Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Crónicas

Ganancias del Período Especial

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Existía aún, quedaba el prejuicioso dormido por ahí, el que los aceptaba de los dientes para afuera. Pero entonces, mandato del Cielo, que a lo mejor es verdad que tiene sus planes, o locuras de la Historia, llegó de repente el Período Especial como parte del epílogo por escribir que dejara el naufragio de la URSS, decía ayer muy satisfecho hablando en una parada de guaguas un hombre bien vestido, de mediana edad, parecido a Charles Durning, al cual las tres personas que parecían ir de viaje con él le llamaban "doctor".

Como la guagua parecía haberse muerto, y el doctor no dejaba de hablar, me veo obligado a resumir sus palabras utilizando voces y giros míos pero conservando el tono de gran altura que él les diera.

Aunque creyéndolas exageradas y tal vez en parte nacidas más del disgusto disimulado por la demora de la guagua, que del falso entusiasmo revolucionario que pretendían, me hago eco de ellas porque, de ser sinceras, mostrarían un peculiar enfoque de un tema de gran actualidad en La Habana, y de no serlo, dejarían ver una excelente muestra de cómo la gente para decir lo que piensa sin que lo parezca hallará siempre un ardid. Escúchese al doctor.

La ventaja de su color

Llegó el Período Especial, decía, y ante los ideales estéticos que en un día remoto sedujeran a Picasso y sus amigos, ahora impuestos por la entrada en escena de los primeros turistas, situación a la que deberemos agregarle 1) el interés de los jóvenes cubanos en viajar (en "escapar", como ellos dicen) y la casi imposibilidad de hacerlo por otras vías, y 2) la escasez y desconciertos propios de un país al que de pronto le han cortado la luz y tampoco tiene velas ni kerosene para alumbrarse, era inevitable, tenía que suceder. Los ortodoxos, el prejuicioso que aun quedaba rezagado por ahí, tuvo que ceder. Aceptar lo evidente. Era preciso empezar de nuevo en un mundo que después de todo (ahora lo veían) ha estado en todos los tiempos hecho de ideologías y convenciones cambiantes como las nubes.

Nada más natural. Excepto el turista mexicano, que llega desaforado exigiendo que le traigan a la carrera una güera, los demás turistas, por lo general españoles o italianos sin importancia, empleados u obreros casi siempre, ordenarán prietas o prietos (o prietas y prietos: mixtos como las ensaladas).

No son los únicos turistas. Están los canadienses, por ejemplo. Pero esos, o tienen genitales breves y les da pena mostrarlos, o todavía no saben para qué sirven. Quién sabe si a esos infelices sí los encargan a París sus padres, me decía una rubia suculenta, médica de hospital, que de noche sale a merodear alrededor de los hoteles y por el malecón en compañía de dos filólogas y una peluquera que no terminó el preuniversitario, pero que de ellas cuatro es sin embargo la que más éxito tiene. "No porque sea la que mejor esté, que no lo es", precisaba la rubia. "Por la ventaja que le da su color".

De ahí precisamente, de ese encantamiento en que en Cuba la otrora raza sufrida dejara sumido en un dos por tres al experimentado europeo (para el cual ser negro no es un estigma, puesto que en su país el negro no fue esclavo); de ahí la sincera devoción, el altarito sin flores de papel de que les venía hablando y en el cual vemos hoy, gloriosa, la imagen, ¿de quién?, no de la Virgen de la Caridad, no, del joven negro cubano.

Noticias me llegan a diario de jóvenes blancos con delirios de grandeza, hembras y varones, que se han inventado un pasado donde, allá entre las brumas del África, tienen un abuelo o una tatarabuela cargados de cadenas subiendo a un barco. Otros, para excitar al turista, se han rizado el pelo, se han quemado al sol o se hicieron exitosas cirugías en la nariz. El sueño de uno que conozco es encontrar al fin una negra de campeonato que lo quiera y le dé dentro de unos años, cuando ya por la edad no rinda en el oficio, hijos que le aseguren el mañana. "Pero siempre llego tarde", dice. "O la encuentro esperando al europeo que la saque del país o el europeo la sacó ya".

No obstante estas novedosas preferencias llegadas con el Período Especial (y que a algunos les ha hecho temer un nada lejano apartheid blanco), la tolerancia y aun simpatía con que el negro las observa, autorizarían a nuestro país a izar ahora mismo, si lo quisiera, una bandera bien grande, una bandera del tamaño del mundo en la que se leyera en dorado: "Cuba: Primer Territorio Libre de Prejuicios Raciales en América".