Actualizado: 22/01/2022 2:37
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Literatura

Una vocación infernal

«La buena literatura puede darse bajo tiranía, pero nunca sometida a ésta». Entrevista con el escritor Armando de Armas.

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Toda esta vitalidad anómala, más el aprehender la novelística de la caballería y la picaresca, la simbiosis del pícaro y el caballero en el Siglo de Oro Español, es lo que vengo a reconocer como el fundamento de mi formación de escritor. Mi experiencia como escritor, y como escritor contestatario, es, por un lado, la de una bohemia desaforada y desafiante en la ciudad de Cienfuegos (adonde tuvo que emigrar la familia cuando yo tenía 16 años), a la vez que lograba un ritmo y una disciplina en la escritura (¡tenía tiempo, el Estado socialista no me aceptaba como empleado y yo, francamente, no lo deseaba como patrón!), y por el otro, la de mi vinculación al movimiento de derechos humanos y cultura independiente, la de los arrestos, los registros y los enfrentamientos, la de los juicios y las fugas.

En 1989 caí preso en Minas, Camagüey, provoqué un acto de desobediencia cívica; elementos de Tropas Especiales me atacaron con porras, adiviné darle un silletazo en la jeta a un teniente, en mala hora, se enfurecieron, rodé por el piso abracado a un milico, y el miedo, te juro, no a que me mataran porque yo estaba un poco enloquecido en la Isla, pero sí a que me desfiguraran la cara, el miedo hizo que me hiciera con la Makarov del que rodaba conmigo y entonces el miedo era de ellos.

¡Vieras las caras!, pero no pude disparar, no supe montar el juguete, no tenía instrucción militar alguna, ¡suerte, porque me hubiesen fusilado!, y entonces me cayeron a culatazos en la cabeza, me patearon en el piso, la gente empezó a gritar 'esbirros, ¡abajo el comunismo!', y los presos me recibieron golpeando las rejas en solidaridad, tenía la cabeza partida, cojeaba, y la ropa enchumbada en sangre, no me dieron atención médica.

El teniente al que di el silletazo había matado, ¡ese día!, de un tiro en el abdomen a un joven ya esposado; ¿por qué a él y no a mí?, qué misterio, ¿no?, el de la vida y el de la muerte. En un calabozo de Minas escribí mentalmente partes de la novela La tabla. De allí, en complicidad con un carcelero, escapé una madrugada descalzo y por sobre un muro preñado de picos de botellas y una alambrada. El miedo, la verdad, a podrirme en la cárcel me impulso a hacer aquello.

¿Escapó en una balsa?

No. En un barco bajo fuego de ametralladora y persecución de helicópteros, 600 millas por el sur de la Isla (la revista Lettre International de Berlín, tradujo y publicó una crónica mía sobre ese episodio).

¿Qué le parece la literatura cubana actual? Hágase dentro o fuera.

La verdad, bastante desabrida, como todo lo que se hace hoy en Occidente. Nos salva quizá, paradójicamente, el hecho de padecer por medio siglo la tiranía más feroz del hemisferio. Ese horror determina que dentro y fuera de la Isla haya al menos dos o tres voces, ¡lo cual es bastante!, que distanciadas del discurso al uso puedan decir algo realmente genuino. La literatura es hija de la desgracia; de ahí su inequívoca vocación infernal.

¿Cómo ha afectado a esa literatura la represión, la falta de libertades, el chantaje ideológico institucionalizado?

Ha domesticado, aherrojado y envilecido a la mayor parte. Hay otra que fue a parar a los archivos secretos de la Seguridad del Estado, la mejor tal vez, sólo leída por oligofrénicos agentones. Y otra parte que, al margen o en contra de la inquisición marxistoide, ha logrado cierta dignidad. La buena literatura, creo, puede darse bajo tiranía, pero nunca sometida a la tiranía. Por otro lado están los escritores, el rabo caracoleante la mayoría, marginados muchos, presos unos, exiliados los otros; en fin…

Sus relatos reflejan ambientes enrarecidos, atravesados por personajes atormentados y en gran medida envilecidos por la sociedad…

Un amigo, Mokongo de la Sociedad Secreta Abakuá, me dijo un día respecto a su díscola existencia: 'viví lo que me tocó'. Yo puedo decirte lo mismo con el agravante de que, ¡con ese impudor que ha de caracterizar a todo escritor que se respete!, no sólo viví lo que me tocó, sino que lo escribí.

