Actualizado: 23/09/2019 10:00
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El debate marxista

Junto a la disidencia, el exilio, La Habana y Washington, ¿existen vías alternativas para conocer la realidad cubana?

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Sorprende el afán de los marxistas cubanos por encontrar asideros en un mundo que sobrevive en medio de las ruinas. Habitan un país con un sistema que no llegó a derrumbarse —como ocurrió con el socialismo en Europa Oriental—, pero que lo único que ha logrado es una salvación fragmentada.

Alguien con un convencimiento verdadero en la existencia de un porvenir para el socialismo —no viene al caso referirse a los montones de oportunistas— se enfrenta a la paradoja de vivir en una nación cada vez más alejada de este sistema político.

Al tiempo que su vida es regida por un gobernante alabado como símbolo de la resistencia anticapitalista, encuentra que esa misma resistencia le impide emprender las transformaciones que cree pudieran evitar una vuelta a una sociedad basada en el lucro. Da la impresión que sus planteamientos sobre el futuro resultan más bien una racionalización para justificar el aferrarse al pasado.

Fidel Castro ha sobrevivido a la caída del Muro de Berlín, libre aún de las huellas de su fracaso. La Habana, los cubanos de a pie, los dirigentes y funcionarios, una pared de una casa, la sombra tranquila de cualquier árbol, no. Políticos y mandatarios latinoamericanos viajan a la Plaza de la Revolución, pero no se detienen a copiar la experiencia cubana. Hugo Chávez y Evo Morales no paran de mencionarlo, pero ni el primero —tras varios años— ni el segundo —en pocos meses— parecen dispuestos a imitarlo fielmente.

Cuba sigue siendo una excepción. Se mantiene como ejemplo de lo que no se termina. Su esencia es la indefinición, que ha mantenido a lo largo de la historia: ese llegar último o primero para no estar nunca a tiempo. No es siquiera la negación de la negación. Es una afirmación a medias. No se cae, no se levanta.

Paralelismos inevitables

Hace aproximadamente año y medio, un grupo de especialistas llevó a cabo un acto singular en la Isla. Celebró una mesa redonda sobre un tema de cuidado: "¿Por qué cayó el socialismo en Europa Oriental?". No es que fuera un asunto prohibido de mencionar. Tampoco se trataba de una reunión secreta. Ninguno de los participantes sufrió represalias.

Además de la seriedad del debate, es imposible pasar por alto las posibles analogías que una discusión de este tipo genera en Cuba. Más de un comentario descubre una crítica que trasciende a lo ocurrido en la desaparecida Unión Soviética (URSS) y en los países socialistas. No hay que buscar paralelismos y diferencias para que esto ocurra. Es inevitable.

La sombra protectora de quince años transcurridos de la caída del Muro de Berlín a la realización del encuentro, propició el debate. Pero la existencia de las semejanzas también debe haber hecho pensar en la pregunta que nadie formuló: ¿por qué no cayó el socialismo en Cuba? Se puede responder que esta interrogante merece otro debate. Pero también que no es posible en la Isla un análisis a fondo al respecto, con igual libertad de criterio. Se puede hablar del otro para eludir el no poder hablar de sí mismo.

Refiriéndose a la URSS, dice uno de los panelistas, el profesor de la Universidad de La Habana Julio A. Díaz Vázquez, que el "sistema tenía su sustento en la ideología, de la cual se pasaba a la política, y de ésta a la economía". Agrega más adelante que el Partido Comunista soviético fue convertido en un órgano político que terminó sustituyendo todos los medios representativos de la sociedad. Habla de que, tras la guerra civil, el verdadero poder radicaba en el Ejército Rojo.


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