Actualizado: 03/12/2021 11:36
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| Opinión

Una crisis y tres preguntas

«El liberalismo puro nunca ha existido»

Mauricio de Miranda, director del Departamento de Economía de la Universidad Javeriana de Cali (Colombia), analiza la actual situación económica mundial.

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1. ¿Dónde está exactamente el origen de la crisis económica actual?
2. Fidel Castro y Hugo Chávez no han ocultado su "felicidad" por la crisis económica mundial. Predicen, otra vez, el fin del capitalismo. ¿Qué sucede con este sistema?
3. El "rescate financiero" de Washington supone una de las mayores intervenciones estatales de la historia. ¿Es una derrota del liberalismo o una refundación del sistema capitalista?

El origen inmediato de la crisis financiera actual está, ciertamente, en la profusión de los llamados "créditos basura" concedidos por instituciones financieras norteamericanas a prestatarios con dudosa capacidad de pago. Sin embargo, todo está lejos de ser una confabulación fraudulenta de prestamistas y prestatarios (aunque esto no falte), sino que responde a la lógica misma del sistema de mercado "libre", así como a los incentivos positivos y/o negativos de la política económica.

Los años que siguieron a la pequeña recesión de 2001 (técnicamente estancamiento, puesto que hubo un crecimiento del PIB de sólo un 0,8%) han sido de un crecimiento económico muy modesto, acompañados de una inflación relativamente baja, por lo que se ha impuesto una política de bajos tipos de interés como medida típica de estímulo a la inversión, la cual, a pesar de todo, muestra índices negativos de crecimiento en los últimos tres años.

Como es sabido, los bajos tipos de interés estimulan un incremento del endeudamiento, pero, al mismo tiempo, hacen que los prestamistas no estén interesados en prestar bajo esas condiciones, y en la misma línea de pensamiento, los bajos tipos de interés desestimulan el ahorro. Así, las cosas, los bajos tipos de interés llevan al público a consumir más en condiciones de crédito.

Mientras tanto, los bancos e instituciones financieras han debido buscar opciones más rentables de inversión y decidieron tomar riesgos en préstamos con bajas exigencias y altos niveles de rentabilidad probable. Mientras estos créditos puedan ser pagados, no hay problema aparente. El problema se presenta cuando no pueden ser pagados, y es sabido que una cadena de impagos en un sistema conectado por el crédito, puede hacer que el sistema se hunda.

A esto debe añadirse toda la compleja ingeniería financiera que siguió al boom de las llamadas "hipotecas subprime" (las de mayor riesgo de impago) y que incluyó la llamada "titularización", es decir, el "empaquetado" de hipotecas buenas y malas (prime y subprime) para ser vendido a entidades (fondos) que "limpian" los balances de los bancos para que estos cumplan las Normas de Basilea (que establecen los requisitos de capital propio necesario que aseguren la protección de entidades frente a los riesgos financieros y operativos), y que en muchos casos son incluso filiales de dichos bancos.

A partir de 2007, comenzó a desinflarse la "burbuja inmobiliaria", creada por un boom de vivienda cara pero con crédito fácil, y comenzaron a caer los precios de las mismas. Muchas hipotecas estaban valoradas a precios muy superiores a los precios que impuso la crisis inmobiliaria y muchos no pudieron seguir pagándolas, con lo cual los bancos fueron ejecutando dichas hipotecas sin encontrar a quién venderlas.

Por las mismas razones, se depreciaron los "paquetes" hipotecarios creados por los bancos, lo cual creó una crisis de liquidez en varias instituciones financieras, fundamentalmente aquellas que se especializan en inversión (ya que la regulación de la banca comercial es más estricta que la de la banca de inversión).

A esto debe añadirse un escaso nivel de regulación estatal al sistema financiero, especialmente a la llamada banca de inversión, que se mantuvo en el sistema norteamericano a pesar de las lecciones de la crisis asiática de 1997-1998.

Ahora bien, creo que las causas más profundas hay que buscarlas en la estructura de la economía norteamericana, que sigue siendo la locomotora (cada vez menos potente) de la economía mundial, pero que, a diferencia del momento en el que asumió el liderazgo, se ha convertido en una economía deudora del resto del mundo, que exporta menos de lo que importa, y que requiere de importar ahorro del resto del mundo para asegurar sus necesidades de inversión.

Fuerzas de su flexibilidad

Si algo ha demostrado la historia del capitalismo, es su rápida capacidad de adaptación a las cambiantes condiciones de su propio sistema. La capacidad de reforma del sistema es realmente muy grande. A diferencia de lo ocurrido con el llamado "socialismo realmente existente", que se hundió ante los intentos de su reforma, el capitalismo obtiene fuerzas de su flexibilidad.

