Actualizado: 16/09/2019 12:05
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Wilman Villar, Derechos Humanos

Wilman: el hombre según su significado

Para un régimen frente al cual solo somos una cifra médica, todo gesto de decencia humana se convierte en susto político

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Ernst Jünger (1895-1998), el escritor y ensayista alemán, dejó para la posteridad un enunciado que he grabado para siempre. Escribió: “Hay ciertos rasgos que aparecen más visiblemente frente a la destrucción. El hombre no actúa entonces según lo exige su conservación, sino según lo exige su significado.”

Wilman Villar Mendoza hoy y Orlando Zapata Tamayo ayer, fueron eso: hombres espoleados por su significado, que es una manera de entender la dignidad. Una dignidad ejercida desde los márgenes para dejar al rey una vez más desnudo.

Si antropológicamente pueden rastrearse los orígenes del castrismo, nunca se sabrá de qué pozo medieval proviene, en términos morales, este rey desierto. La miseria de la rica hacienda colonial parece ser una de las fuentes históricas de ese desprecio al otro, que es visto como el esclavo en la antigüedad: un bien contable, en nuestro caso, para la lírica revolucionaria.

Y a aquel no le importa sacrificar otra vida en el altar de la soberbia: un crimen, un horror y un error que nos coloca frente a otro aprieto de supervivencia como nación. Porque si la política no recupera los límites morales como marco para sus prácticas, sus nociones y peripecias nunca remontaremos el hueco en el que nos ha colocado una revolución sin carácter. Por eso los mejores politólogos de nuestros días denuncian el hiperrealismo político —que se practica ejemplarmente con el Gobierno cubano― como el abandono de las mismas bases morales que justifican la política. Y la hacen posible. Así se entiende cabalmente hoy lo que viene denunciando la ética desde Aristóteles: que el castrismo, alejado de la mínima comprensión del hombre moral, reduce su existencia a su instrumentalidad política para luego arrojarlo cuando deja de servir a sus intereses.

Por eso este nuevo pulso entre un proceso que se vive como religión y un cuerpo humano desesperado; poniendo de relieve la crueldad de esa fe presumida y, de paso, el vacío de su poesía de antaño. En efecto. Frente a Wilman Mendoza la poesía se ha vuelto a retirar como ya lo había hecho con Zapata Tamayo. Por el mismo motivo: ella no está en condiciones de poner en marcha la misión de toda lírica al servicio del poder: justificar y enmascarar la violencia, cantando la hazaña de sus héroes. Razón por la que la poesía prestada al régimen, como un tropo forzoso, se cae por enésima vez de un cuerpo al que, no obstante, algunos poetas le siguen vendiendo puntualmente su mercancía.

Ese vacío poético me recuerda una de las mejores enseñanzas que recibí: existen humanismos sin humanistas. Para un régimen frente al cual solo somos una cifra médica, todo gesto de decencia humana se convierte en susto político. Con él no existe diferencia entre disparar a una vaca y dejar morir al otro en su diferencia y propia humanidad. Como observa impotentemente su incapacidad para seguir controlando el espíritu insumiso de cierto tipo de hombres y mujeres, entonces deja de interesarse por la suerte de sus cuerpos. Lo que nos permite entender la ruptura con lo mejor de la tradición de caballerosidad cubana, esa que respeta a la mujer sobre todo por su condición de madre. Ruptura envilecida en tanto ha logrado lo inimaginable en la cultura occidental: mujeres golpeando a mujeres, como servicio revolucionario al poder de los hombres.

Entonces Wilman muere a causa de un régimen que ya no respeta a la mujer, para morir acusado, por ese mismo régimen, de violencia contra la mujer.

