Actualizado: 26/11/2020 16:04
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El menor desagravio

Solidaridad, holocausto y genocidio. Un debate conceptual, a propósito del aniversario 70 del arribo del St. Louis a La Habana.

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Durante estos días (27 de mayo-2 de junio) se conmemora el aniversario setenta de la estancia en La Habana del barco SS St. Louis (1939). La tragedia de este trasatlántico, cargado de refugiados judíos alemanes, rechazados por Cuba y Estados Unidos y conocida internacionalmente como "el viaje de los maldecidos", fue otra demostración de que el nazismo alemán fue el principal artífice, pero no el único responsable del holocausto.

En julio de 1938, los países miembros de la Liga de las Naciones, incluyendo a Cuba, con la adición de Estados Unidos, dieron o a Hitler un regalo bochornoso. En la conferencia celebrada en el balneario francés de Evian, los Estados del mundo se dividieron entre los que expulsaban a los judíos y los que los rechazaban, cómplices e indolentes. Incluso la República Dominicana, el único país que se brindó a recibir a los judíos, lo hizo como parte del programa racista de blanqueamiento del dictador Trujillo.

Cuando Hitler confirmó que los países del mundo no se solidarizarían con las víctimas de su zarpazo, soltó a la muchedumbre nazi. Ocurrió el 9 de noviembre de 1938, en "la noche de los cristales rotos" o Kristallnacht. Cientos de sinagogas fueron destruidas, conjuntamente con más de 7.000 negocios y hogares hebreos. Noventa y un judíos fueron asesinados y otros 30.000 arrestados por la simple razón de ser parte del pueblo de Moisés.

El tristemente célebre Laredo Bru

El 13 de mayo de 1939, seis meses después de la Kristallnacht, 937 pasajeros abordaron el buque SS St. Louis en Hamburgo. Novecientos eran judíos desesperados por salir de Alemania.

Atenazados por el odio nazi y las cuotas migratorias de los países donde tenían familiares, veían a Cuba como un destino temporal donde salvar su vida. Habían recibido permisos de turistas para desembarcar en La Habana, a través de una operación corrupta del director de Inmigración Manuel Benítez, que amasó una fortuna considerable vendiéndolos. El coronel Benítez era un acólito del general Batista, el hombre fuerte tras el trono del presidente Laredo Bru.

Federico Laredo Brú, veterano de la guerra de independencia, era conocido por su precio. Había ascendido a la presidencia tras la destitución por el Congreso de Miguel Mariano Gómez, por disputas con el general Batista. En 1923, había depuesto la protesta armada del movimiento de veteranos y patriotas en Cienfuegos, a cambio de una maleta enviada por el presidente Zayas con 60.000 pesos.

En ocasión del viaje del St. Louis, Laredo, bajo presiones de la propaganda nazi en La Habana y con el respaldo de la derecha falangista, que tenía en El Diario de la Marina su vocero, emitió el decreto 937, que invalidó los permisos de los pasajeros para desembarcar. Como en otras posiciones antiinmigrantes contra los trabajadores negros que venían del Caribe, el egoísmo de la muchedumbre fue movilizado contra los judíos, que fueron presentados como enfermos y rivales de los cubanos en la lucha por los empleos.

El barco permaneció una semana en la Bahía de La Habana, mientras funcionarios de organizaciones judías gestionaban una revocación de la posición cubana. Por diferentes gestiones, veintiocho pasajeros pudieron desembarcar. Uno de los pasajeros intentó suicidarse y saltó del barco por temor a ser retornado a Alemania, donde algunos pasajeros habían sido golpeados, y otros como Aron Pozner habían estado ya en el campo de concentración de Dachau. Nada conmovió a las autoridades cubanas que, según varios informes, tenían el respaldo de las masas manipuladas.

Sin oportunidad de desembarcar a sus pasajeros, el capitán Gustav Schroeder zarpó el 2 de junio para la Florida, donde también fue rechazado por las autoridades norteamericanas. Al quedarse sin alternativas, Schroeder, reconocido después por el Estado de Israel como un justo entre los gentiles, regresó a Europa, planeando hacer naufragar el barco contra las costas británicas si fuera necesario, antes de regresar con los judíos a Alemania.

Ese acto de desesperación no ocurrió, pues los refugiados fueron aceptados en Gran Bretaña, Holanda, Francia y Bélgica. No fue el fin de la tragedia. De los 620 pasajeros destinados a Holanda, Francia y Bélgica, por lo menos 254 terminaron en campos de concentración al ser ocupados estos países por las hordas hitlerianas. La travesía del St. Louis es recordada desde entonces como "el viaje de los maldecidos". Hay una sala bajo ese nombre en el Museo del Holocausto en Washington. La única donde se menciona a Cuba, para nuestro bochorno.

La disculpa pendiente

A fines de los años noventa, la comunidad hebrea de Cuba recibió a Hella Roubicek, sobreviviente del St. Louis y casada con Frank, judío checo que vivió parte de su juventud en un campo de concentración nazi. Ambos sobrevivientes conversaron con judíos y no judíos en el Patronato de la Casa de la Comunidad Hebrea de Cuba y su experiencia fue divulgada en entrevistas publicadas por el diario Juventud Rebelde y en un folleto editado por el ingeniero judío comunista José Altshuler.

