Actualizado: 11/12/2019 10:35
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Crónicas

El desconcierto de Napoleón

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Cuentan que un día Napoleón vino a Cuba. Estaba invitado a la conmemoración de un nuevo aniversario del comienzo de la Batalla de las Ideas, y al final de los actos lo llevaron al periódico Granma. Quedó encantado. Lucía fascinado. Mientras más ejemplares de archivo examinaba el Emperador, más grande ponía los ojos.

"¡Ah, si yo hubiera contado con un periódico así cuando lo de Waterloo….!", dijo.

"¿Debo entender que en ese caso no hubiera perdido la batalla?, Sire", preguntó entusiasmado el director del periódico.

Napoleón lo miró con interés. "Perder, la hubiera perdido", dijo, "pero en Francia nadie se habría enterado".

La anécdota tal vez no sea exacta. Tal vez las cosas sucedieron de otro modo. Tal vez no le haya extrañado a Napoleón la abrumadora cantidad de noticias felices acerca del avance impetuoso de la revolución en todos los frentes, con su correspondiente sobrecumplimiento de las metas, que anunciara el periódico. Ni le haya extrañado la ausencia en el diario de opiniones contrarias al gobierno (de ninguna opinión contraria, ni aun, digamos, una leve crítica, la menor crítica). Ni le extrañara el silencio que le deparara al boxeador y el pelotero que en las últimas horas lograron, nadie sabe cómo, llegar a Estados Unidos, a la bailarina que se quedó en Madrid y, entre otros, al funcionario con un maletín de dólares para comprar chícharos que también se quedó.

En el caso de estos fugitivos, pudo pensar Napoleón que tal vez fueran inventos, pamplinas que el cubano sueña, rumores que a lo mejor echa a correr Radio Martí y por eso ni Granma ni ninguno de los otros periódicos del país lo publica. Granma, por ser la voz del Partido, y el resto de la prensa, por serlo también aunque por prudencia o modestia lo disimule.

Si debió extrañarle al Emperador saber que en Cuba el correo electrónico es casi una dádiva, un don del que sólo dispone una minoría, e internet otro don, éste bajo control en las oficinas del Estado y de ciertas empresas, nada para uso del vulgo, aunque los profesionales de esos centros pueden, autorización mediante, solicitar del internauta a cargo, datos justificados, que eso no es para jugar, ni tampoco para enterarse de lo que no se debe.

Más aún debió extrañarle saber que las antenas parabólicas para ver canales de la televisión extranjera están prohibidas. (Ahora mismo, por cierto, está teniendo lugar por balcones y azoteas, en toda la isla, una nueva y más acuciosa cacería de esos artefactos extranjerizantes para erradicarlos, para de una vez exterminar ese vicio de nuevos ricos que pretendía prosperar en el país. Y ay del que le ocupen una antena, porque además de perderla podría enfrentarse a una multa impagable por lo crecida, o quién sabe…).

Cuidadoso, tal vez escribiera el Emperador en su diario: "No hay radios de onda corta a la venta, y los que la tienen la perderán cuando vayan por reparación a los talleres. Los celulares no están al alcance del ciudadano medio. Ni le serán instalados al nativo. Para tenerlos tendrá éste que valerse de un amigo extranjero de visita en el país y pagar en divisas instalación y servicio mensual. Viajar, a menos que el nativo sea funcionario, lo coronen los laureles del deporte, de las ciencias o las artes, o sea un viejito invitado por un familiar, pasar del Malecón a la otra orilla del Atlántico podría llevarle años esperando el permiso de salida, muchos años y velas encendidas a los santos".

Napoleón estaba desconcertado. Lo refieren diciendo: "Aislándose así terminarán quedándose sin siquiera la idea de que tenían la idea de estar participando en una absurda batalla de ideas en la que le habían cerrado el micrófono a las ideas contrarias".

Por cierto, el último día de su visita vio un espacio de cine que transmiten por la televisión los sábados después del noticiero de las ocho de la noche. Generalmente películas ya exhibidas por la televisión, pero películas buenas, y en estas nuevas proyecciones explicadas acuciosamente por expertos llevados al programa para auxiliar al telespectador, la desenvuelta presentadora del espacio, joven, agradable e ilustrada, siempre despide el programa diciendo como quien repitiera una consigna (que ella parece degustar con envidiable fruición saboreándose los labios). "Y recuerde aquello que Sócrates nos recomendó: El conocimiento es la virtud, y sólo si se sabe se puede divisar el bien".

Al oír semejante bocadillo, cuentan que el Emperador apagó el televisor, se encasquetó el tricornio y después de asomarse a la ventana del último piso del Hotel Nacional para ver si todavía su caballo blanco seguía allá abajo (temía que se lo robaran), comentó con su ayuda de cámara y secretario, temiendo por la presentadora: "Están al llevársela presa, y ella ha de saberlo". E ignorando la mirada interrogante del ayudante, adicionó Napoleón admirado: "Muy valiente. Y hábil además. Fíjate qué modo tan sutil de hacer su trabajo, y citando a Sócrates nada menos".