El cinismo ―ese reconocimiento de la realidad que no acepta sus consecuencias― es un señor de rostro feo con una marcada tendencia a mezclar la soberbia, el desprecio y la subestimación de los demás. Un señor que gasea nuestro rostro para que no veamos ni indaguemos sobre el necesario vínculo ético entre el Estado y los ciudadanos, sobre las justificaciones últimas en el ejercicio del poder y sobre su visión del hombre genérico. Lo que es fundamental en términos civilizatorios. Y el propósito de este cinismo de Estado es suspender lo más que pueda esta pregunta moral: ¿consultas con tus propios valores antes de actuar, o no actuar? Pregunta suspendida a un altísimo costo si tomamos en cuenta que, contando con los dispositivos de sensibilidad en estado normal, es psicológicamente inadmisible que se deje morir a alguien por razones de Estado, tal y como se ha demostrado en todos los países de América Latina donde los ciudadanos han hecho uso de este recurso extremo. De Venezuela a Chile.

Los Estados modernos, sin estar de acuerdo con ella, entienden que entre los valores de los dominados está la huelga de hambre: un arma política en la que se utiliza el propio cuerpo como instrumento contra el Estado, para lograr de éste la satisfacción de una demanda acumulada. Recurso tan viejo como la más vieja de las luchas políticas, sustanciado como método propio de los revolucionarios, y que solo la hipocresía puede considerar peor que las muertes voluntarias provocadas por las guerras.

El ritual de muerte protagonizado por Wilman Mendoza alumbra, de este modo, los abismos abiertos en la cultura y moral cubanas. Esa tensión entre dominación y autonomía que, una vez más, fue resuelta a favor de esta última al precio de la propia vida, como reapropiación de la identidad moral. Y lo curioso es que esta identidad de las dignidades humanas esté asociada en Cuba a supuestos delincuentes.

Por aquí, el conflicto que supone la muerte de Mendoza, con evidentes consecuencias políticas, muestra una densidad moral inaceptable para las autoridades cubanas. Por lo que hacen uso del expediente criminológico. Para peor. Con ello se pone en juego entonces el otro recurso del cinismo: la criminalización de la dignidad. Porque aunque duerme bien, el poder no logra convivir cómodamente con la dignidad de los de abajo.

Y así regresa la ideología conservadora. Para ella la dignidad es el atributo ceñero de las clases altas —el proletariado es nominal y solo nominalmente la clase alta del conservadurismo revolucionario—, negada de plano a los marginales reales o supuestos.

Como resulta lógico, la criminalización de Wilman, que estaba cantada, es directamente proporcional a la incapacidad del régimen para aceptar que existan hombres en Cuba capaces de morir sin matar; que es un asunto cualitativamente distinto y superior al hecho de morir matando.

Imagino que sea difícil de asimilar por las autoridades un dato sutil pero importante: el paso de la violencia pública a la violencia simbólica contra el poder, a través del propio cuerpo, requiere cualidades que un delincuente común no posee: concentración, coraje, sentido de propósito, violencia acumulada, controlada y dirigida desde la mente contra un objetivo poderoso, y un triste sentido del humor para asimilar la banalidad festiva de hombres y mujeres que están ahí afuera ignorando el sacrificio. En fin, esa cierta capacidad para considerar abstracta y serenamente que hay algo que vale más que la propia vida.

Ahora bien. Vamos a partir de un supuesto, la marginalidad de Wilman, para preguntarnos si ella es ajena a la historia total de Cuba. E independientemente de que entendamos por qué, es anti y contra histórico sugerir como respuesta que esa historia fue hecha exclusivamente por gentes bien, miembros de la aristocracia progresista y visionaria cubana.

La participación del bandido en nuestra historia política es un hecho. Dos razones están detrás de esto. La primera es que las luchas por las independencias son indisociables en Cuba de las luchas de expectativa social. Ello siempre significó incorporar al esclavizado, al explotado, al marginado, al hombre que se conoce los intersticios de la sociedad, que se arriesga al peligro y conoce los mecanismos de penetración en lo oscuro de esa sociedad, y en las zonas inhóspitas de la geografía.

