Actualizado: 06/12/2019 17:18
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Cultura

Literatura

Un cultivador del 'slapstick'

Texto leído durante la presentación del poeta Lorenzo García Vega en la Casa Encendida de Madrid.

Comentarios Enviar Imprimir

Lorenzo García Vega es el escritor cubano más extraño que pueda encontrarse hoy. No conozco lo suficiente los recovecos y rincones de la actual literatura española como para encontrarle en ella pares. Sin embargo, resulta relativamente fácil emparejarlo a ciertos escritores de América: un Macedonio Fernández, por ejemplo. Un Roberto Arlt, Gertrude Stein.

Dichos los nombres anteriores (a los que agregaría la prestancia de Witold Gombrowicz para no alcanzar madurez que sea marchitamiento), podrán hacerse ustedes una idea de la clase de escritor que es García Vega. O, mejor dicho, podrán hacerse ustedes una idea del escritor que Lorenzo García Vega no es.

Él ha confesado muchas veces, de uno a otro texto suyo, ser un no-escritor. Se ha autotitulado, antes que escritor, notario. Una vez y otra ha querido hacer creer a sus lectores que no avanza en escritura, que nunca llega a narrar nada. Para decirlo en términos de las viejas películas que refulgen en los cines de su memoria, Lorenzo García Vega es un esmerado cultivador del slapstick, de esas comedias mudas en blanco y negro donde Chaplin o Keaton recurren a las mayores elongaciones de la acción y acumulan peripecia tras peripecia con tal de extender lo más posible el camino entre un punto y otro.

Así, le suceden catástrofes continuas, cuanto agarra se le cae de las manos, llueven sobre él los objetos más disparatados, y cualquier paseo supone para él tropezones y caídas de fondillo. El gesto más nimio se le convierte en laberíntico, en odisea. Los cultivadores del slapstick someten el dinamismo a crítica severa. La perplejidad, que en tantos casos resulta paralizante, empuja en ellos al agitamiento. Y, como todo metatextual o metatextural (piénsese en Joyce o en Duchamp, los dos ejemplos más clásicos), Lorenzo García Vega resulta profundamente cómico.

Cierto que su comicidad no ha sido muy notada. Cierto que otros rasgos suyos han llamado, en lugar de lo cómico, la atención de quienes lo han leído, y la de quienes sostienen no necesitar leerlo para percibir su rencor, el rencor que sirve de motor a su escritura. García Vega es tildado de resentido, y se traen a colación páginas del que tal vez sea su libro más conocido, Los años de Orígenes, publicado en Caracas en 1979, agotado desde entonces, ignorado a la par que mitificado, y vuelto a editar en Argentina el año pasado.

En él rumia Lorenzo García Vega los años compartidos con José Lezama Lima y con el resto de los escritores de la revista Orígenes. Pero su ajuste de cuentas va más allá de los origenistas, y se extiende a los años prerrevolucionarios y a los primeros años del nuevo régimen. Más aún: se extiende al país y al autor que lo escribe. Y muchos de los que se niegan a aceptar la importancia de ese título lo hacen en nombre de un buenismo, como si la literatura viniese de fuentes muy claras, transparentes.

En efecto, Los años de Orígenes es un libro del resentimiento. Su autor ha dado y sigue dando muestras de ser un resentido. Pero es preciso considerar que la metaliteratura es puro resentimiento. Hay que reconocer que los cultivadores de esa suerte de slapstick, nadadores a contracorriente, son, por fuerza, resentidos. Y, dada la insistencia con que Lorenzo García Vega vuelve sobre ciertos episodios, ¿quién podría negarle su condición de resentido? Él resulta, a su manera, resentido y cómico.

Tiene gracia que vuelva ahora con el cuento del colchón abandonado en un descampado de Miami. Tiene gracia que vuelva con el cuento de un viaje en tren, proustiano e infantil, junto a su padre. Puede afirmarse que casi toda (o quizás toda) la obra de García Vega es el cuento y recuento, el resentimiento y requetesentimiento de un puñado de episodios. Puede afirmarse que esos episodios fijos encierran poco dramatismo, y que lo dramático (si acaso lo hay) consiste en alcanzarlos. Ahí está lo cómico, lo profundamente cómico suyo.

Esos episodios constituyen epifanías problemáticas. Lo ciertamente epifánico reside en la condición dudosa que ostentan. Y no es casual que la preocupación metatextual y la búsqueda de unas epifanías aparezcan emparejadas en él: tales intenciones no podían menos de andar juntas.

