Actualizado: 27/05/2022 14:24
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Economía

Visión estrecha y feudal

Un nuevo enroque monetario, sin abrir espacios a la iniciativa privada, traerá graves consecuencias para la sociedad.

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En estos momentos de reacomodos, incertidumbres y expectativas que vive la nación, cunde la inquietud y las especulaciones sobre supuestas medidas con las que el gobierno pretende eliminar la sui géneris dualidad monetaria de los últimos años. Sin dudas, esta medida podría causar un impacto nada despreciable en las relaciones económicas y las condiciones de vida de los ciudadanos.

Con asombrosa nitidez, se reproducen en la Isla muchos de los patrones sociopolíticos que caracterizaron la etapa colonial. Por ejemplo, el extremismo represivo y excluyente, sustentado en sólidos intereses de sectores clientelares conectados al poder; las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida, que con falso ropaje de pueblo espontáneamente indignado, acosan a quien se atreve a disentir abiertamente, no pueden menos que recordar al odiado Cuerpo de Voluntarios, que llegó hasta el crimen más horrendo para defender a sangre y fuego el inmovilismo colonial.

La persistencia de las autoridades en erigirse como exclusivos proveedores y promotores de todo bienestar material y cultural, siempre en detrimento del libre desenvolvimiento de los ciudadanos e, incluso, las instancias intermedias e inferiores del poder, constituyen una especie de moderno, conservador y paralizante "despotismo ilustrado".

Este último fortalece la imagen de benefactor paternalista, pero debilita y anula las potencialidades creativas de la sociedad, que paga un altísimo precio por los mecanismos de monopolio y control, que se convierten en interés primordial y supremo del "Estado-Padre".

La circulación monetaria

Otra proyección que remeda la visión estrecha y feudal de los amantes del poder absoluto es aquella que pretende resolver todos los problemas económicos en la esfera de la circulación monetaria.

Como sus antecesores históricos, que dilapidaron el metal precioso sustraído de sus posiciones americanas, sin preocuparse por crear sólidos fundamentos productivos, en un camino seguro hacia el abismo de su un día encumbrado imperio, el alto liderazgo de la Isla ha asumido la ventilación de sus derroteros económicos en la esfera de la circulación, agotando hasta la saciedad las potencialidades productivas y de desarrollo de la nación.

Después de despilfarrar con experimentos fallidos, voluntarismos incontestables y una ineficacia económica explicable, pero sin precedentes, los cuantiosos subsidios entregados por la ex Unión Soviética a cuenta de esa fidelidad cantada en el preámbulo de la Constitución de 1976 y concretada, sin ambages, en cuanta guerra de posiciones o escaramuza guerrillera fue pertinente, los líderes históricos se han dedicado a sofocar nuestro maltrecho cuerpo económico con toda suerte de improvisaciones, gravámenes y subterfugios feudalizantes, siempre en la esfera de la circulación.

El inventario es largo y las consecuencias agobiantes: penalización de la tenencia de divisas, con el consiguiente costo humano y social; y despenalización de la tenencia de divisas, con el consiguiente costo humano y social de la lógica dolarización de la economía y de la sociedad, que ha acrecentado traumas, desigualdades y subversión de valores y referentes éticos.

A esto se agrega el aumento de precios, los impuestos confiscatorios y leoninos, los incrementos salariales —por cierto, tardíos e insuficientes—, la distribución caprichosa y paternalista de bienes domésticos lógicamente deficitarios, lo cual caotiza aún más el poder adquisitivo de los ciudadanos, que quedan endeudados con el Estado.

Por otra parte, el increíble gravamen impuesto a las divisas —el 20% y no es un error de imprenta—, que ha golpeado duramente la entrada de turismo y remesas, tan importantes en los últimos lustros para la economía nacional; o la erogación de cientos de millones de dólares para comprar al país enemigo los alimentos que podrían producirse en los campos de la Isla.