Las crisis económicas no son otra cosa que una fase del ciclo económico que describe la economía capitalista. Se han repetido sucesivamente desde la primera, en 1825, con una irregular periodicidad.

Ahora bien, esta crisis, como varias de las que le han precedido, incluyendo la Gran Depresión de los años treinta del siglo XX, demuestra que ningún país puede vivir eternamente por encima de sus posibilidades productivas, lo cual significa que para lograr riqueza real, es necesario producir más y ser más competitivos.

La industria norteamericana ha sufrido un proceso de continuado "redespliegue" hacia otros países con más bajos salarios y menores regulaciones ambientales y laborales. Esto no significa que Estados Unidos se haya "desindustrializado", sino que ha cambiado la estructura de su industria, concentrada ahora de manera fundamental en la más alta tecnología, transfiriendo a otros países lo que puede ser "maquilado".

El sector de los servicios, especialmente los financieros, ha pasado a ocupar un lugar central en la estructura del PIB norteamericano. Sin embargo, la posición externa del país se ha deteriorado con el descomunal incremento del déficit comercial y en la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos Internacionales.

Ciertamente, el paquete de rescate concebido en el proyecto de la Ley de Estabilización Económica supone una intervención masiva en la economía norteamericana que recuerda las primeras medidas adoptadas por Roosevelt en el "New Deal". No creo, sin embargo, que se trate de una refundación del sistema capitalista, aunque sí pareciera una derrota temporal del liberalismo.

En realidad, el liberalismo puro no ha existido, ni siquiera en los tiempos en que Adam Smith escribió La riqueza de las naciones, aunque ciertamente la política económica se ha movido, históricamente, siguiendo una trayectoria pendular entre las antípodas "liberalismo" e "intervencionismo estatal".

Lo que sí es cierto es que el mercado tiene unas "fallas" que suele corregir la intervención del Estado, el cual tiene un papel que cumplir en la sociedad y que puede ser más o menos activo, de acuerdo con la situación concreta. Y también es cierto que la intervención del Estado genera una serie de "fallas" que se traducen en distorsiones de precio e ineficiencias que suele corregir el mercado en las condiciones de una economía mixta.

Evitar que el sistema desaparezca

La Gran Depresión de los años treinta mostró la debilidad del mercado para autocorregir sus desproporciones cuando éstas asumen niveles incontrolables y se traducen en una inmensa destrucción de fuerzas productivas. La inactividad del gobierno de Hoover y las políticas que adoptó en aquel entonces profundizaron la crisis, lo cual llevó a Roosevelt a plantearse la necesidad de intervenir desde el Estado, con una política monetaria y fiscal expansiva (aunque él mismo tuviera concepciones ortodoxas en este sentido).

Las medidas del New Deal se complementaron con las concepciones teóricas de Keynes, que sugería la intervención del Estado a través de la promoción del empleo, el gasto público y la inversión pública, así como una política de bajas tasas de interés como estímulos, tanto al incremento del consumo privado como a la inversión privada, que son estandartes del capitalismo.

El llamado "modelo keynesiano" se generalizó, con diferente nivel de profundidad, en la etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial hasta las sucesivas crisis de los años setenta y ochenta, que mostraron las grietas de un esquema basado en presupuestos deficitarios y políticas monetarias expansivas en medio de una situación de "estanflación".

Así, la subida al poder de Margaret Thatcher, en Gran Bretaña, y Ronald Reagan, en Estados Unidos, marcó la era del llamado "neoliberalismo", con su creencia dogmática en las bondades de la "mano invisible" y autocorrectora del mercado.

Ciertamente, ese modelo ha entrado en crisis y se abre una nueva etapa en la que debería buscarse el adecuado equilibrio entre las ventajas de la libertad implícita en las relaciones de mercado y la necesaria regulación estatal para corregir los fallos, tanto del mercado como del Estado, que están descritos en cualquiera de los textos básicos de Economía y que se corroboran cada día en la práctica cotidiana de nuestras vidas.

Sin embargo, no creo que esa mayor y necesaria regulación signifique "socialismo". Todo lo contrario. Así como en su día el New Deal evitó el hundimiento del capitalismo, hoy la intervención estatal puede evitar que ese sistema desaparezca.

Uno de los debates que será necesario abordar es el de los alcances de esa intervención y si la misma privilegiará, como casi siempre, a los mismos millonarios. O si, por el contrario o además, tendrá en cuenta las necesidades y problemas de las numerosas clases media y trabajadora.


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