Actualizado: 26/11/2020 16:04
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Cuba, Literatura, Literatura cubana

Mis obras cuentan mis pasos, de ninguna me arrepiento

Este domingo cumple 80 años Reynaldo González, un escritor de dimensión señera. En esta entrevista hace una suerte de rendimiento de cuentas, algo que, como él opina, aunque también corresponde a los demás, primero debe hacer cada uno, consigo mismo

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Para testimoniar nuestro respeto y admiración a una figura destacada de la cultura cualquier coyuntura periodística resulta legítima. Pero si hiciese falta una justificación de más peso, el arribar a los 80 años pienso que es una que nadie ha de objetar. Y a esa venerable edad arribará este domingo 23 de agosto Reynaldo González (Ciego de Ávila, 1940). Ocasión propicia para homenajear a quien, por su aportación trascendente y su autoridad decisiva, es un escritor de dimensión señera.

Para unas cuantas de las personas que presumiblemente lean estas líneas, esto último es sobradamente sabido. Pero como no lo ha de ser para otras, es pertinente que haga un breve resumen de la ejecutoria de González. El periodismo, la narrativa, el ensayo, la investigación, son los principales campos en los que ha desarrollado su faena, aunque no debe omitirse su significativa actividad como editor.

Se dio a conocer con una colección de cuentos, Miel sobre hojuelas (1964), definido por él como “el primer libro que no rompí”, y con Siempre la muerte, su paso breve (1968) se reveló como un novelista con una ambición formal y técnica y una voluntad de transgresión inusuales en la narrativa cubana de esos años. Las sucesivas reediciones que ha tenido ese libro —la última, de 2018— han venido a probar que sus valores se conservan inalterables, al cabo de varias décadas. González demoró más de 30 años en entregar a la imprenta su segunda novela. De acuerdo a él, supuso que no tenía la cultura necesaria para acometer la obra que quería y por eso se preparó para escribirla. Esa obra fue Al cielo sometidos (2000), ambientada en la España de finales del siglo XV. De ese salto en el espacio y el tiempo resultó una obra picaresca, llena de alusiones, citas y referencias cultas, que es un homenaje a la tradición literaria hispánica. Escrita con una prosa elaborada y barroca, a la vez que fluida y viva, constituye la obra de madurez plena de un autor que combina el talento con el rigor, y cuya lectura recompensa con sobradas gratificaciones.

La bibliografía investigativa y ensayística de González se caracteriza por una reflexión constante y lúcida de nuestra historia y nuestra cultura, por una preocupación por iluminar el pasado y traerlo al presente. Lo puso ya de manifiesto en La fiesta de los tiburones (1978), un testimonio narrativo que documenta la etapa de fundación de los grandes ingenios en el siglo XX. Su lectura hizo que Julio Cortázar lo definiera como “una verdadera fiesta. Qué placer abrirlo en cualquier parte y encontrar tanta vida, tanta savia”. En Contradanzas y latigazos (1983), González hizo un significativo aporte a la comprensión del siglo XIX, al ofrecer una visión mucho más realista, contrapuesta a la mitificada de la historiografía tradicional.

Igualmente esclarecedor fue el estudio de las radionovelas que hizo en Llorar es un placer (1989), en el cual, lo expresó Julio García Espinosa al presentar la segunda edición, González “hace de la historia un cuerpo vivo y del análisis profundo un profundo placer”. Con erudición y espíritu lúdico y burlón, en El Bello Habano (1998) se sumergió en la historia íntima del producto más universalmente conocido de la industria tabacalera cubana. En palabras de su autor, “es un viaje en el tiempo: el tabaco me sirve de pretexto y de contexto, me permite transitar nada menos que cinco siglos de historia y de cultura universal”. Y aunque no me propongo referirme a todos los títulos de su catálogo, mencionaré por lo menos los ensayos que ha dedicado a José Lezama Lima (El ingenuo culpable, 1988) y al arte cinematográfico (La ventana indiscreta, 1998; Cine cubano, ese ojo que nos ve, 2002) y Échale salsita. Comida tradicional cubana (1999), su inesperada incursión en el mundo culinario.