Significó también apropiarse de todo aquello que ayudara a fortalecer la simbología nacional contra el extranjero y a reafirmar lo que se cree como auténticamente cubano. Es por eso que Alberto “Yarini” Ponce de León, un auténtico proxeneta, mujeriego y delincuente, que hoy podría estar penando una condena de más o menos 30 años, fue y es un auténtico icono de la cultura cubana y de nuestra reafirmación frente a lo foráneo. En su caso, por haber logrado incursionar con éxito, astucia y valentía en un negocio controlado por los franceses. Yarini goza por esto de literatura y filmografía.

Recordemos en este sentido que los desarrollos en Cuba después del Pacto del Zanjón, que puso fin a nuestra primera guerra por la independencia (1868-1878) derivaron hacia una forma específica de protesta rural, identificada como bandidismo social: campesinos que se convierten en sujetos fuera de la ley, y llegan a gozar de la protección de los residentes en la comunidad. Estos bandidos operaron en toda Cuba en la década de 1880 a 1890. Bajo el liderazgo de gente como Juan Vento, José Inocencio Sosa, (“Gallo Sosa”), y Manuel García (“el rey de los campos de Cuba”), el líder más famoso que operaba en la provincia La Habana. Pero estaban además desde Victoriano y Luís Machín en Pinar del Río pasando por José Plasencia y Aurelio Sanabria, que se movían en la provincia de Matanzas, hasta Florentino Rodríguez y Bruno Gutiérrez en Santa Clara.

Todos ellos se incorporaron a las luchas por la independencia organizada por el Partido Revolucionario Cubano de José Martí. Manuel García, particularmente, fue un ardiente defensor de la libertad de Cuba. Él fue uno de los criminales que aceptó la amnistía y un subsidio de las autoridades coloniales para emigrar a la Florida en Estados Unidos. Allí se convirtió a la causa independentista. A su regreso a Cuba en 1888, lo hace como agente del Club Revolucionario de Cayo Hueso, y a menudo invocaba lemas revolucionarios en sus asaltos contra la propiedad. Mucho del dinero recolectado en estos años sirvió para apoyar las actividades revolucionarias. Y el rescate obtenido por liberar del secuestro al plantador Antonio Fernández de Castro en 1894 fue donado a los organizadores del Partido Revolucionario Cubano en La Habana.

Aquello de Una Vida sin sombra, libro de Octavio Ramón Costa y Blanco, escrito para realzar debidamente la vida del revolucionario cubano y amigo de José Martí, Juan Gualberto Gómez, es expresión de un hecho: la de muchas vidas revolucionarias con sombra.

Solo la vieja y predominante visión aristocrática de la historia de Cuba, un país sin condados que tuvo condes y sin marcas que tuvo marqueses, puede escamotear el asunto de los bandidos participando en la historia. Y a pesar de que en su libro Lawless Liberators (Libertadores sin Ley) la autora norteamericana Rosalie Schwartz analice profundamente las consecuencias de los contactos de José Martí con los bandidos cubanos para promover la independencia, lo cierto es que la esquizofrenia cultural, política e histórica de crear dos mundos paralelos en el curso de una historia cultural, social y política que se confunde en una, y que no puede entenderse sin sus marginalidades, —las creadas y las derivadas—, es el camino más corto para repetirnos. Como aquel que no logra liberarse de sus traumas al negarse a reconocerlos en público.

La segunda razón por lo que la historia constitutiva de Cuba no puede ser separada de la historia del bandidismo es esta: Cuba ha tenido unos anales demasiado cortos para forjar verdaderas aristocracias: ni de la sangre, ni de la tierra, ni de los orígenes, ni de la guerra. La única aristocracia que pareció cuajar en algún momento fue la del dinero, y ella no fraguó en sus dos primeras condiciones: la tradición y la continuidad a través del tiempo.

