Actualizado: 17/11/2019 19:45
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Literatura

Una vocación infernal

«La buena literatura puede darse bajo tiranía, pero nunca sometida a ésta». Entrevista con el escritor Armando de Armas.

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Miami devora a sus escritores. En sus universidades hay sitio para espías, pero no para estos incómodos especímenes. Estoy encaramado en el Palmetto, atrapado en un atasco monstruoso. Suerte que el aire acondicionado del coche funciona a la perfección. Pero hay escritores que no se dejan devorar y continúan trabajando como posesos. Realizan trabajos ingratos y agotadores y, terminada la jornada, van a lo suyo, a su obra. Nada los detiene. Saben que la literatura es una vocación infernal. Que fuera de la literatura sólo cabe esperar el Infierno.

Uno de esos escritores es Armando de Armas, autor de un contundente, volcánico libro de cuentos, La mala jugada, y de varias novelas inéditas. Perdido en este mar de coches hirvientes concluyo que no llegaré a tiempo a la entrevista. Agarro el teléfono.

Armando, ¿quién es usted? ¿Qué busca? ¿Qué le impulsa? ¿Adónde quiere llegar?

Mira, no sé. En una época creí saberlo. Pero un día entendí de golpe que el autoconocimiento, si se alcanza, corresponde ya a un estadio de la sabiduría. La comprensión de ciertos aspectos suele llegarme de pronto, no por intelecto, sino por intuición. Iba por la vida muy seguro de quién era hasta que, envuelto en una de esas situaciones límites, de vida o muerte, me ocurrió eso que los ocultistas denominan "salirse del cuerpo".

Me vi desde atrás y en un punto encima de mi cuerpo, sufrí una sensación de extrañamiento y una pregunta tremenda: si yo estaba en un punto en el espacio fuera de mí mismo, ¿quién carajos era aquella especie de pelele violento que atacaba y se defendía como un poseso?, ¿poseído por quién?, ¿quién reflexionaba en tanto el otro accionaba?

Entonces, lo que busco es dar respuesta al menos a esas tres simples preguntas anteriores. Me impulsa una pulsión; pudiera decir que la patria, el mejoramiento humano, cualquier bobada de esas que los humanos intelectualizados encuentran para edulcorar o embellecer sus acciones, para dar sentido a sus vidas. Quiero llegar lejos, o, no lejos, sino hondo, al autoconocimiento, a la sabiduría, y, desde ese estadio contribuir al autoconocimiento, a la sabiduría de los otros, mediante el uso eficaz, ¡todo lo eficaz que pueda!, del instrumento narrativo y ensayístico; quiero llegar a iluminar ciertos rescoldos de la realidad, del hombre en su oscura y resbaladiza realidad.

Háblenos de sus años de formación, de sus experiencias como escritor en la Isla.

Me crié en una finca cerca de Santa Clara, en un lugar llamado Malezas; un sitio, por así decirlo, fuera del tiempo; en que los muertos y los vivos, la realidad y los sueños, se interrelacionaban en un maridaje sin rupturas; crecí oyendo historias de aparecidos y tesoros escondidos, historias a las que se daba tanta credibilidad como a las historias de una realidad dura y escabrosa, marcada por peleas de gallos, incestos, raptos de mujeres y duelos a machete, además del trabajo cotidiano y embrutecedor.

Allí, una noche, mi madre embarazada de mí, asaltaron la casa los terroristas del 26 de julio, y le pusieron una pistola en la sien a mi padre para quitarle una escopeta 16 de dos cañones; mi madre por poco aborta. Eso, creo, marcó mis relaciones con el poder que se acercaba.

Nací un 15 de octubre de 1958, ese día, para colmo, la misma gentuza había volado los puentes de acceso a Santa Clara y mi madre estuvo a punto de parirme sobre unos racimos de plátano en el Jeep que la llevaba; había, además, los ríos crecidos por un temporal de 15 días de una lluvia pertinaz.


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