En todos esos libros, González convierte la memoria histórica, la información y el análisis interpretativo en literatura. Incorpora además una buena dosis de humor, elemento con el cual oxigena y combate la solemnidad. Todos esos valores justificaron que en 2003, el Premio Nacional de Literatura decidiera prestigiarse —con bastante retraso, todo sea dicho—, al incluir en su nómina de galardonados al autor de Siempre la muerte, su paso breve.

Se trata, además, de un escritor no solo admirado, sino también querido por muchos. Ante todo, porque es lo que se dice una persona decente, entendido este adjetivo con la acepción que le daba Jorge Mañach: el decoro esencial y la pulcritud de la conducta. Es también de los pocos a los que la fama no se le ha subido a la cabeza. Asimismo, no participa de esa indulgencia que llamamos cubaneo, sencillamente porque no le hace falta: se le desborda un criollismo que es de médula.

Tengo el grato privilegio de disfrutar de su amistad fina y leal. Data de los años 70, cuando él vivía en un apartamento en la calle 76, en Marianao (recuerdo que en el balcón vi por primera vez una ardilla, que tenía en una jaula). Laboraba entonces como redactor en la UNEAC y diariamente tenía que revisar muestras de la mala literatura que abundaba como la verdolaga en aquellos años lúgubres. Por eso, me comentó una vez, al llegar a su casa tenía como hábito abrir un volumen de Quevedo o de Cervantes para desintoxicarse.

En su compañía, este cronista ha pasado horas impagables, pues González colma a sus amigos de hospitalidad, gentileza y calidez humana. Los recibe con una permanente sonrisa de intacto candor, en los ojos un destello de vivacidad intensa y serena. Es un conversador delicioso, rico de agudezas y novedades mentales. Su charla es un regalo: amenidad natural, ágil sin ser trivial, generosamente interesado en afanes y gustos ajenos. Pulcro vigía del idioma, su palabra es esmerada sin pedanterías. Su dicción conserva la impecabilidad que hoy se echa en falta en muchos de sus compatriotas. Y a sus 80 años, González posee una venerabilidad que, sin perder su calidad augusta, es todo fervor y simpatía.

No voy a consumir más espacio, pues como se trata de una entrevista es González quien debe ocuparlo. Pensé que un cumpleaños tan señalado era una ocasión idónea para hacerlo hablar sobre sí mismo y sobre su fecunda trayectoria. Se lo propuse y una vez que me contestó afirmativamente, preparé un cuestionario, se lo envié por correo electrónico y a los pocos días tenía ya sus respuestas. Esta es la primera de las dos entregas en que se publicarán.

En tus inicios, ¿recibiste algún estímulo que te hiciera interesarte por la literatura?

Nací en una familia pobre, en un país subdesarrollado y dependiente, sin libros (eso podría ser todo el cuento). Debí mis primeras lecturas serias a la penicilina. Me explico: los antibióticos sintéticos llegaron a Cuba a mediados de los 40 y en la familia tuvimos un primo de los llamados tuberculosos encartonados. Con la sobredosis del fármaco, acumulada, podía morir de un susto, no en una hemoptisis.

Mi primo era un gran lector, suscrito a editoriales argentinas y mexicanas, con traducciones al gaucho transcultural y al cuate provinciano. Entiéndase: filosofías de postguerra y sentimentalidad machista “por mis pistolas”. Una vez leídos, los libros caían en mis manos. Me salté la bagatela ñoña para niños, sustituida por un tono dramático profundo. Y hallé un paciente bibliotecario, tan Benigno como su nombre, con ganas de enderezar a un cachorro extraviado. Me obsequió la literatura española, no la apaniaguada del franquismo, del que salió huyendo. En el cuadro familiar de madre viuda y tres mocosos acosándola —“pobres de solemnidad”, decía la etiqueta—, mal podíamos dedicarnos a librar el sustento en lo que fuera, sin tiempo para ilusiones.