Los patéticos esfuerzos de inventarnos una aristocracia en estas tierras han caído en el ridículo porque han carecido de algo esencial para toda aristocracia: fuertes códigos de conducta y de honor que garantizan su perdurabilidad y su comportamiento irrenunciable frente a las tentaciones transgresoras.

Solo desde la aristocracia genuina puede forjarse la mentalidad necesaria para tomar distancia de los modos y estilos de los de abajo, sobre todo cuando se quiere dar conformación y cuerpo a un proyecto específico de nación. Carecer de esa aristocracia real aquí era lógico y fue lo que abrió las opciones a un proyecto independentista basado en el legado republicano y cívico, y en los ideales democráticos y populares.

Lograr esto en Cuba requería asociarse, como he apuntado más arriba, a los de abajo, a los esclavizados y desclasados, a los pobres y marginados cargando, sin opciones e irremediablemente, con esas conductas habituales que tienen, de paso, un nexo estrecho con los modales ocultos de nuestras ficciones aristocráticas. Por eso a lo largo de las luchas del siglo XX los más bellos ideales convivieron con los secuestradores, marihuaneros, proxenetas y demás actores en el mundo bajo de las conductas y las morales, en nuestro eterno camino a la Revolución.

Manuel García, “el rey de los campos cubanos”, tuvo su prolongación revolucionaria en Crescencio Pérez, el campesino cubano que ayudó a los rebeldes de la Sierra Maestra, y que estaba perseguido por una ley que lo consideraba cuatrero, ladrón de ganado y antisocial.

¿Podría ser de otro modo? No. Donde las historias social y política se imbrican para fundar un proyecto de nación es inevitable el cruce de fronteras sociales, morales y de conductas asociadas a prácticas que, abstractamente consideradas, son y nos parecen repudiables. Fundamentalmente en naciones emergentes, en las que las clases sociales se van forjando en el curso de su proceso y donde las tradiciones cívicas y elevadas tienden a ser todo lo débil que puede ser una tradición que está muy por debajo del milenio.

Y donde la historia social y política se conecta a una propuesta de emancipación el asunto es más denso y complicado. Tema que captan todas las narrativas progresistas. El mismo proceso de la Revolución Cubana es elocuente. Secreto de los Generales, un libro de entrevistas concebido y editado por el periodista Luis Báez en 1996, es un rico relato de las historias de vida de muchos hombres que llegaron a generales y a ostentar altos cargos en el país después de 1959. Y que realizaron hazañas ponderables por cualquier academia militar del mundo. Ahí, en ese libro, están presentes, abiertos y sugeridos, todos los claroscuros posibles de la experiencia humana.

En la historia de Cuba no es posible juzgar eso sin creernos al mismo tiempo que el curso de nuestro pasado debería semejar al de Austria. Solo desde un vergonzante aristocratismo se puede entender que la marginalidad no sea vista en Cuba con una mirada antropológica, social y cultural al mismo tiempo. Un país que no ha hecho otra cosa que crear y recrear marginalidades, y en consecuencia delincuentes, en todos los niveles de la sociedad. En el Estado y en los arrabales.

Si Wilman Mendoza fue un delincuente, en un país de muchas peligrosidades, conviene recordar que todas las caras de la moneda aparecen en las páginas vivas de nuestros orígenes y de nuestra historia, y también de nuestras posibilidades de partida hacia al futuro. Cualquier futuro.

Y como siempre. Adecentarnos —por esta fecha se requiere un poder decente sin queremos lograr la hegemonía de la decencia— y deshacernos del lado oscuro de la historia exige una crítica del presente en todos los estratos, niveles y ámbitos de la sociedad. Y, reitero, desde el poder hacia abajo, nunca al revés. Fundamentalmente porque los pueblos educados como niños perennes hacen lo que todos los niños: imitar a sus educadores. Más en lo que ven hacer, que en lo que les dicen que hagan. Para empezar sería bueno arrancar por respetar al hombre según su significado.


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