Actualizado: 17/10/2017 10:31
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St. Louis, Judíos, Holocausto

Los niños judíos que Cuba no protegió

De los más de 900 pasajeros del St. Louis que regresaron a Europa, 254 murieron en el Holocausto, 33 de ellos eran niños

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Que en más de 70 años Cuba no se haya disculpado, de alguna manera, por los sucesos del buque St. Louis hay quienes lo interpretan como una lectura de antisemitismo. Herbert Karliner, testigo de aquel episodio, no se resigna al olvido, por eso apoya un proyecto en el que participan tres niños cubanoamericanos, quienes promueven una disculpa para los 158 niños que viajaban en ese barco de judíos, que en 1939 las autoridades de la Isla se negaron a ofrecerle refugio.

Disculpar la historia sería un reencuentro con la decencia. Entonces, qué le cuesta a Cuba disculparse con los niños judíos que viajaban en el buque St. Louis. Nada le cuesta. Y es entendimiento moral, y una oportunidad de reiterar verdades y sacudir un pasado perturbador. En aquellas aguas, casi 20 años antes de la irrupción del régimen de Fidel Castro, navegaron también la corrupción y la indiferencia.

El 13 de mayo de 1939 zarpó del puerto de Hamburgo con más de 900 judíos alemanes, quienes trataban de huir de la persecución nazi. El destino era La Habana, Cuba, y todos los viajeros disponían de visas o permisos oficiales que presuntamente les garantizaban la entrada a la nación caribeña. Pero la historia se reveló insensible, cuando el entonces presidente cubano Federico Laredo Bru invalidó por decreto esas autorizaciones y no permitió que la embarcación entrara al puerto habanero.

En el árido catálogo de asperidades que afrontó el Saint Louis a su llegada a las costas de Cuba, el 27 de mayo de 1939, se amontonaron corruptelas de visas falsificadas y con precios abusivos, rivalidades políticas, intereses electorales y la corrosiva campaña antisemita que ya cosechaba odios y complicidades activas en la nación antillana.

Aquel trato de Cuba con lo inconcebible, resultó el episodio más mediático de la historia de los refugiados judíos en los años de la Segunda Guerra Mundial. Todo indica que la propaganda nazi organizó el viaje del St. Louis para demostrar al mundo su disposición “generosa” a permitir el libre movimiento de los judíos, y para a su vez poner en evidencia la negativa de los países democráticos a recibirlos.

Cabría la tentación de decir que Cuba fue víctima de una campaña mediática del fascismo internacional, que anuló estadísticas y razones. Los diversos estudios de la inmigración judía solo enfatizan la odisea del trasatlántico alemán, sin embargo, unos 11.000 judíos encontraron refugio en la Isla, un grupo antes de mayo de 1939 y otro número de ellos en el momento más crítico de la guerra. Pero la sensata tesis no logra consolar a los espíritus tristes.

A Carolina Santana no le importó que la vieran llorar cuando visitó el Museo de la Memoria del Holocausto de Washington D.C. Ella recorrió la exposición paralela para los niños y grupos escolares, que se denomina “Recuerde a los niños: La historia de Daniel”. La sección funciona desde 1993 y representa la vida de un chico imaginario que reúne muchas historias reales de esa tragedia única, en la que murieron unos seis millones de judíos, incluyendo a más de un millón de niños.

Carolina, Eduardo Santana y Ángela Sampedro le escribieron al amigo Daniel un mensaje de fraternidad, que es la más noble de las obligaciones humanas. Les prometieron no olvidar, porque el olvido es peor que el desprecio; y regresar siempre a estos lugares de homenaje, para modelar la sensibilidad, para recordar a muchos de estos niños que perdieron el corazón.

Ellos no conocían la historia del Saint Louis. Nacieron en Estados Unidos, pero sus padres son cubanos. Son niños de su tiempo, que han crecido con una Biblia distinta, y aunque no viven con el lamento de la patria perdida, cualquier historia que involucre a los dos países, enfrentados hace más de cinco décadas, agita sus sentimientos. Por eso cuando conocieron el episodio del barco judío, la primera pulsión que tuvieron fue pensar en lo que sufrieron aquellos niños que aún siguen estando olvidados, quienes terminaron con sus fantasías mutiladas.

Y de esa visita al Museo de la Memoria del Holocausto de Washington D.C. surgió la idea de custodiar el recuerdo de los pasajeros más pequeños del St. Louis. Los tres niños, su abuela y un tutor se integraron en un proyecto para procurar una disculpa de Cuba para aquellos niños.

El apoyo de especialistas de la dirección del Museo del Holocausto de Washington D.C., como los investigadores Sarah A. Ogilvie y Scott Miller, le añadió manos diestras y tenacidad a la idea. Ellos son los autores del libro Refugio denegado, una excelente obra sobre los hechos del St. Louis, que es referencia imprescindible para los estudiosos del tema.

Para promover la disculpa de Cuba para los niños del St. Louis y propiciar que las nuevas generaciones de cubanos conozcan este acontecimiento se consideran alternativas, como el envío de una carta a las autoridades de la Isla, firmada por sobrevivientes del barco, la edición de libros en español sobre el tema, la presentación de una exposición especial en La Habana, auspiciada por el Museo de la Memoria del Holocausto de Washington D.C.; y la inclusión de este episodio del holocausto en los libros de texto para los estudiantes del estado de Florida.

