Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Con patria pero sin amo

¿A qué Martí debemos acudir para justificar la represión? ¿Al construido por Castro y explicado por Vitier y Retamar?

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Parecería que uno debe de estar agradecido al victimario por habernos respetado la existencia a pesar de la injusta cárcel y las torturas, de obligarnos a ir al exilio por una temporada imprecisa, interminable y que para algunos ha sido definitiva, como lo prueban los fallecimientos recientes de Celia Cruz, Guillermo Cabrera Infante y Antonio Benítez Rojo.

Nicolás Guillén trazó en un par de poemas el perfil del exiliado antes y después de 1959. Primero cuando le tocó a él antes de que llegara el comandante en jefe: "Mi patria en el recuerdo / y yo en París clavado / como un blando murciélago. / ¡Quiero / el avión que me lleve, /con sus cuatro motores / y con un solo vuelo" ( Exilio).

Una vez instalado en el cargo de presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) cambió el tono triste y nostálgico por el del reproche contra quienes habían tomado el rumbo que antes él había cantado: "Tú que partiste de Cuba, / responde tú, / ¿dónde hallarás verde y verde, / azul y azul, / palma y palma bajo el cielo? / Responde tú /…Tú que tu lengua olvidaste, /responde tú, /y en lengua extraña masticas / el güel y el yu, / ¿cómo vivir puedes mudo? / Responde tú /…Ah desdichado, responde, / responde tú…" ( Responde tú…).

Duro oficio

Precisamente la mudez se pierde en el exilio, pues desaparecen el temor a la represión y al control policial sobre las palabras, pensadas o pronunciadas, escritas o por escribir. La literatura deja de ser un ejercicio exclusivamente mental para convertirse en grafía libre, con la única consecuencia de provocar indiferencia o aceptación entre los lectores, cuyo acto más agresivo, en un contexto democrático, consiste en abandonar la lectura de los libros y dejarlos caer como ladrillos.

No obstante, en las dictaduras de derecha y de izquierda el lector parapolicial tiene prerrogativas sumamente peligrosas y dañinas para la salud de los escritores.

Por ejemplo, la poeta María Elena Cruz Varela fue asaltada y agredida en su casa, en 1991, a raíz de haberse manifestado en contra del gobierno. Unas doscientas personas, incitadas por la policía, irrumpieron en su apartamento en La Habana de donde la sacaron a la fuerza y la arrastraron por las escaleras mientras le gritaban: "¡Abajo los gusanos!". Se lanzaron disparos al aire. Luego le metieron en la boca papeles suyos mientras le decían: "¡Come, come tu cochina propaganda! ¡Que le sangre la boca, que le sangre!". Luego fue arrestada, enjuiciada y condenada a dos años de cárcel.

Qué duros oficios los del insilio y del exilio para parafrasear a Nazim Hikmet, sobre todo cuando se está casi huérfano de solidaridad. En su ensayo Nuestra América y la crisis del latinoamericanismo, Santí aborda el asunto en la época de Martí y en la presente:

"El hecho de que los contemporáneos iberoamericanos de José Martí nunca movieran un dedo para reconocer su derecho político a su país —como de hecho ocurre hoy cuando muchos de los descendientes de esos contemporáneos suyos le[s] niegan ese mismo derecho a cubanos exiliados, descendientes de Martí, a una tierra que no ha dejado de ser suya— no contribuye a hacer de esta recurrente situación algo justificado, racional, o deseado. Sólo lo convierte en algo mucho más triste, mucho más trágico, mucho más patético".


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