Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Sociedad

El dengue no cree en batallas

Higiene cotidiana y autonomía en las actuaciones de los ciudadanos: Las únicas 'armas' capaces de hacer desaparecer la epidemia para siempre.

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El dengue, enfermedad infecciosa de origen tropical, es conocida popularmente en algunas regiones como rompehuesos, por el fuerte dolor que causa en las articulaciones. El mal es causado por un virus, transmitido generalmente por el mosquito Aedes Aegypti. Una de sus variantes, el dengue hemorrágico, puede ocasionar la muerte.

En las últimas décadas, esta enfermedad se ha multiplicado y ha devenido endémica en decenas de países, donde cada año se infectan millones de personas. Entre las causas que han impedido su eliminación está la ausencia de integralidad en la salud pública.

Lo que se conoce por salud, que abarca desde la educación sanitaria hasta la provisión de sistemas de desagües subterráneos, se practicaba ya hace unos tres mil años a.C. en algunas ciudades de la India. Posteriormente, hacia el año 1400 a.C., la ciencia de la vida (Ayurveda) se basaba en la idea de que la mente, el cuerpo y el ambiente forman un único sistema que crea y sostiene la vida. Esta concepción integral de la salud alcanzó gran desarrollo en la Grecia y Roma antiguas y estuvo presente en la medicina cubana desde su origen.

Antecedentes de una enfermedad

Hace más de dos siglos, en 1797, inmerso en la primera epidemia mortífera en Cuba de fiebre amarilla —enfermedad que se propagó en la Isla a mediados del siglo XVII, cuando su agente transmisor arribó en los barcos negreros procedentes de África—, el sabio Tomás Romay, una de las glorias de la ciencia y la cultura cubanas, presentó su Disertación sobre la fiebre maligna, enfermedad epidémica de las Islas Occidentales.

En este primer y notable trabajo de la literatura médica cubana, Romay expresó: "si no se observa el mayor aseo y limpieza, todas las demás preocupaciones serán ineficaces". Por ese discurso, sustentado en el carácter integral de la salud, fue designado Miembro Correspondiente de la Real Academia de Medicina de Madrid.

Casi un siglo después, en 1881, otro destacado científico cubano, el doctor Carlos Juan Finlay, después de largos años investigando las causas de la fiebre amarilla, arribó a la conclusión de la necesaria existencia de un agente extraño a la enfermedad como causa de la transmisión. Según él, para la propagación de la enfermedad eran necesarias tres condiciones: la enfermedad, un agente apto para contraerla, y un tercer agente independiente de la enfermedad y del enfermo, es decir, un vector.

En los experimentos observó las manifestaciones de la dolencia, revisó la información existente, analizó los resultados y convirtió la hipótesis en teoría: el agente trasmisor resultó ser el mosquito Aedes Aegypti. En otras investigaciones, como en el caso del cólera, Finlay también partió del concepto integral y estableció una relación entre las zonas afectadas y los canales abiertos de las insalubres aguas de la Zanja Real que abastecían a los habaneros.


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