Por otra parte, en una sociedad regimentada como la comunista (regimentación, hay que decir, que cada vez más sufre la sociedad moderna en general). Es ahí en los ambientes enrarecidos que escapan al ojo orweliano donde se puede encontrar cierta originalidad y clase; es ahí donde, por ejemplo, encontré reminiscencias vivas de los códigos de honor del caballero medieval.

El sexo es importante para sus personajes…

Heráclito dijo que la guerra era el padre de todo y Freud elaboró su modelo teórico en base a que el sexo sería la madre. Yo me inclino a creer que detrás se encuentra el Demiurgo manifestándose a través del sexo y la guerra, de Eros y Thanatos. Las relaciones de sexo donde se expresa el misterio fundamental de la divinidad en clave de geometría, La Trinidad, y aun La Cuaternidad que el dogma procura eludir, es una experiencia que no debería perderse un escritor genuino; se dotaría así de una linterna eficaz para que sus personajes escudriñen en la oscuridad de la condición del Hombre.

Vive en Miami, ¿cómo trata esta ciudad a los escritores cubanos?

No los trata. La que si los trata, y muy mal por cierto, es la izquierda convenientemente atrincherada en los medios académicos y las casas editoriales europeas que por acá acampan.

Mira en FIU el caso de los profesores Elsa Prieto y Carlos Álvarez, acusados ahora de espiar y reclutar para Castro. Cualquiera diría que eso conmocionó a dicha Universidad, que es pública y se encuentra en la ciudad donde más víctimas del régimen sobreviven. Nada de eso, no había pasado una semana y ya FIU prestaba sus instalaciones para un evento donde castristas y chavistas promocionaban esa especie de Granma de la pantalla que es Telesur.

Los cubanos, a mi juicio, estamos enfermos de patrioterismo (que es la vileza del nacionalismo, exacerbada). En el exilio, a esta endogámica, victimista y rimbombante visión de nosotros mismos, se añade el servilismo en la relación que mantenemos con Estados Unidos, que se dedica desde hace muchos años a coger nuestro dinero y darnos de vez en cuando una patada en el trasero. ¿Vislumbra alguna esperanza en el futuro?

Nadie escapa a su destino. Ese patrioterismo (izquierdizante por cierto, y tanto que al menos de la Revolución del 33 para acá, las lides electoreras y los cuartelazos en la Isla se libraron siempre entre la izquierda y la izquierda) nos llevó a salirnos de una relación conveniente con Estados Unidos en la República y a la condición de satélite soviético.

La historiografía a uno y otro lado del espectro ideológico suele asegurar que con la derogación de la Enmienda Platt comenzó nuestra mayoría de edad como nación. No estoy tan seguro. Y en el supuesto de que tan entusiasta afirmación fuese verdad, qué clase de adultos irresponsables fuimos que a los pocos años de ganar la mayoría de edad entregamos alegremente la nación a un gángster político; a unos poderes internacionales contra los cuales, precisamente, preveía la denostada enmienda; un apéndice que, por otra parte, no nos ataba más al imperio norteamericano que lo que, ahora mismo, ata a los libérrimos canadienses a la corona británica su pertenencia al Commonwealth.

¡Pero qué va!, eso era mucho para nuestros patrióticos corazoncitos antillanos. Hoy, por ley pendular, los cubanos están, a una y otra orilla, más determinados por los designios estadounidenses que nunca.

Nadie respeta a los que pierden su libertad, aunque hay gente en la Isla y en el exilio que lo ha entregado todo por recuperarla (las cárceles están llenas en Cuba y, curiosamente, hay cubanos presos en Estados Unidos por buscar esa libertad). La verdad es que los poderes establecidos, sobre todo en la Europa solidaria y en la Latinoamérica hermana, prefieren pactar con el vencedor: ese macho viejísimo que provoca orgasmos múltiples a progres y retros por igual.

Y si nadie escapa al destino, menos a la geografía, o a la geografía como destino. ¿Esperanza? La que se vislumbra pasa, quizá, por asumir la geografía y fortalecer la cultura; la Cultura como patria posible.


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