En Miami se ha recordado esta tragedia en varias sociedades judías, y se ha llamado a evitar su repetición. Cubanos dignos, independientemente de sus posiciones políticas, han reconocido lo que fue una vergüenza nacional.

Tales acciones son loables, pero insuficientes. Desde 1939, ninguna autoridad cubana ha reconocido oficialmente que el gobierno, los partidos políticos envueltos y los periódicos del momento fueron insensibles ante el drama de los refugiados del St. Louis. Más lamentable aún es que en las escuelas, en las que se enseña historia universal, la Segunda Guerra Mundial o el nazismo, no se discuta la tragedia del St. Louis, donde las generaciones que vivían en 1939 fueron indolentes al reclamo del pueblo judío.

Cualquiera que sea la opinión del lector sobre el Estado de Israel, es evidente que de haber existido éste, la tragedia del St. Louis no hubiera ocurrido. Cuando en la década de los cincuenta, centenares de miles de judíos fueron expulsados (sólo por serlo) de países árabes como Libia, Irak y Egipto, los refugiados tuvieron donde ir.

Cuba sabe de esa experiencia de denegación de solidaridad hacia los judíos, porque la vivió directamente. Debiera compartirla cada vez que el energúmeno y reaccionario presidente de Irán cuestiona que el holocausto haya ocurrido o propone la eliminación de Israel.

El sionismo, movimiento de liberación nacional de la nación judía, debe ser presentado en la prensa y en la educación cubana con justicia. El genocidio de seis millones de judíos, incluyendo más de un millón de niños, sólo por haber nacido, fue una tragedia única.

El holocausto judío ocurrió en Europa, pero en todas las regiones del mundo, incluyendo América Latina y el Medio Oriente, la falta de solidaridad y la fobia antijudía fueron flagrantes. El muftí de Jerusalén, líder de la lucha árabe contra el asentamiento judío en la ciudad, lanzó frecuentes arengas a favor de los nazis y sus políticas, desde su exilio en Berlín.

Tributo versus banalización

El término genocidio, que no existía como tal antes de la Segunda Guerra Mundial —aunque se puede decir que ocurrió contra las poblaciones indígenas del continente americano—, fue creado por el abogado judío polaco Rafael Lemkin, para describir la exterminación de un pueblo y su cultura sólo por existir. Lemkin logró su cometido al aprobarse en Naciones Unidas la Convención contra el Genocidio en 1948. Hitler es una metáfora que sólo debe ser usada para Hitler.

Es lamentable la banalización del holocausto judío y sus perpetradores nazis en el discurso político cubano de derecha e izquierda.

El holocausto judío fue comparado por Fidel Castro, en 1956, en México, con los asesinatos a mansalva de los asaltantes al cuartel Moncada, capturados por el coronel Del Río Chaviano y sus esbirros en 1953.

El periódico Granma publica frecuentemente artículos de condena al embargo norteamericano y a la injustificada guerra económica, refiriéndose a los mismos como genocidio u holocausto. Son exageraciones. Por malos que sean esos eventos o políticas, no son equiparables a los campos de concentración nazi, ni a lo que hizo Sadam Husein contra el pueblo kurdo, o los comunistas camboyanos contra su población.

En el exilio, diferentes políticos y comentaristas usan metáforas sobre un supuesto "holocausto cubano" o discuten el "genocidio de tres negros asesinados por querer escapar a la libertad". Son exageraciones.

Por condenable que sea el uso de la pena de muerte o la ausencia de un juicio justo, la muerte de tres personas que intentaron robar una lancha, o el fusilamiento en el Escambray de personas que luchaban por derrocar al gobierno, no son un holocausto ni un genocidio, ni equiparables a los crematorios nazis.

El gobierno comunista, según el congresista Mario Díaz-Balart, es comparable al nazismo, y los que quieren cambiar la política de George W. Bush hacia La Habana, incluyendo las restricciones a las visitas familiares, somos "lo mismo" que colaboradores de los nazis. Esas analogías sin análisis demuestran sólo disposición a la manipulación y a la holgazanería intelectual.

El menor desagravio

Los políticos cubanos deben discutir los problemas de la Isla con madurez, en su circunstancia, sin exageraciones. Como pueblo, debemos sospechar de las metáforas fáciles para demonizar oponentes. Son deshonestas. El rechazo a la banalización de su tragedia es el menor desagravio que debemos a los que fueron a La Habana en el St. Louis, y murieron en un genocidio real por la falta de solidaridad de una generación anterior de cubanos.


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El barco St. Louis en La Habana. (MUSEO MEMORIAL DEL HOLOCAUSTO DE ESTADOS UNIDOS)Foto

El barco St. Louis en La Habana. (MUSEO MEMORIAL DEL HOLOCAUSTO DE ESTADOS UNIDOS)

El viaje del St. Louis