Mi vida fue memorias del subdesarrollo y lo que el viento se llevó en un mismo rollo, un hombrecito atrevido, con ganas de hacerme escritor desde el primer amago. Lo primero, una novela cuyo mejor desenlace fue la decisión de quemarla. La precocidad no es solamente flor de cultivo, sino hija del atrevimiento, que puede salir torcida o mejorcita. Pero me sirvió de práctica. Debía aprender a sacarle supuestas metáforas sobrantes, un lenguaje de jarabe contra la tos y aprender que la novela es una suma de sucesos que implican a alguien en un sitio específico. En este caso Cuba, una república siempre levantándose, con arranques tribunicios, ni más ni menos buena y mala, gansterismo y guerra de guerrillas para tumbar al político corrompido de turno. En esa atmósfera comencé a ser persona.

¿Recuerdas cuándo empezaste a desear ser escritor?

Leyendo. En los libros del primo buscaba un asunto que no hubiese escrito otro, mira qué insolencia. En lecturas tipo olla podrida (ajiaco en Cuba: todas las verduras y todas las carnes), me sorprendían asuntos y palabras desconocidas, las guardaba en columnas “debe” y “haber” de un cuaderno de contabilidad, para buscarlas en el diccionario cuando mi madre descansaba de coser “para afuera”. Yo terminaría escribiendo “para afuera”, lo mío sería, como decimos hoy, cuentapropismo, no por obligación, que me repugnaría, sino para no parecerme a los demás. Llegué a tener una gran colección de palabras, las mostraba muy orondo mientras los niños vecinos exhibían sus soldaditos de plomo. Empecé a animarlas con historias y diálogos, y asomó el escritor cachorro.

En 1960, matriculaste en una escuela de artes plásticas. ¿Qué pasó con aquel interés por la pintura?

Me sedujeron las formas y los colores aplicados en una lámina. Desarrollé cierta habilidad para copiar el gato en el regazo de mi madre, los tiestos de nomeolvides y los limoneros en el patio vecino. Sin saberlo viví etapas realistas e impresionistas, incluso cubistas, según a quien copiaba, y me lancé a “crear” lo mío. Mi madre trabajaba de criada y traía a casa revistas y diarios, suplementos dominicales, imágenes y palabras que le disputaba a mis hermanos, un varón y una hembra mayores que yo en escala de un año por cabeza. Tomé a pecho todo aquello y amplié mi información. Dibujar y colorear fue una parranda para mi mente inquieta, me convencí de tener condiciones, llegué a exponer acuarelas y pasteles. No me castigaron por hacerlo.

La primera vez que me compraron un retrato, en los inicios de la revolución, fue un encargo del Sindicato del Comercio, un retrato de Lenin convocando al proletariado. Me pareció decente y le puse las iníciales V.I.L., correspondientes a Vladimir Ilich Lenin. Lo estrenaron en una asamblea con dirigentes provinciales, en el centro de una tribuna. Duró hasta que lo pilló uno de aquellos dirigentes con ínfulas de saberlo todo, insistente capricho de los políticos. “¡Cómo llamarle VIL a Lenin! ¡Es lo que dice el enemigo!”. Querían que les devolviera el dinero, pero ya me había comprado un par de zapatos con aquellos pesos. Al día siguiente me aparecí temprano, con una lata de pintura negra, un pincel y los zapatos nuevos, puestos. A Lenin le nació una línea oscura sobre el pecho que le daba dignidad de patricio.