Un continuo descentramiento

Durante buena parte de su obra, Lorenzo García Vega pareció desvelado por alcanzar una novela de lo cubano, la novela cubana. Obsesionado por esa empresa, llegó a cometer el despropósito de una Antología de la Novela Cubana. Allí recopiló los episodios más sobresalientes de autores cubanos, redujo cada novela a alguna de las epifanías que éstas contuvieran. Leyó novelas con las maneras que se estilan para leer libros de poemas: descontando momentos muertos, tránsitos, explicaciones, concentrándose en los instantes privilegiados en que la prosa se alza de la prosa.

Aunque tal vez no constituya despropósito suyo una lectura de esta clase, y, al fabricar su antología, Lorenzo García Vega desencuadernó novelas tal como resultan desencuadernados sus libros y antologados sus momentos biográficos. Pues, llegado a cierto punto, su búsqueda de una novela cubana fue sustituida por una procurada memoria personal, una autobiografía que, lo mismo que la novela, se le niega, se le escurre entre los dedos, es el sombrero de pajilla que el viento alza del suelo cada vez que los dedos intentan pellizcarlo.

Luego de haber escrito un libro de memorias en torno al grupo origenista, García Vega emprendió unas memorias ( El oficio de perder) en las cuales apenas menciona a Lezama Lima y a sus colegas de revista. Como para demostrar que existe sustancia más allá de la pertenencia a aquel grupo, reservando para sí mismo su proverbial resentimiento. En lo adelante, no prodigará más sus tropezones y fugas para gloria de la novela de todo un país o de todo un grupo. Pensándolo mejor, la comedia está en él mismo, reside en su propio cuerpo, y no debe apartarse de él y de sus sucedidos. Escribir ese otro libro de memorias, El oficio de perder, le enseñó, según ha reconocido él, que aquello que había estado buscando (y presumo que todavía busca) es un continuo descentramiento.

Su búsqueda, consciente o no, del descentramiento arroja unos volúmenes decididamente curiosos. Como aquella antología de la que antes hablé. Para explicarse los libros que construye (buena parte de su prosa se va en formularse a sí misma), García Vega se acoge a ejemplos de distintas tradiciones. Al collage ("El collage es la expresión que más amo", ha sostenido). Al zuihitsu, género japonés que admite anécdotas, observaciones, descripciones, curiosidades, sólo por casualidad relacionadas entre sí. A las cajitas de un Joseph Cornell. A los caleidoscopios. A los catálogos…

Sus muy extraños libros, su incesante búsqueda del descentramiento, su tantalismo de cultivador del slapstick (la narración que huye apenas se la intenta, lo dispersante que le cae encima como una tarta en la cara o una patada en los fondillos), han hecho de él un escritor apasionante para unos jóvenes que juran la muerte o apagamiento de la literatura cubana.

Su parentesco con autores como Macedonio Fernández o Roberto Arlt, apuntado al inicio, lo han hecho ser leído entre los escritores argentinos, le ha brindado cobijo en varias editoriales de Argentina. En España, la editorial Renacimiento publicó hace tres años una de las dos ediciones (la otra es mexicana, de Puebla) de El oficio de perder. Ojalá que su presencia este lunes y la semana próxima en la Residencia de Estudiantes de Madrid contribuya a dotarlo de lectores españoles.


Los comentarios son responsabilidad de quienes los envían. Con el fin de garantizar la calidad de los debates, Cubaencuentro se reserva el derecho a rechazar o eliminar la publicación de comentarios:

  • Que contengan llamados a la violencia.
  • Difamatorios, irrespetuosos, insultantes u obscenos.
  • Referentes a la vida privada de las personas.
  • Discriminatorios hacia cualquier creencia religiosa, raza u orientación sexual.
  • Excesivamente largos.
  • Ajenos al tema de discusión.
  • Que impliquen un intento de suplantación de identidad.
  • Que contengan material escrito por terceros sin el consentimiento de éstos.
  • Que contengan publicidad.

Cubaencuentro no puede mantener correspondencia sobre comentarios rechazados o eliminados debido a lo limitado de su personal.

Los comentarios de usuarios que validen su cuenta de Disqus o que usen una cuenta de Facebook, Twitter o Google para autenticarse, no serán pre-moderados.

Aquí (https://help.disqus.com/customer/portal/articles/960202-verifying-your-disqus-account) puede ver instrucciones para validar su cuenta de Disqus y aquí (https://disqus.com/forgot/) puede recuperar su cuenta de un registro anterior.