Actualizado: 28/11/2022 17:08
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Enseñanza, Escuelas

Y me hice maestro que es hacerme… domador

Una escuela eficiente terminaría con el quebradero de cabeza que dicta su inoperancia para los padres y para el resto de la sociedad

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Miguel Díaz-Canel inauguró el presente curso escolar. En el acto afirmó que se aspira a elevar la calidad docente propiciando la constante superación de los profesores y maestros. El insistente énfasis en que se velará y garantizará la calidad del profesorado, trata de apagar el creciente malestar social ante el pobre desempeño de la actual escuela cubana que ha tenido su clímax tras el escándalo ante un fraude masivo en un caso de compraventa de un examen a finales del pasado curso lectivo.

Sin embargo, las evidencias de corrupción en las escuelas no son tan recientes. Hace años que los estudiantes más díscolos comentan en todas partes y a voz en cuello, lo caras que se han puesto las pruebas de las asignaturas más difíciles. Y algunos maestros han decidido definitivamente beneficiarse, porque eso de aprobar al que no sabe, no es una práctica nada novedosa.

¿No recordamos, acaso, aquellas escuelas que informaban un 100 % de promoción en todas las asignaturas y en todos los grados? La presión que sufría el maestro cumplidor, exigente y honesto era enorme, tanto por la dirección de la escuela como por los padres y alumnos que sabían que estaba prácticamente obligado a conceder el aprobado al insuficiente. No era fácil resistirse: era lo políticamente correcto porque los logros en la esfera de la educación cubana, junto a los de la salud pública, eran las vitrinas más flamantes de las que se enorgullecía la revolución. Y con las conquistas sociales no se juega.

Por tanto, cuando un maestro no entregaba los resultados esperados a la dirección de la escuela, debía enfrentar el asedio de sus superiores, del partido, del sindicato y hasta el cuestionamiento de su labor por parte de los propios estudiantes. Se analizaba todo su trabajo didáctico y se le sometía al escrutinio de su actividad para buscar y encontrar alguna deficiencia que sería sobredimensionada y definida como la causa fundamental de su pobre resultado en términos de promoción.

Con la llegada del período especial ya no se pudo contar con un trabajo de tal rigor. Las condiciones materiales de las escuelas decayeron dramáticamente y muchísimos maestros y profesores decidieron abandonar la clausura de un horario cerrado, un salario miserable y la responsabilidad del sistemático bregar en el aula con el alumno, también portador de las carencias de la casa y por tanto, más indócil e inadaptado. El maestro de aula viró la espalda a la pizarra. Al fin y al cabo, las tizas no llenan el estómago.

En el acto del 2 de septiembre, el Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros se refirió al importante rol que desempeñaron los Programas de Formación Emergente creados para responder al déficit de profesores generados en los últimos años. Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de la actividad pedagógica sabe que la presencia de un maestro capaz al frente del aula es insustituible. Y los capacitados funcionarios del ministerio de Educación permitieron y se conformaron con que un televisor sustituyera la presencia del maestro calificado, cuando de sobra conocen que un medio de enseñanza consiste solamente en el soporte material del proceso de enseñanza aprendizaje.

Aquellos polvos trajeron estos lodos. Y no la tiene fácil la actual ministra de Educación que tendrá que convencer a maestros experimentados para que regresen a las aulas a restaurar el trabajo perdido del verdadero colectivo pedagógico, a enfrentar la desmotivación escolar, a sobrellevar el pésimo estado de la base material de estudios, de las aulas especializadas y laboratorios, a repetir la machacona trova política que exigirán metodólogos, inspectores y directores, en cada una de las clases.

Tampoco ha sido fácil el haraquiri que se le ha exigido y publicado desde las páginas de la prensa. Allí se ha instado a elevar la capacitación de los docentes y recabado el apoyo de la familia así como el cumplimiento de los reglamentos para combatir el fraude y otras distorsiones más sutiles y nefastas. Sutil espejismo. Pareciera que la prensa ya está preparada para investigar, denunciar, confrontar procedimientos indolentes o corruptos a cualquier nivel social. Y si esto fuera cierto, por solo poner un ejemplo, ¿por qué los periodistas no investigan las razones por la cual nuestra exigua cosecha cañera y posterior producción azucarera sirve de fachada para enmascarar acciones ilegales de las que no se rinde cuentas al pueblo como es el caso del barco coreano retenido en Panamá?

Aceptemos, que, con todo, se han develado muchas de las deficiencias que se ceban en la escuela cubana ahora mismo. Pero lo que no se confiesa es que los pronósticos no resultan para nada optimistas: los claustros de profesores están prácticamente destruidos y no resultará tarea fácil para los que se reincorporen o los que se inicien, convertir las “jaulas” en aulas verdaderas, aquellas en las que el estudiante se encuentre realmente motivado y no atrapado dentro de ellas por las circunstancias.

Una escuela eficiente terminaría con el quebradero de cabeza que dicta su inoperancia para los padres y para el resto de la sociedad, pues eliminaría una institución que realiza todo lo contrario de lo que predica porque ni educa ni instruye. La transparencia en la gestión del logro de sus resultados, claro está, es absolutamente necesaria. Pero irrita también descubrir la artimaña que nos intentan hacen creer, la falacia de que por fin se están llamando a las cosas por su nombre. Porque convertir las escuelas en las chivas expiatorias de un fenómeno generalizado como es la corrupción en Cuba, puede desestimular todavía más al maestro cubano y mantenerlo en la terrible conclusión de que su profesión es la última carta de la baraja.


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