos segundos de nadie en las Américas.

El presidente designado, que como ingeniero sabe bien el poder y el alcance de una buena universidad, está apelando a vincular esos centros con la producción. La idea no es original. Todos los países desarrollados y algunos en vías de serlo mantienen una estrecha relación entre la producción y el conocimiento generado en las aulas y los laboratorios universitarios. De hecho, crean fuerzas de tarea que exploran los proyectos originales. La creatividad y el progreso humano emergen, precisamente, de la contradicción, de retar lo establecido, del nivel de obsolescencia de las verdades científicas. Y el lugar idóneo para eso es la universidad.

No se puede tener una academia progresista, creativa de riqueza intelectual y material y al mismo tiempo mantenerla bajo estricto control burocrático y vigilancia policíaca. Y lo que pudiera ser aún más castrante, el envidioso y el mediocre con poder, quien corta las alas a cualquier posible contendor cuyas ideas lo coloquen en desventaja política. Ese individuo puede verse en MIT y en Oxford. Pero crece como la verdolaga en La Habana y ahora en Caracas. Al reducir el alumno aventajado y el profesor creativo a activista de la política revolucionaria de nuestro Partido, lo más importante deja de ser su función social, estudiar, prepararse, aportar ideas nuevas. Pero si además no cotiza la FEU (Federación Estudiantil Universitaria), no hace trabajo voluntario y no asiste a las actividades convocadas por la Juventud Comunista —el poder real—, no será un estudiante integral; aunque sea una lumbrera, jamás tendrá derecho a una buena plaza laboral para desarrollar su ingenio.

Por eso no es de extrañar que actualmente el régimen retome su política de hacer de la universidad cubana un sitio de exclusividad ideológica. No hay margen para la confusión. Así lo ha declarado la viceministra de Educación Superior de la Isla: “El que no se sienta activista de la política revolucionaria de nuestro Partido, un defensor de nuestra ideología, de nuestra moral, de nuestras convicciones políticas, debe renunciar a ser profesor universitario”. Una vez más se repite el mantra totalitario, el apartheid político entre lo supuestamente mejor ilustrado de la sociedad: La universidad es para los revolucionarios. Si, la universidad debería ser revolucionaria —rebelde, provocadora, desprendida—, justamente lo que ha dejado de ser la cubana hace ya muchos años.

Todo esto nos lleva a pensar que mientras haya en la isla un sistema uniformador de las ideas, de las emociones y las conductas humanas, sus universidades serán muy revolucionarias, políticamente hablando, pero poco productivas en pensamiento y bienes materiales. En la medida que la economía apriete, todo sector díscolo, foco insurreccional —y la universidad lo es por naturaleza— deberá ser reprimido sin vacilaciones.

Las palabras facistoides de la viceministra citadas anteriormente fueron apoyadas por la ministra de Educación Superior de Cuba, Ana Elsa Velázquez Cobiela, con una declaración aún más desafortunada tras denuncias dentro y fuera de la Isla: “Los que no viven en Cuba no tienen derecho a criticarnos”, dijo. “Aceptamos las críticas de los que están junto a nosotros y están dispuestos a compartir nuestras carencias y buscar soluciones”.

Para tranquilidad de ambas, muchos de los que no vivimos en Cuba, además de pagarles lo que visten y lo que comen a diario, hemos comprendido al fin nuestras carencias existenciales. Todo no ha sido más que un chantaje emocional: les dimos gratis esto, nos deben esto otro. En verdad, compañeras, nadie debe nada a nadie. Una vez fuera del contexto tramposo, decadente, el individuo toma conciencia de su responsabilidad, de quien es por sí mismo, de sus oportunidades, de hacia dónde quiere ir. Las soluciones… bueno, no hay que ir a la universidad para conocerlas. Ellas, mejor que cualquiera, deben saberlas por oficio.


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