Actualizado: 20/11/2017 9:27
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Grafitero, Yulier P, Censura

El grafitero y el cierre de espacios en Cuba

Yulier Rodríguez Pérez (Yulier P), famoso por sus gigantescos murales con fantasmagóricas figuras diseminados por ruinas de La Habana, se niega a borrar sus obras

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El Gobierno cubano ha decidido utilizar la censura a la obra de un grafitero como una demostración adicional de que en estos momentos no está dispuesto a permitir la menor muestra de independencia expresiva —ya sea en el terreno artístico o en cualquier otro—, sobre todo en el ámbito público.

La confrontación en marcha parece destinada a convertirse en un ejercicio de fuerza represiva cuyos objetivos trascienden los elementos en disputa (grafitis), así como incrementar un ambiente ya conocido con anterioridad por los habitantes de la Isla: lo mejor ahora es estarse quieto, callado y si es posible dentro de la casa.

Ante la actitud gubernamental, la respuesta del grafitero ha sido firme, pero hay que descartar que esa firmeza debe haberse tomado en consideración desde el momento de anunciar la medida. Lo que en última instancia le interesa al Gobierno de La Habana es crear otro pretexto para exhibir su poder, y poner en claro —una vez más— que no tendrá en cuenta consideración alguna salvo su hegemonía. Se repite así un viejo precepto establecido desde hace décadas: lo que dicta la Plaza de la Revolución no se cuestiona.

El grafitero cubano Yulier Rodríguez Pérez (Yulier P), famoso por sus gigantescos murales con fantasmagóricas figuras diseminados por las ruinas de La Habana, se niega a borrar sus obras, como le han exigido las autoridades.

Ya fue detenido por 48 horas y le exigieron que borrara centenares de sus enormes carteles.

En declaraciones a The Associated Press, Yulier P dijo que fue detenido la semana pasada cuando realizaba uno de sus trabajos en un derrumbe en el populoso barrio de Centro Habana y conducido a la estación de Policía. Antes de ser liberado se le hizo firmar una carta de advertencia indicándole que, si no eliminaba todas sus obras, sería acusado ante un tribunal de “maltrato a la propiedad”.

“Creo que el grafiti como obra artística en un lugar destruido aporta estéticamente a la imagen visual de la ciudad”, destacó el artista de 27 años.

Cabe preguntarse —de nuevo— por qué este ejercicio de poder en su contra.

En La Habana, donde la mayoría de los carteles están dedicados a eslóganes políticos o retratos de líderes de la revolución, Yulier P se ha caracterizado, desde hace tres años, por inundar zonas importantes de la ciudad con sus personajes oníricos y fantasmales, de miradas espectrales, que igual mezclan una sencilla flor con rostros de mujeres.

Aunque no lleva una cuenta precisa, Yulier P estima que ha realizado casi 200 murales en La Habana, y algunos más en otras ciudades del país, informa la AP.

¿Por qué ahora, luego de tres años, el Gobierno se muestra tan interesado en sus grafitis?, vale repetir la pregunta.

No es simplemente un asunto legal, como se quiere dar a entender.

Respecto a la legislación vigente, no hay una norma específica para esta expresión creativa. Si bien es cierto que no está permitido escribir las paredes en espacios públicos o frentes de casa particulares, Yulier P asegura que busca lugares abandonados, derrumbes o basureros. No ha intentado realizar un grafiti en un hotel habanero o cualquier otra instalación turística del Estado.

Lo interesante, en el caso de Yulier P, es que sus grafitis no reflejan un contenido político explícito. No escribe sentencias, propósitos contrarios al Gobierno; no hace declaraciones políticas explicitas ni textos de barricada. Es más, su arte se caracteriza por rostros y no palabras: expresión pictórica más que gráfica; un sentimiento, un ambiente en lugar de un lema.

Yulier P nos presenta personajes fantasmales, angustiados, pero que no gritan lemas contrarrevolucionarios.

De ahí que sea posible el contraste con la ejecución de otro grafitero cubano conocido, El Sexto, que en la actualidad radica fuera de la Isla.

La censura a Yulier P se sitúa entonces dentro la nueva tendencia —aunque también antigua y no desconocida para quienes viven en Cuba—, ordenada desde la cúpula de mando y que cobra cada vez más vigencia: retroceder y al mismo tiempo ir más allá en la represión cotidiana, que en los últimos años había dado señales de resquicios de escape. Repetir en el grafismo público lo que se viene desarrollando en el campo del pensamiento, el análisis y la divulgación de información: el ataque a las apariencias, los matices y a cualquier forma más o menos sutil de desacato y diferencia.

Asistimos a una ofensiva de la represión, mediante la censura en los terrenos más diversos: desde los artículos de opinión y análisis hasta la representación simbólica.

No es que Yulier P se haya destacado por ser un artista “neutral”. Sus rostros horrorizados son la mejor muestra de ello. Pero su obra se mueve en un terreno que rehúye el discurso y busca la fábula. Impedir que lleve a cabo esa labor, que se ha extendido por algunos años, es otra demostración de la realidad cubana actual que prevale y avanza a diario: el cierre de espacios.


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El grafitero Yulier Rodríguez Pérez posa con una de sus obras, pintada en una pared de La Habana Vieja, Cuba, el 9 de febrero de 2017Foto

El grafitero Yulier Rodríguez Pérez posa con una de sus obras, pintada en una pared de La Habana Vieja, Cuba, el 9 de febrero de 2017.