Actualizado: 20/05/2022 11:41
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A debate

Adiós imposible

Que la política republicana y Fidel Castro atrajeran a su sartén el relato heroico, es harina de otro costal.

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¿Era posible la resistencia pasiva —conjeturando que el autonomismo hubiera llegado tan lejos— en una colonia donde se asesinó, exilió o encarceló, sobre todo a centenares de libertos negros y mulatos, porque entendió el poder que ascendían peligrosamente en su nivel económico, según numerosos expertos han dejado más que claro al investigar la famosa Conspiración de la Escalera? Y por encima del asunto racial, ¿no basta con el testimonio de El Presidio Político en Cuba?

La paradoja que envuelve al autonomismo isleño habita en que la ideología de la independencia, en la obra de Martí, comprende y rebasa, con creces, la de esa rama política, cuyos líderes —y esto es capital— recibieron el fuerte rechazo de intelectuales como Juan Gualberto Gómez y Rafael Serra.

La causa del rechazo —tanto en el XIX como a varios de sus ex portavoces en el XX— tiene como base el determinismo racial que los empapa. Lo que Juan Gualberto ensalza en el autonomismo es su propaganda en beneficio de la clase media, algo muy legítimo en política, pero que no traspone los marcos de la colonia, como afirma el autor que nos ocupa. Por descubrir tal manquedad, el intelectual matancero nunca se convertiría en autonomista.

Gómez y Serra saben que, como diría Antonio Maceo, el autonomismo "es separatista en el fondo". Sin embargo, hay una diferencia de mucha nota entre ambos campos: la insurgencia en general cree en la capacidad de los cubanos para gobernarse, mientras el otro no comparte esa fe, y en especial, por la faja negra y mulata de nuestra población. El tan lisonjeado Enrique José Varona imprimió, más de una vez, su huella racista. ¿Era nacional el pensamiento a que aludimos si generó una ideología que no contemplaba a la población de origen africano? ¿Estaba habilitado para ser realmente un partido de masas?

Un camino insorteable

En las expresiones citadas de Maceo, que no aparecen en los dos tomos de sus cartas y documentos publicados en 1998, se da cuenta de la suposición del autonomismo de que por medios pacíficos se llegaría a la independencia con economía de sangre. El intento autonomista de hacerse escuchar y así persuadir a la metrópoli era poco menos que vano porque los oídos de Iberia eran todavía medievales.

Entre 1878 y 1895 tuvieron los autonomistas 17 años para demostrar la eficacia de una estrategia ayuna de activismos fecundos (de gabinete, como la llamara Martí, o de gestión inútil, como la tacha Maceo), que no restó impulsos ni a la terquedad colonial ni a la rebeldía. Para muchos líderes, para un largo fragmento de la clase pobre de raza blanca y para la mayoría negra en nuestras guerras (Cisneros Betancourt y Martí subrayaron esa mayoría), la lucha armada aparecía como camino insorteable.

La revolución de 1868 no surgió como consecuencia del apresuramiento de un grupo de cabecillas para obtener libertades que invadían el quehacer internacional desde hacía muchas décadas, sino desde frustraciones reiteradas en pro de obtener concesiones auténticas por parte de España. Esto condujo al 68.