Hay que mencionar el cobro en divisas de los trámites de entrada y salida del país, lo cual convierte un derecho ciudadano en un lucrativo negocio del poder y en una preocupante fuente de corrupción de los funcionarios encargados. A ello se agrega el escamoteo del 75% de los ingresos devengados por los miles de ciudadanos contratados para trabajar en el exterior a través del gobierno.

Depredadores

La gran solución para enfrentar la carestía y los precios altísimos de los productos agrícolas fue el establecimiento de una red de mercados estatales de precios "topados", establecimientos que fijan, por ucase, el techo de los precios al detalle. La medida ha provocado la proliferación de toda suerte de quioscos, tarimas, carretillas y "timbiriches" —que no son legales, pero sí públicos—, los cuales ofertan los productos agrícolas rigiéndose por la ley infalible de la oferta y la demanda, mientras los pretendidos paraísos de los precios inmóviles se convierten en santuarios del desabastecimiento y la desolación.

La última ocurrencia de estos impenitentes depredadores del peculio ajeno —y celosos defensores del suyo propio— es la increíble determinación de gravar con un impuesto las gratificaciones monetarias que reciben las personas que laboran como empleados o funcionarios de entidades o empresas extranjeras asentadas en el país.

Tratemos de explicar breve y claro algo que es difícil de entender, aun para los que aquí vivimos, pero que retrata nítidamente y de cuerpo entero la verdadera naturaleza de los que han controlado los destinos del país por medio siglo.

Las entidades extranjeras establecidas o representadas en la Isla deben contratar su personal nativo a través del Estado, quien, de paso, se apropia de la mayor parte del monto salarial abonado en divisas y paga a los empleados en pesos cubanos cifras ridículas, en comparación con el aporte que realizan los trabajadores, especialistas y funcionarios y con el salario original.

Hace unos cuantos años, el gobierno prohibió el pago en divisas a esos trabajadores, lo que convirtió en ilegales las gratificaciones que reciben. Resulta difícil decir que esas gratificaciones son clandestinas, puesto que se verifican en espacios bien controlados y vigilados por el poder.

Una nueva maniobra

Está claro que la dualidad monetaria vigente, consistente en esos pesos cubanos devaluados y sin acceso a los más encumbrados espacios comerciales y de servicios, y el llamado peso convertible, una caricatura de divisa que está muy lejos de ser convertible, es totalmente indeseable y contraproducente, en tanto profundiza las desigualdades y debilita el valor del trabajo, por sólo citar dos elementos de sensible impacto social.

En caso de que el actual gobierno decida hacer un nuevo enroque monetario sin antes abrir espacios al desenvolvimiento económico independiente de los ciudadanos, único camino para estimular el crecimiento de la producción y la productividad ante la debilidad extrema de la economía, la sociedad enfrentará graves consecuencias, ya conmovida por muchas carencias y fenómenos negativos, sobre todo para la vida cotidiana de los menos favorecidos.

Nadie duda que la economía y el peso cubano deben fortalecerse, pero después del fracaso innegable de los diseños y patrones económicos sufridos por varias décadas, queda claro que sólo devolviendo a los ciudadanos los derechos económicos por tantos años escamoteados, la economía podrá recuperar su dinámica y capacidad de expansión y dejar de depender de coyunturales vínculos externos. El trabajo recobrará su valor, el poder adquisitivo y el costo de la vida alcanzarán la correspondencia y equilibrio necesarios, la moneda nacional ocupará su merecido lugar, y las desigualdades socioeconómicas dejarán de ser el amargo pan nuestro de cada día.

Una nueva maniobra sólo con el dinero enrarecerá más las maltrechas relaciones económicas, complicándolas con nuevas ilegalidades, fenómenos de corrupción e indeseadas desigualdades. El actual gobierno debe escoger entre el control absoluto sobre una sociedad maniatada, con el consiguiente deterioro material, social y espiritual que ya es evidente, o demostrar la valentía y responsabilidad de abrir el camino al renacimiento económico y cívico de la nación.


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