Actualizado: 19/10/2017 11:37
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EEUU, Trump, Rusia

El jelengue con los rusos

Todos los Estados se espían unos a otros y recurren a la guerra cibernética como continuación de la política

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La cruda realidad del mundo globalizado e interconectado muestra hechos que se caen de la mata del poder político, fraccionado entre diversos Estados con disímiles potenciales de ejercicio. De acuerdo con estas potencialidades:

  • Todos los Estados se espían unos a otros y recurren a la guerra cibernética como continuación de la política. Nada tiene de extraño que Moscú haya tratado de malear la base informática de las elecciones en EEJJ, tal y como efectivamente maleó el Comité Nacional Demócrata (CND) la base electoral de carne y hueso de Bernie “El Loco” Sanders para favorecer a Hilaria Clinton.
  • Todos los jefes de Estado y Gobierno prefieren a determinado candidato al poder en otro Estado. Nada tiene de extraño que Putin haya preferido a Trump en vez de a Hilaria.
  • Todos los candidatos al poder en EEUU tienen a su vez que ir hablando antes de las elecciones con rusos y chinos, iraníes e israelíes, británicos y franceses, para adelantarles perspectivas e ir tanteando el terreno. Nada tiene de extraño que el General Flint haya hablado con el embajador ruso Sergei Kislyak, tal y como hizo Kissinger, por ejemplo, con el oficial de la KGB Boris Sedov antes de que Nixon saliera electo.[1]
  • Todos los funcionarios de campaña, equipo de transición y administración de cada presidente americano no tienen que ni deben abstenerse de contactar a funcionarios y empresarios, académicos y agentes rusos, ni arrepentirse de haberlo hecho antes. Nada tiene de extraño que Jeff Sessions, Jared Kushner u otros allegados a Trump se toparan o reunieran con Kislyak u otros personajes rusos.[2]
  • Todas las mega-corporaciones multinacionales con sede en EEUU tienen y pueden hacer negocios con Rusia y cualquier otro país que no esté en guerra o sujeto a embargo. Nada tiene de extraño que Trump Organization haya hecho negocios con entidades rusas o vinculadas a Rusia. Ni que Donald Trump Junior haya declarado en 2008: “Russians make up a pretty disproportionate cross-section of a lot of our assets (…) We see a lot of money pouring in from Russia”. Ni que el CEO de Exxon, Rex Tillerson, ahora Secretario de Estado, tuviera larga relación de negocios con Rusia y recibiera de Putin en 2013 la Orden de la Amistad.
  • Toda potencia global tiene que dar prioridad a determinado enemigo en cada tramo de la historia. Nada tiene de extraño que Trump haya twitteado: “Moscow is a very interesting and amazing place! U.S. must be very smart and very strategic”. Ni que busque aliarse con Rusia para liquidar a ISIS, tal y como Franklin Delano Roosevelt se alió con la Unión Soviética para liquidar a Hitler.[3]

Así y todo, la civilización americana del espectáculo revuelve estos hechos para urdir conexiones y entretenernos con que Trump entró en colusión con Putin, esto es: pactó con él para dañar el orden político estadounidense, desbancando primero a Hilaria en las elecciones y promoviendo después los intereses de Rusia en el ejercicio del poder ejecutivo.

Solo que la comunidad de inteligencia estadounidense investiga la conexión rusa de Trump y sus allegados o funcionarios desde la primavera de 2016 sin dar con nada. No importa. Todos y cada uno de los hechos anteriores se retuercen por la bandería demócrata perdedora e incluso por la alta nomenclatura del propio Partido Republicano, resentida tras haber sido desplazada por un Trump que ejerce el poder como le viene en ganas y sin cobrar su sueldo como presidente.

La investigación se desplegó con el Comité de Inteligencia (Cámara de Representantes) y hasta un fiscal especial para que el fantasma de Nixon recorra la Casa Blanca. Sin embargo, una cronología resumida de la investigación da idea aproximada de cómo las filtraciones de chismes y la maraña influyen en el ejercicio de la gobernabilidad democrática en EEUU.