A pesar de ese fracaso, en la crónica de una exposición colectiva exaltaron mis piezas por encima de otras. No me creí el piropo. Colgué la paleta y los pinceles. Supe que lo mío era luchar con las palabras, aunque también dejadas por un tiempo. Primero estaba enrumbar la lucha. Me juramenté con un grupo en lo único verdaderamente sagrado que conocí, yo tan sin cruz ni credo, la revolución. Bastó una rendija para que el hormiguero se alborotara, éramos un movimiento. El que no se organizaba se hacía de la vista gorda. Mi generación conoció ese rebumbio. Después vino un agrandamiento que lo calificó dándole nombres y lanzando órdenes con el dedo índice levantado. Me vi como se decía, “de los juegos a los asuntos”, enredado en esfuerzos y actitudes que asomaban en cada vuelta del camino. Pude ser maraquero, o pintor de brocha gorda, pero me armé con palabras del más consecuente antiimperialismo. Todavía siento esa cuerda y no me aflojo, aunque no siempre me convenzan las formas. Fue mi verdadero enamoramiento, mi único romance duradero, al sol y a la luz de la luna.

Tu primer libro fue el volumen de cuentos Miel sobre hojuelas. ¿Era realmente lo primero que escribías o contabas con textos anteriores?

Miel sobre hojuelas fue mi inicial intento de “atrevido joven del trapecio volador”, todavía de puro amateurismo, el primer libro que no rompí. La semana pasada una sobrina contó mis títulos, 18 publicados, de ellos ocho con el Premio de la Crítica y yo con el Nacional de Literatura. El asunto provoca una nebulosa mental en quienes entienden la vida como una tremolina de aprobaciones y pierden el pellejo de salva sea la parte porque les mejoren la situación, ya que no el estilo. Premios dados a obras no vienen mal, los que miro con sospecha son los que dan por méritos en… (ponle apellidos, que tienen muchos).

Eso de la política como dedicación totalizadora me eriza el espinazo, y ha ido demasiado lejos. Están los eruditos que otorgan premios como si ellos también los merecieran. Repiten, comen, engordan sin añadirle ni una arenita al párrafo. Desde el breve tiempo que dediqué a la página cultural de Revolución —su nueva fase, ya descompuesto el grupo de Lunes—, tomé en serio la literatura. Me cuidé incluso al narrar la lucha clandestina para tumbar al dictador. Y nació Miel sobre hojuelas, editado por Virgilio Piñera para Ediciones R. Casi de inmediato me sometí a la novela Siempre la muerte su paso breve, ganadora de la primera mención en el Premio Casa de las Américas.

Ambos libros trataron el asunto de la lucha clandestina y el entrabado generacional, al filo de la navaja. Me lo señaló Julio Cortázar cuando jugó a la rayuela con ellos en mi casa, después de una pausa impuesta que casi los desaparece, y a él también de nuestro ambiente. Esa novela tiene una historia azarosa. Al escribirla temí porque hicieron recogidas de homosexuales y yo tenía un personaje gay, Silvestre —que se da como la verdolaga—, revolucionario a su manera. Le apliqué los primeros cortes, para aligerarla antes de que fuera a la imprenta. De los jurados, el peruano José María Arguedas se había encariñado con el argumento y pedía información, preocupado.

Publicaron la novela porque ganó y eso estaba en las bases del concurso, pero no la mimaron, sino lo contrario. Toparon con ese personaje, demasiado para entendederas cortas. ¡Quién ha visto eso, el revolucionario es puro y duro como el mármol!, se estremeció una pechugona profesora universitaria, en el rol de viuda de Robespierre, con licencia para matar. Silvestre resultó un clavo en el zapato de quienes ansían ponerle moldes a la vida. Y un agravante de tijeretazos dados por mí, a ver si componía el desarreglo, pero no reduje la culpa. Mi empeño se explicaba en el ambiente represivo que perseguía al “pecado contra natura” (“no es contra natura porque está en natura”, argumentaba airado Lezama Lima), y más inquina despertó con la rauda traducción de Gallimard y las ediciones en Polonia y Alemania, países amigos o enemigos según las volteretas de ocasión. Vi con claridad que el mayor pecado era el héroe gay, presencia imperdonable.

