Actualizado: 24/05/2024 14:27
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Daño Antropológico, Festinger, Mal

De la «Banalidad del Mal» al «Daño Antropológico» (II)

Este trabajo aparecerá en tres partes

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Sin pretender un cambio al concepto de Daño Antropológico muy bien definido por el laico Dagoberto Valdés, este trabajo intenta un paralelismo con la llamada Banalidad del Mal, descrita por Hannah Arendt, y quizás ir más allá de lo diagnóstico: cómo se pudiera producir y cómo recuperar lo humanamente perdido tras la anulación del ciudadano, del Ser Persona. Puede que la mejor aproximación a ambas definiciones es lo que sucede con las sectas; sus inicios, desarrollos, y consecuencias.

Para tal explicación la Teoría de la Disonancia Cognitiva descrita por el psicólogo social L. Festinger es de una ayuda inestimable. De modo sencillo, todos los seres humanos tenemos un “mapa mental”, formado por los valores de la familia, la sociedad, con sus costumbres y reglas, el mundo y el tiempo donde se inserta cada individuo. Aunque el exterior del “mapa” suele cambiar, y también el universo más próximo, como la propia familia, ciertos valores, ancestrales, trasmitidos por generaciones, poco varían.

Pongamos como ejemplo el valor sagrado de la vida. En el mapa de determinado pueblo, el asesinato, la muerte provocada por otros hombres, no tiene cabida en la cartografía mental de la gente. La disonancia o “ruido” se producirá en esas personas cada vez que oigan o vean un asesinato. Como la cognición no es otra cosa que un pensamiento estructurado a través de la experiencia y con un componente emocional, la muerte de otro ser humano por violencia siempre causará “ruido en el sistema”.

Una vez producida tal disonancia, el humano está condicionado, viene “así de fábrica” para reducir el “ruido”. Una forma es responder al ruido confrontándolo en ese mismo nivel de manera consonante: condenar el asesinato sin remilgos, medias tintas. Otras maniobras contra-disonantes, reductoras del molesto sonido pudieran ser irse por encima de nivel de la disonancia provocando un ruido mayor. Ante un asesinato “legal” por fusilamiento decir “hemos fusilado, fusilamos, y seguiremos fusilando”; frente a la práctica abortiva desmesurada decir que el aborto es una práctica de planificación familiar. Por último, negar la disonancia es no hacerle caso, incluso incorporarlo como parte del mapa.

Al producirse la disonancia, en la primera fase ocurre el llamado desorden cognitivo: “¿Qué es esto?” “¿Qué está pasando aquí?”. El desconcierto de ideas y emociones paraliza al individuo. Si no lo condena, consonancia, para seguir adelante necesita reordenar pensamientos y afectos en otro nivel: “bueno, el asesinato bajo determinadas circunstancias sea aceptable, incluso necesario”.

Regresando al laboratorio social que son las sectas, casi siempre el candidato es sometido a una prueba difícil, que va contra sus principios éticos, sus valores familiares y sociales. Las mafias operan de igual modo pues, como las sectas, poseen lenguaje propio y dinámica definida. Una vez superada la fase de anulación primaria, disonancia y de reordenamiento del mapa cognitivo –donde el individuo ha perdido todo referente anterior— procede la mente humana a la llamada reestructuración cognitiva: el asesinato es posible, necesario para determinadas personas; es un “honor” apretar el gatillo, convertirse en una “efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.

La delación es otro ejemplo de reestructuración cognitiva, muy útil a los regímenes totalitarios, y sin la cual, ninguna dictadura podría sobrevivir. El chivato ha sido tradicionalmente un ser despreciable —Roma paga a los traidores, pero los desprecia. Colocados los delatores en el noveno y ultimo círculo del Infierno de Dante, ¿cómo es posible que el soplón sea convertido en héroe, y que él mismo llegue a considerarse un buen ciudadano? El proceso es complejo. Explicado en muy pocas palabras, depende de cómo veamos al otro, como se incorpora el prójimo al mapa mental.

Uno de los más atroces genocidios ocurridos en África cegó la vida de 800.000 tutsis, asesinados a machetazos. Como los nazis llamaban a los judíos, los hutus los califican de “cucarachas peligrosas”. Para justificar la invasión a Ucrania, Putin ha hecho creer que su vecino es un país donde el nazi fascismo impera. En Cuba los opositores son “gusanos”, los marielitos “escorias”, los emigrados o no complacientes, apátridas y no cubanos. En Venezuela, escuálidos. Entonces… ¿Por qué asombrarse cuando una “masa enardecida” arremete, con palos y piedras, contra protestantes pacíficos? ¿Por qué escandalizarse cuando un padre, un hermano, una madre delata a su propio hijo, cucaracha, escuálido, gusano?

El Daño Antropológico pudiera ser, desde el punto de vista psico-social, la reestructuración cognitiva de todo un pueblo; allí donde los valores familiares, sociales y espirituales de toda la nación han dado paso a lo que conocemos y sufrimos: una sociedad desmotivada, que siente lastima de sui misma, y cuya única opción —muchas veces incentivada— es la emigración a otras tierras. El valor de la vida no nacida, el trabajo como realización personal, la familia como principio y fin de todo, la solidaridad con subsidiariedad, y la participación real del ciudadano en la vida política desde la diversidad son parte de antiguos mapas que con esmero el comunismo cubano ha combatido frontalmente con denuedo.

Llegados a este punto donde cabria hacerse las siguientes preguntas: En Cuba, ¿Cómo se produjo ese proceso de reestructuración cognitiva-daño antropológico de manera tan rápida y eficaz? ¿Serán permanentes las pérdidas de los valores que dieron a la nación cubana su identidad “martiana” —otra apropiación cognitivamente reestructurante? O sucede que la cubana, llegado el convite comunista, no era otra cosa que una sociedad inmadura, proclive a cambiar de mapa como se cambia de camisa en el Trópico?


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