  • Hacia septiembre de 2015, el agente especial del FBI Adrian Hawkins informó al CND que su red de computadoras había sido pirateada por Dukes, grupo de espías cibernéticos asociados al Kremlin. No le hicieron caso. Ahora filtraron que la inteligencia rusa trató de piratear a la empresa VR Tech, con sede en la Florida, que vende parafernalia informática para los procesos electorales, aunque sin consecuencias para los resultados en las urnas.
  • Hacia la primavera de 2016, la CIA recibió intel de algún servicio secreto de Europa Oriental sobre cierto complot del Gobierno ruso para interferir en las elecciones 2017 con fondos enviados a la campaña de Trump a través de intermediarios
  • Un comité de acción política (PAC) republicano contrató a Christopher Steele, exespía del MI6 en Moscú, para que investigara a Trump. Su dossier de 35 páginas saldría en Buzzfeed y mete dos cuentos esenciales:
    • La campaña de Trum recibió fondos de Rusia a través de remesas a jubilados ruso-americanos, que pasaban después el dinero a la bandería trumpista. Los consulados rusos en Washington D.C., Nueva York y Miami habrían entregado “tens of thousands of dollars” a agentes rusos para influenciar en las elecciones.
    • Trump había usado a prostitutas como personal de servicio en la suite presidencial del Hotel Ritz Carlton, durante el Concurso Miss Universo 2013 en Moscú, y la inteligencia rusa tenía un video comprometedor de Trump diciéndole a una de ellas que orinara sobre la cama, porque Obama había dormido allí antes.
  • No hay consulado ruso en Miami ni nadie ha visto el video, pero ambos chismes se colaron en el informe oficial que la CIA circuló a la Casa Blanca, al Congreso y al propio Trump. El dossier de Steele cogió fuerza —antes de publicarlo Buzzfeed— luego de que McCain consiguiera una copia que pasó al Director del FBI James Comey. Este se tragó el dossier entero, porque Steele tenía reputación como espía británico. Comey ni siquiera reparó en quién pagaba a Steele.
  • La investigación seguía andando mientras Trump pujaba contra la alta nomenclatura del GOP para nominarse. La bandería demócrata no daba mucha contracandela electoral todavía con la colusión Trump-Putin, porque la victoria de Hilaria se daba por segura. La comunidad de inteligencia había entrado a fondo en los fondos, así como en los negocios de Trump y los antecedentes del personal de su equipo sin encontrar nada de colusión con los rusos. Y en eso llegó noviembre de 2017.
  • Trump perdió la votación popular (46,1 % contra 48,2 %), pero ganó (306 votos contra 232) en el colegio electoral, sobre todo porque superó a Hilaria en 7 de los 11 estados decisivos (battleground). En los demás rige el eslogan de Fidel Castro: ¿Elecciones para qué? pues se sabe de antemano qué partido ganará.
  • Y como Trump venía lidiando no solo contra Hilaria, sino contra casi toda la prensa y hasta la alta nomenclatura del GOP, la realidad del hecho nos golpeó a todos. Hilaria supo que era cierto: que en una elección se triunfa o se pierde. Solo quedaba por urdir que la elección no había sido verdadera.
  • Primero se recurrió a expertos en informática y elecciones para demostrar que la victoria de Trump era “estadísticamente” imposible sin interferencia. El candidato del Partido Verde, Jill Stein, pidió recuento en los estados battleground Michigan, Wisconsin, y Pensilvania. Así afloró la primera oportunidad de probar ante los tribunales que Rusia había pirateado las elecciones, pero ni Stein ni nadie pudo probarlo. La judicatura federal encontró apenas mentiras al descaro e insinuaciones, junto con imputaciones por simple asociación. Y por ironía salió a relucir que, efectivamente, hubo fraude electoral en Detroit: Hilaria recibió allí más votos que el número de electores registrados.
  • La bandería perdedora cambió entonces de palo de piratería informática para rumba de colusión. Aquí incluyó toda conexión entre cualquier allegado a Trump y cualquier ruso que pasara cerca. Se armó el circo mediático para otra edición del libro The Manchurian Candidate (1959) o más bien un remake de las películas idem (1962 y 2004). Hubo jolgorio al filtrarse primero que el general Flint había hablado con el embajador ruso por teléfono pinchado y después, que el propio Trump había revelado un secreto al canciller ruso, Serguéi Lavrov, como si Washington no tuviera la obligación de pasar al resto del mundo la intel específica —preparativos de sabotajes de ISIS con laptops y otras cosas aún permisibles en aeronaves— y el resto del mundo no pudiera imaginarse que este tipo de intel viene del Mossad israelí.

Y así toca el turno al Super Bowl de Comey ante el comité congresional y este show proseguirá con otros espectáculos, que incluye a los analistas políticos que abogan por enjuiciar a Trump (impeachment) o declararlo incompetente, conforme a la XXV Enmienda, para que Pence asuma. De este modo el establishment podría consolarse un tanto de la isquemia que causó un personaje emergente, con toda naturalidad, de ese circo mediático que son las elecciones en EEUU.


[1] Kissinger viene a colación porque habló por línea telefónica segura, grabó todas las conversaciones, mandó a transcribirlas y pasó a Nixon memo de cada una de ellas. Flint no hizo nada de esto, aunque debía hacerlo.

[2] Paul Manafort es el contraejemplo, porque su conexión rusa arrastraba un escándalo con el magnate quasi-mafioso ruso Oleg Deripaska, derivado de la compraventa de la compañía ucraniana de televisión Black Sea Cable y asociado a un partido político ucraniano pro-Rusia. Justamente por eso salió del entorno trumpista en agosto de 2006.

[3] La objeción del senador John McCain (R-AZ) de que Rusia es más peligrosa que ISIS suena a cosa de viejo por la vieja herida que le abrió Trump al declarar en julio de 2015: “He was a war hero because he was captured. I like people who weren’t captured”.


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