Actualizado: 13/11/2019 9:19
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El cubano que se hizo sacerdote

La entrega de monseñor Pedro Meurice ha sido intensa, al igual que su responsabilidad.

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Verano de 1976, a las puertas del Santuario Nacional del Cobre, en dirección a la hospedería de la Basílica. Un grupo de nueve o trece adolescentes grita: "¡Padre!, ¡Padre!, ¡Padre! ¿Para dónde va?, ¿nos puede llevar?". Ante la algarabía, se detiene un pequeño volkswagen blanco de dos puertas y, en su interior, un pastor excepcional, sencillo y tímido, con carácter y autoridad moral, responde: "Bien, súbanse y agárrense como puedan".

Apiñados por dentro y por fuera de aquel minúsculo vehículo que se desplazaba a interesante velocidad juvenil, hasta sobre el capó delantero del mismo; apelotados como un enjambre de abejas que se impregnan a su panal, nos adherimos hasta el techo para no caer sobre el pavimento.

Siempre con su guayabera cubana y sus sandalias de caminante —aunque bien sabemos quienes le conocemos que poco caminaba—, el padre Pedro Meurice se desplazaba por toda aquella región que le fuera confiada.

Desde las ocho de la mañana tocábamos la puerta de entrada al "palacete" arzobispal, haciéndole partícipe de todos los dolores del mundo. Allí, ante él, quedaban depositados. No había intermediarios ni secretarias. Todo él se entregaba recogiendo de forma personal el dolor de su pueblo, de su gente.

"Padre, me metieron preso a mi hijo"; "Padre, se han llevado a mi esposo"; "Padre, no tengo que comer"; "Padre, me echaron del trabajo"; "Padre, no tengo comida para la visita de mi hermano que está preso"; "Padre, mi madre está grave y no tengo las medicinas"…

De esta forma se entregaba al despuntar el alba de cada día, en una intensa y dolorosa oración. Sobre su rostro limpio y transparente se reflejaban el dolor y la impotencia que padecía por su pueblo: llevaba sobre sí todo el calvario de su nación. También podías concretar citas a las siete de la mañana, si una cuestión laboral u otro asunto inaplazable impedían verlo a otra hora. Jamás hubo excusa para entregarse y escuchar a quienes acudíamos a él diariamente.

Coherente con su fe

Le recuerdo también en La Habana, cuando era administrador apostólico, en 1978. Allí también te recibía con el mismo cariño y entrega, al igual que en su diócesis, sin ningún aire de altanería ni reflejo de ambición, siempre comentando ideas de retorno a su terruño querido. Es un hombre tímido, pero la cercanía y amor por su gente no le impedían alguna que otra broma. Incluso, podía pasar a tu lado y regalarte un inesperado puñetazo. Jamás permitió que le besáramos la mano, cuando con tal intención nos inclinábamos ante él.

También rememoro al obispo primado de Cuba, con categoría y sencilla elegancia cubana, con sus zapatones negros de cabeza redonda. Recuerdo cómo se emocionaba en las misas concelebradas de Santiago de Cuba, cuando entonábamos las canciones de entrada a las grandes celebraciones de nuestra diócesis. Una de las que más le gustaba decía: "Pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios, bendice a tu señor".

Su majestuoso y sencillo aire arzobispal envolvía a todos, deseando sus intensas y teológicas homilías. Era un evangelio muy vivo, pero tuvo mayor emoción contenida cuando frente al Papa Juan Pablo II, en la visita de este a la diócesis de Santiago de Cuba, expresó:

"Deseo presentar en esta Eucaristía a todos aquellos cubanos y santiagueros que no encuentran sentido en sus vidas; que no han podido optar y desarrollar un proyecto de vida por causa de un camino de despersonalización que es fruto del paternalismo. Le presento además a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido; la Nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología. Son cubanos que, al rechazar todo de una vez sin discernir, se sienten desarraigados, rechazan lo de aquí de Cuba y sobrevaloran todo lo extranjero. Algunos consideran éstas como una de las causas más profundas del exilio interno y externo".

Crecí y me eduqué bajo su influencia arzobispal. Fui prisionero político y debo mi liberación fundamentalmente a la intermediación de Meurice. Su entrega ha sido intensa, al igual que su responsabilidad. Tiene derecho al descanso y al retiro, aunque para mi y los míos seguirá siendo nuestro pastor primado, coherente con su fe y la historia de su nación.


Monseñor Pedro Meurice (izq.)Foto

Monseñor Pedro Meurice (izq.). (LA VOZ CATÓLICA)