Actualizado: 19/11/2019 9:12
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Literatura

«Me he acostumbrado a ser un apátrida»

Charla con Lorenzo García Vega, uno de los creadores más vitales y fructíferos de la diáspora insular.

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Lorenzo García Vega (Jagüey Grande, 1926) fue miembro del legendario grupo Orígenes. Poeta, ensayista, narrador, desde 1968 reside fuera de Cuba: España, Venezuela, Nueva York y, finalmente, desde hace muchos años, Miami o, como prefiere llamarle, Playa Albina.

Ya en el exilio perteneció a los consejos editoriales de las revistas Escandalar y Újule. En 1978 publica en Venezuela su ya mítico Los años de Orígenes, donde somete a una radical revisión todo su pasado y la historia misma de Cuba. Es, sin duda, uno de los libros fundamentales de la cultura cubana, precisamente por lo polémico y controvertido. Pero en su caso personal fue el libro que le posibilitó una segunda vida. A partir de ese exorcismo creador y existencial, su obra se ha ido enriqueciendo con los años y en este momento es uno de los creadores más vitales y fructíferos de la literatura de la diáspora insular.

Si Orígenes fue la Historia, si la República y la Revolución fueron la Historia también, ¿no se siente como una suerte de animal posthistórico?

Sí, efectivamente, me siento algo raro. Pero ¿esto no será debido a la puñetera vejez que padezco? Estoy cargando con ochenta y un años, y no te quepa duda de que esto te lleva a sentirte como un animal protohistórico, o algo peor que eso. El otro día, el poeta Fernando Palenzuela me recordó que Betty Davis había dicho que la vejez no era cosa de maricones. Una cita acertada.

Pasados tantos años, ¿cómo valora ahora lo que significó José Lezama Lima para su vida y para su obra?

Pasados tantos años, ahora me veo impulsado a mirar para otra parte. No, no quiero insistir en mi pasado. Si es que los viejos somos la esperanza del mundo, lo mejor que podemos hacer es tratar de labrarnos un porvenir, sin tratar de mirar para atrás.

La crítica ha notado la impronta vanguardista en la obra de Virgilio Piñera, como en la suya también. De distintas maneras, ambos fueron disidentes de Orígenes. Pero Virgilio murió en el insilio y afortunadamente usted todavía respira en el exilio. Ambos tuvieron que liberarse de la tiranía de Orígenes para encontrar su singularidad creadora. ¿Qué opinión tiene del creador de La isla en peso?

De Virgilio tengo muy buena opinión, aunque casi no lo conocí. No creo que La isla en peso ya me pudiera llegar a interesar. En cuanto al vanguardismo, yo llegué a él, principalmente, por influencia de las películas silentes de Tom Mix. No creo que a Virgilio le haya sucedido eso. Repito, casi no conocí a Virgilio, y me parece que él era demasiado serio, demasiado sartreano.

En 1994 se celebró en Cuba el cincuentenario de la revista Orígenes. A partir de ese momento, su obra, aunque no publicada allí, sí es leída por numerosos poetas de la Isla, muchos de los cuales ya nutren la abigarrada diáspora cubana. De cierta manera, muchos de los poetas de la llamada generación de los ochenta, han sentido su obra como un gesto creador afín e, incluso, liberador, también como un dispositivo simbólico semejante en la actitud ante la Historia y ante el hecho creador mismo. ¿Qué opinión le merece esta sorpresiva "segunda vida"?

Quizás, dicen eso, toda segunda vida pueda valer la pena. No sé… Aunque eso sí, lo que puedo asegurar es que mi primera vida no fue muy linda que digamos. Así que, quizás, ahora esté más libre, más dispuesto, para soñarme como un constructor de cajitas que quisiera meter a la Historia dentro de una de ellas.

En los últimos años ha publicado varios libros de relatos; recientemente, su novela Devastación en el hotel San Luis, también sus memorias El oficio de perder y una nueva edición de Los años de Orígenes. Con 82 años goza de una intensa vida creadora. Finalmente, el exilio, Playa Albina, ¿ha tenido un sentido creador?

No tengo ochenta y dos años. ¡Cuidado con eso! No me aumentes ni un día. Ya hace poco, en entrevista en Buenos Aires, aparecí con ochenta y cuatro años. ¿Qué es lo que está pasando? Sí, he hablado muy mal de la Playa Albina, pero aquí, donde durante años he sido un bag boy conductor de un carrito, parece que he sentido algo así como un sentido creador. Las cosas son así.

La marginalidad, el exilio, su confesa (aunque acaso irónica) vocación de "perder", su súbita conciencia de ser un "notario no-escritor", parece que le han servido para encontrarse a sí mismo y percibir la realidad (o irrealidad) de la vida y la cultura desde esa suerte de "país de al lado" desde donde es dable también encontrar, no sin dolor, una plenitud posible. ¿Qué le hace escribir desde esa "juventud" a lo Gombrowicz?

¿Estoy instalado en una juventud a lo Gombrowicz? Querido Jorge Luis, me estás dando por la vena del gusto. Ojalá que sea así, como lo dices: al fin joven, al llegar a los ochenta y un años. Quizás nunca es tarde si la dicha es buena.

