Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Sucesión

Gobernando por teléfono

En medio de una epidemia de dengue y de la Cumbre de los No Alineados, Fidel Castro vigila el país desde un sillón de hospital.

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Para Fidel Castro, gobernar es vivir. Y si no hace lo primero, lo segundo tiene poco de interesante. "Los revolucionarios no se jubilan", ha dicho más de una vez, confirmando que sólo la muerte lo apartará del poder.

Ahora no está muerto y sí parcialmente apartado. ¿Qué sucede entonces?

Dadas las circunstancias, Castro ha inaugurado una nueva era. Su quebranto de salud lo mantiene con un teléfono en la mano, escribiendo notas y dejándose filmar o retratar para una actualización pública de su estado por entrega. Ese es un patético remedo de su estilo de gobierno.

Hasta hace muy poco, y por cerca de cincuenta años, el don de la ubicuidad y él guardaban cierta competencia. Muy a pesar del líder cubano, eso es ya historia antigua. El hombre que capeaba las crisis de todo tipo —desde un potencial exterminio nuclear hasta el éxodo de miles— con su palabra, fascinación y paternidad histórica está ahora sentado en un sillón, empijamado y en pantuflas, flaco y frágil, algo que sus enemigos ven como una metáfora de su poder declinante.

A la sombra

Tal vez ha llegado el momento de pensar en Deng Xiaoping, quien gobernó a la sombra de todos los poderes hasta su muerte en 1997. Quiérase o no, ambos alinean ciertas similitudes. La vida crepuscular, la concentración de las decisiones estratégicas, el tutelaje de las funciones del Estado, el ejército, el partido y el parkinson, un dato que la CIA estadounidense destapó en noviembre de 2005.

Se alejan entre sí cuando se repara en las reformas estimuladas y protegidas por el líder asiático y rechazadas o menguadas por el dirigente caribeño. O también cuando se trata del estilo. El primero favorecía la discreción mediática, el segundo siempre eligió las tribunas y las muchedumbres. Pero la diferencia crítica entre ambos está dictada por la percepción de cómo el socialismo puede modernizarse sin ser roída su estructura de poder.

"Para Fidel, cualquier reforma en la Isla pasa por las intenciones estadounidenses de descarrilarlas. Ese es el mejor argumento para no hacerlas y la prueba de la vulnerabilidad del sistema cubano", estima un economista jubilado que hace las veces de parqueador de autos en La Habana.

La prueba del grado de restablecimiento del presidente cubano podría hallarse en el nivel de protagonismo con que encare, de ahora en lo adelante, las crisis o eventos políticos a los que su peso histórico prohíbe o aconseja no eludir.

El dengue y la Cumbre

La primera crisis está en curso sin Castro al frente: una epidemia de dengue que no remite y a la que las autoridades enfrentan como un problema de seguridad nacional. Doce de las catorce provincias padecen diversos grados de infestación, siendo las más afectadas las dos ciudades más importantes del país: La Habana y Santiago de Cuba, esta última virtualmente en cuarentena.

Los ómnibus que entran y salen son fumigados. Por miles se cuentan los ingresados en hospitales o en sus casas y hasta los universitarios habaneros husmean las oquedades del arte funerario del cementerio Colón en busca de larvas de mosquitos. Una y otra vez, los medios propalan mensajes de profilaxis. Dos provincias del oriente, Camagüey y Ciego de Ávila, paralizaron sus producciones y servicios. Enviaron a todos a un saneamiento masivo. En el mundo oficial, sin embargo, la palabra dengue parece maldita e impronunciable.


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Felipe Pérez Roque, ministro de Exteriores, inauguró la Cumbre NOAL en ausencia de Fidel y Raúl CastroFoto

Felipe Pérez Roque, ministro de Exteriores, inauguró la Cumbre NOAL en ausencia de Fidel y Raúl Castro. (AP)