El proyecto, que ya cuenta con su copyright en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, pretende razonar que estamos ante una precaria lectura del pasado, por ello la voluntad de promover una disculpa para aquellos niños, quienes son hoy los pasajeros que aún viven. Pero es también una reflexión que permite, desde la mirada de los niños, retornar a una historia desconocida por muchos, y a veces olvidada ante el gran peso del Holocausto.

Aún esperan por ese “mañana”

La primera palabra en español que Herbert Karliner aprendió cuando apenas tenía 12 años fue “mañana”. Era la que más repetían los oficiales cubanos de inmigración que visitaron el St. Louis, cuando alguien en el barco les preguntaba sobre la autorización de bajar a tierra de Cuba. Tras 12 días de espera en las aguas habaneras apenas una veintena obtuvo refugio en la Isla y nadie se disculpo por tamaña insensibilidad. Todos esperaron y aún esperan por un mañana que nunca llegó.

Herbert Karliner tenía apenas 12 años cuando abandonó Alemania junto a sus padres, dos hermanas y un hermano. Habían entendido, como cientos de miles de familias judías alemanas, que todo lo que sucedía era el presagio del Holocausto. Lo vendieron todo para pagar el costoso viaje a América, que para unos niños que no conocían el mar era una aventura de sueños. No era lo mismo para los adultos, marcados por la represión y temerosos ante el desarraigo de una vida diferente en un lejano país.

El hombre que ha podido crecer ante la persecución y el dolor trae en su voz cierta aspereza, pero Herbert Karliner es un conversador jovial, de sonrisa generosa, que desgrana su vida exhibiendo una memoria inspirada y algo de esa obsesión sajona por los detalles. Lo demostró en su entrevista con los niños que participan en el proyecto sobre el St. Louis. Empezó a hablar fascinado por el hecho de que jóvenes, que tienen la misma edad que él tenía cuando viajaba en el barco, valoren e investiguen hoy esta historia, porque —enfatizó— si se aplaza el debate moral del pasado este puede volver con mayor virulencia.

Los relatos de Karliner destilan esa dulce paciencia de los maestros reposteros, el oficio de su vida en Estados Unidos. Se refirió a la complicidad del Gobierno de Franklin D. Roosevelt con todos los países del continente americano para denegar el refugio a los judíos del St. Louis. Ninguno de los telegramas enviados pidiendo ayuda tuvo respuesta. Ni la primera dama de Estados Unidos, Eleanor Roosevelt, respondió al pedido de protección para los niños.

Tras el regreso del St. Louis a Europa, luego de casi 40 días de navegar en la incertidumbre, los pasajeros recibieron refugio en Bélgica, Holanda, Gran Bretaña y Francia. En este último país se estableció la familia Karliner, que tuvo que cambiar la identidad para eludir la creciente persecución antisemita. Ya después nunca más supo de sus padres y sus dos hermanas, quienes no pudieron escapar a la represión desatada luego de la ocupación del territorio galo por los nazis.

Reconocer públicamente un acto de insensibilidad y pedir una disculpa oficial por ello, casi siempre connota el pago de reparaciones. Quizá por ello se requirieron casi 70 años para que el Congreso de Estados Unidos aprobara la Resolución 111, que define el drama del St. Louis como una de las tantas tragedias de esa época y reconoce el sufrimiento de aquellos judíos. De los más de 900 pasajeros que regresaron a Europa 254 murieron en el Holocausto, 33 de ellos eran niños.

En sus días de retiro Karliner dedica tiempo como voluntario en el Memorial del Holocausto de Miami Beach y en otros escenarios que requieran de sus memorias lúcidas. A sus 85 años recuerda con nitidez la lejana imagen del malecón, la conocida avenida que bordea el litoral habanero. Vive en Miami Beach, la ciudad que vio desde el barco y a la que prometió volver.

Crédulos del azar, la mística y el hechizo interpretan como castigos divinos las adversidades que ha afrontando Cuba durante decenas de años por su falta de misericordia ante aquel crucero de judíos que surcó las mismas aguas, entre La Habana y Florida, que hoy desgarran a la diáspora cubana.

Lo que no logra entender Herbert Karliner, y lo dice con desencanto, es que Estados Unidos le haya abierto las puertas a una emigración de cientos de miles de cubanos y que inexplicablemente le negó el refugio a aquellos 900 judíos del St. Louis, que huían de un proyecto monstruoso de exterminio.

Aún viven para defender su verdad unos 60 pasajeros del St. Louis. Son sobrevivientes de aquel universo inmoral, pero a su vez son testigos de que el infierno y la insensibilidad no terminaron cuando cerraron las puertas de los campos de exterminio.

“Nada hay comparable con el Holocausto”, reflexionó Fidel Castro en una entrevista para la revista estadounidense The Atlantic. A juicio del ex presidente cubano la historia del antisemitismo es “única”, porque los judíos —subrayó— han sido el pueblo “más injuriado del mundo”.

Cuando los pasajeros del Saint Louis estaban pidiendo refugio en las aguas del puerto habanero, Fidel Castro tenía apenas 12 años, la misma edad de Herbert Karliner. Tal vez hoy, a sus 85 años, escuchando cada día más intensa y dolorosamente las advertencias del tiempo, el enfermo líder cubano sienta la angustia de la verdad moral y quiera percibir las virtudes de la reconciliación de Cuba con su historia.


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