Últimamente, su obra ha sido publicada y casi reverenciada en Argentina. ¿Cree que la tradición jovial de Macedonio Fernández, Roberto Artl, incluso del uruguayo Felisberto Hernández, han tenido que ver en esta fecunda recepción? ¿Cuál es su deuda con el surrealismo o ese "cubismo" al que se refirió Lezama?

Cubista siempre he sido. Así como siempre he sido un colachero. En cuanto a la deuda que el surrealismo cubano pueda tener conmigo —inmodesto que soy—, fíjate: los poemas automáticos —"Apollinaire al agua", dije en uno de ellos— que publiqué en la Suite para la espera, cuando tenía veinte años, todavía permanecen frescos. Y en cuanto a los argentinos, puedo decirte que también me considero un gaucho. Un gaucho albino.

Pero aunque huye de toda explícita sentimentalidad, creo que puede detectarse una muy profunda sentimentalidad lorenziana, muy a menudo por sus recreaciones ficcionales del pasado, su infancia o primera juventud sobre todo… Cine silente, por ejemplo. Noto en usted una decisiva impronta de César Vallejo. Creo que su texto "El santo del Padre Rector" es un ejemplo arquetípico.

Por supuesto, por supuesto, al menor descuido me meto en el cine silente (el Cine Mendía se llamaba), para oír la pianola que durante mi infancia me hizo llorar. Pero quizás eso se va alejando. Los viejos nos enfriamos, por lo que yo, más bien, me voy sintiendo como un coleccionista a lo Marcel Duchamp.

Un amigo común, Enrique Saínz, mantenía muy vivo en Cuba su recuerdo. No era una influencia literaria, sino una singular percepción de la vida. Yo aprendí a conocerlo, más que a través de sus libros, a partir de las anécdotas que me hacía Enrique, para nosotros jubilosas aunque implicaran muy a menudo una mirada devastadora para con la realidad cultural de nuestro país. Sin embargo, no hay dudas de que es esa mirada desmitificadora, jovial, lúdica, irónica, que huye de cualquier estereotipo, la que ha nutrido su obra. ¿Puede un escritor construir su obra con sus obsesiones, su memoria, sus fracasos, sus rencores, sus imposibles, de manera que vida y obra sean una misma cosa?

¿He podido llegar al punto en que mi vida y mis escribanías sean la misma cosa? Ojalá sea así. Hablas de Enrique Saínz. Sí, Enrique es una de las presencias más importantes que siento a mi lado, aunque hace años que no nos podemos ver, y no parece que nos podremos ver más nunca.

Justamente, la memoria (creadora, o como quiera llamársele) parece que tiene una importancia decisiva en su obra y percepción de la realidad. A veces da la impresión que usted desaprende o deconstruye la realidad a partir de un singular ejercicio de la memoria donde la imaginación juega también un papel decisivo. Es decir, la historia vivida se torna ficción o viceversa.

Por eso siempre he acudido al Diario. Siempre estoy escribiendo un Diario. Antes que nada, para construirme. Para jugar, y con ello inventarle una historia a mi vida.

Saínz me decía que usted había sido un obsesivo lector de Proust…

En los años finales de mi adolescencia estuve, como un enterrado vivo, metido en mi casa y sin terminar mi bachillerato, pero releyendo a Proust. ¿Cuántas veces he leído El tiempo perdido? Cuatro veces.

Un día o noche cualquiera en Playa Albina, ¿cómo lo describiría usted cuando escribe?

Muchas veces, junto a un pozo, aparecen Barberán y Collar, dos aviadores españoles que murieron trágicamente, después de haberse fijado en el imaginario cubano. Esto fue en la década del treinta. Pero ¿quién sigue recordando eso?

La noche, la noche la estoy sintiendo "afuera", y esto mientras estoy metido dentro de la casa. ¿Cómo es todo eso? Hay unos ruidos carmelitas, y el recuerdo de unos feísimos muebles carmelitas del tiempo de mi infancia. Pero ¿cómo podré narrar eso? No sé, pero eso me está persiguiendo.

Nunca dejo de tener miedo. Debe ser que la muerte está cerca.

Su obra, su vitalidad creadora, desmienten, como otras (José Kozer, Octavio Armand), ese seudomito castrista de que el exilio es nocivo para la escritura. ¿Qué cree usted? ¿No será que esa misma "pérdida" propicia la plenitud de una escritura?

Exilio, insilio, el carajo bendito. Ya, pasado el tiempo, no sé ni lo que quiere decir eso. Para ponerte un ejemplo, siento más no poder terminar mis días en Buenos Aires, que de llegar a regresar al lugar de las ruinas castristas, si es que eso se llegara a producir. No sé, creo que me he acostumbrado a ser un apátrida.

Finalmente (aunque mejor no terminar nunca), ¿qué escribe ahora mismo?, ¿qué hará con su futuro el escritor (o "notario no-escritor") Lorenzo García Vega?, ¿qué otras obras espera publicar?

Espero…, espero, pero, ¿qué es lo que puede esperar un viejo? Bien, espero poder publicar mi penúltimo diario, El cristal que se desdobla, si es que encuentro un editor. ¿A quién le va a interesar un diario de un hombre que se pasó diez años trabajando de bag boy en un supermercado de la Playa Albina. Y sigo con mi último diario, el que se publicará cuando ya yo esté en el cielo. Como ves, empecé en 1952, con los Rostros del reverso, y sigo inventándome. Y, para terminar, muchas gracias, Jorge Luis, por haberte ocupado de mí.


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