La novela pagó culpas del autor, o el autor de la novela y nos sobrevino el silencio. Era, además, una polémica silenciada, que pasaran por debajo de la mesa y los ofendidos mudos. Que autoridades extranjeras no conocieran el desatino. Incluso las llamadas “rectificaciones” posteriores quisieron travestirlas porque hasta en los países más mierderos se sabe que son una bestialidad. Luego a las presuntas rectificaciones intentaron dorarlas como conquistas sociales. Hubo un funcionario que quemó los muñecos del Teatro Nacional de Guiñol convencido de que extirpaba el mal del liberalismo proimperialista. ¿Qué habría escrito Freud de ese incendiario? Yo temía comentar la situación en cartas a mis amigos extranjeros. Una paranoia nada incierta controlaba el menor descuido.

Después de varias operaciones ortopédicas y de 30 años, la novela apareció discretamente en librerías cubanas. Ya no estaba en Cuba (es hábito) una asesora de arma blanca cuyo “informe de lectura” empavorece. Lo guardo como reliquia ejemplar de una sanguinaria en acción. El techo me vino a la cabeza hasta 10 años después. Había purgado una pena que deseaban convertir en operación publicitaria de título “quinquenio gris”, cariciosa con el error oficial y rigurosa con las víctimas que escalaron el Everest en patines. Dejé constancia de esos tartamudeos en la edición reciente de la novela, que al fin salió como fue escrita, con los párrafos culpables y el maricón Silvestre, quien hizo justicia, aromatizado como una pomarrosa.

Dirigiste la página cultural del diario Revolución y fuiste fundador de la revista Revolution et/ and Culture. ¿Qué te aportó el quehacer periodístico de positivo o de negativo, si ese es el caso?

Siempre he pensado que soy un suertudo, si no me agarra un cortocircuito. A los 22 años salí recostado a la casualidad, por cooptación, que es como ganar la lotería. Finalizaba 1962, fui pionero en esos trajines. Pero caí por caer en gracia o era el único disponible para cubrir la dirección de la revista Pueblo y Cultura, que por accidente impropio debí convertir en Revolution ed/ and Culture, un inexportable producto de exportación.

Correspondió a un tirijale de poderes y repartos del gobierno cultural y emergí al centro de un teamwork curiosísimo: los viejos escritores Onelio Jorge Cardoso y Félix Pita Rodríguez, algunos de otra generación y los fotógrafos Luc Chessex, suizo, y Paolo Gasparini, italiano. Me apadrinaron o se compadecieron, y aproveché para ampliar no mis prometedores horizontes, como se dice, sino mis cercanos contactos para ganarme la vida y conseguir nuevos rumbos, por si acaso. En la buena racha me las arreglé para colocar reportajes y entrevistas en las publicaciones Bohemia, Revolución, Hoy, Casa de las América, Unión y otros, todo por el método “por si acaso”. Me volví un pulpo en el acápite “colaboradores”, una manera de estar sin gravitar en las directrices ni obligarme a compartir cantos de sirenas. Tuve lectores agradecidos porque no les imponía la papilla nuestra de cada día. Lo único que no me faltó fue suspicacia, desarrollé la costumbre del dentro y afuera de la dirección y no tanta cercanía con los políticos, que te embrollan.

Fueron años de trabajo sin descanso y ojo avizor. Resultó mi escuela de periodismo, incluidos cursos a los que asistí sin tener derecho a notas, qué me importaba. Luego llegó una remoción donde a muchos nos igualó la práctica con estudios incumplidos, gracias a ejemplos comprobables. A un montón nos hicieron periodistas con todo derecho. Si se piensa bien, esas oportunidades no se repitieron ni por rigores de estudios ni por dedazos. Si atendían a labor demostrada, yo era mucho más periodista que otros. En la pasión y en métier. A mi laboriosidad agradezco, principalmente una actitud de cuidada confrontación y aplicación callada. En el periodismo cultural, no político, asumí responsabilidades. Soy considerado el revistero de mi generación y algunas veces, en períodos malos para mí, colaboré sin firma ni pago. Disfruté porque el trabajo también puede ser divertido.