Actualizado: 22/10/2019 9:54
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Televisión

En contacto con Hilda

Una entrevista con la animadora Hilda Rabilero, cuyo popular programa 'Contacto' marcara una época en la televisión nacional.

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Pocos programas como Contacto para ejemplificar el ascendiente que puede alcanzar un espacio novedoso en el contexto de la televisión oficialista, a la vera del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Bajo la batuta de Hilda Rabilero, sobrina del popular Guillermo Álvarez Guedes e hija de la también humorista Eloísa Álvarez Guedes, Contacto marcó con su impronta la década de los ochenta en Cuba, particularmente su segunda mitad.

Animadora emblemática para varias generaciones de televidentes, Hilda Rabilero continúa bregando en Miami con el objetivo de consolidar el proyecto de un programa a su medida. Así, el espacio Pégate con Hilda (domingos a las seis de la tarde), del canal MegaTV, reproduce algunas de las líneas maestras que ya estableciera la Rabilero en Contacto, principalmente la de priorizar la espontaneidad comunicativa del triángulo animadora-televidentes-invitados al set.

" Pégate con Hilda tiene un tono más de reality show", asegura la conductora a Encuentro en la Red. "Pero continúa presente la inspiración de Contacto, la cocina, la informalidad, la fluidez".

Hablemos de sus inicios en la televisión…

Empecé en el estelar Juntos a las Nueve, un programa que fue bastante popular en la televisión cubana. Antes había hecho intermedios donde anunciaba la programación. El director, Pedraza Ginori, me vio en una de estas presentaciones y me llamó para hacer algo en Juntos a las Nueve. Luego pasé a ser "La chica del cañonazo".

Yo aún no había sido evaluada, no me había graduado. Paralelamente a mis estudios en la Escuela de Formación de Actores, estudiaba Lengua y Literatura Inglesas en la Universidad de La Habana. De manera que Pedraza Ginori no podía presentarme como animadora. Así que se le ocurrió ponerme esa especie de apodo, "La chica del cañonazo".

" Juntos a las Nueve con su animador, Héctor Fraga, y La chica del cañonazo". Era como se presentaba el programa.

Luego dejé la televisión a raíz de un suceso desagradable. Una historia larga que preferiría no contar ahora.

Permítame ser insistente en este punto, porque las historias largas que se dejan para después suelen resultar interesantes… cuando finalmente salen a la luz.

Venía una delegación alemana a visitar Cuba, con Erick Honecker al frente, y un buen día me informaron que había sido escogida para participar en un evento cultural en su honor. Pensé que iban a utilizarme como animadora. En resumen: quienes estaban preparando este supuesto evento eran los jefes de la escolta del general José Abrahantes.

Se reunieron conmigo en dos ocasiones, sin la presencia de nadie más, lo cual me intrigó bastante. Finalmente, decidieron citar a todo el grupo de artistas seleccionados para la ocasión: todas éramos mujeres, de las más bellas de la televisión. No había un solo artista masculino presente.

Nos llevaron al hotel Habana Libre, un sitio de protocolo con buffet incluido. Allí estábamos, básicamente, actrices y cantantes de la televisión. Nos explicaron en qué consistiría nuestro papel en la "actividad musical": debíamos animar la velada alrededor de las mesas de los invitados.

Recuerdo que Farah María protestó. Una de las cosas que preguntó a los organizadores fue que quién iba a acompañarla. Alguien entre los guardaespaldas sugirió que yo la acompañara a la guitarra, a lo que inmediatamente me opuse (yo tocaba unas pocas canciones, comenzaba apenas mis clases de ese instrumento). "Para machos, nosotros sobramos", agregó otro de los guardaespaldas. Esa fue la expresión.

Me levanté, salí llorando al balcón de aquel piso 25 del Habana Libre. Fue traumático para mí. En esa época pensaba que ellos eran gente en la que se podía confiar, gente honesta, limpia. "No sé por qué te pones así, cuando nosotros fuimos a Alemania nos atendieron las mujeres más lindas del país…", me decían. "Pues no sé cómo lo ven en Alemania, pero aquí eso tiene otra interpretación", les contesté. "Yo soy animadora de televisión, no dama de compañía de nadie… ¡Sáqueme de aquí, porque voy a empezar a dar gritos y van a oírme hasta en el ICRT!".

En esas circunstancias dejé el programa. Renuncié a la televisión. Terminé mi carrera universitaria. Fue para mí chocante, porque tenía entonces una popularidad tremenda. Yo salía con unas gafas enormes y un pañuelo en la cabeza para que no me reconocieran en la calle. Me sentía como avergonzada de que cosas así pudieran pasar en una revolución supuestamente pura, digna.

¿Cómo se produce su retorno a la televisión?

Tras graduarme, trabajé como traductora algunos años. Un día asistía a una premiación junto a mi madre cuando el director de la Revista de la Mañana, que recién estrenaba ese programa, recordó mi labor en Juntos a las Nueve. Me invitó a participar en su espacio. Recomencé entonces con un segmento de quince minutos en la Revista de la Mañana, hasta que pasé a animarla con Héctor Rodríguez.

Luego pasé a hacer Contacto, en 1983. "Queremos que tengas un espacio tú sola, para la gente joven", me dijeron. En esta primera etapa, el programa contaba con 45 minutos diarios, de lunes a viernes.


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