Actualizado: 21/05/2018 19:59
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Cuba, Batista, EEUU

Fulgores de Fulgencio (I)

Primero de una serie

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Unas palabras olvidadas

“La finalidad de elevar el nivel de vida de nuestros pueblos y la movilización de las fuentes de riquezas, corresponde a cada nacionalidad, y aunque la cooperación se deriva de la misma naturaleza de los convenios, acuerdos o negociaciones, no debe esperarse que la ayuda principal nos venga de afuera. Nuestros países, incluyendo al Canadá, forman un formidable conglomerado que integran más de 357 millones de seres humanos. Son pueblos que aman su progreso y su libertad; que no tienen apetencia de expansión territorial, ni permiten que otros atenten, directa o indirectamente, contra su libre determinación. Debe aspirarse a que esos preciosos conceptos no descansen únicamente, para unirnos y compenetrarnos, en combatir al marxismo, que es deber e interés de todos, sino que tengan también una sólida arquitectura económica y social. Esa recia consolidación servirá de contén a las infiltraciones de la demagogia vernácula y a la acción corrosiva del comunismo. Es indispensable la facilitación de inversiones de capital privado y público, en forma que trasciendan al bienestar de la familia y a la prosperidad de las naciones. Es preciso un razonable balance entre lo que se importa y las exportaciones, y encauzar debidamente la producción interna. Todo eso, con la eliminación de la doble imposición fiscal, y dentro de las operaciones comerciales fijando adecuadas normas arancelarias y monetarias, sin abandonar ninguna de las partes de la defensa de los respectivos patrimonios, sería la mejor cooperación, en modos recíprocos, para lograr resultados fecundos. Debe propiciarse un ambiente social en que lo demagógico y especulativo no sea más fuerte que el imperativo económico.

“Una de las maneras es propender a que se distribuyan más equitativamente los rendimientos de la producción, con el objeto de establecer la mayor circulación monetaria, el desarrollo de los negocios y la seguridad del capital y el trabajo.

“Esta declaración recoge —entendemos— el deber de lograr un sistema de seguridad social que, apoyándose en los seguros obligatorios y en un eficiente sistema de asistencia pública, proporcione atención hospitalaria, viviendas higiénicas para el campesino y el obrero, y de interés social para los individuos de modestos ingresos, liberándose del miedo a la inestabilidad y a la miseria. Para que se eleve el nivel de vida, debe evitarse, al mismo tiempo, la competencia desleal basada en los bajos salarios y pobres condiciones de trabajo, sobre todo, cuando el obrero se encuentre impedido de organizarse para su defensa.

“La enseñanza común, la guerra al analfabetismo, los establecimientos tecnológicos, los de educación y de cultura, con el intercambio cultural, nos ayudarán, cada vez más, a prevenirnos contra las actividades que tienden a despojar al ser humano de los atributos espirituales indispensables a la vida y al libre albedrío.

“En el Tratado de Asistencia Recíproca de Río de Janeiro se proveen los medios defensivos y se condena toda agresión a los Estados Americanos. Y en la era que vivimos, todos debemos estar listos contra la positiva amenaza del comunismo, más peligrosa cuanto más repudian la sangrienta y brutal tiranía que antes apoyaron los actuales sibilinos rectores rusos.

“Nuestros pueblos, manteniendo cada uno la manera de vivir que les legó la tradición, su medio ambiente y sus características, podrían fortalecer los actuales vínculos de solidaridad, sintiéndose miembros felices de una próspera e invulnerable gran familia americana.”

En las palabras anteriores hay todo un programa social, político y económico, coherente y articulado: compromiso con los desfavorecidos, obligación del Estado para los pobres, combate a la miseria y al analfabetismo, cuidado de la salud comunitaria, equilibrio comercial, manejo responsable de la economía… Cualquier político europeo o latinoamericano de la actualidad suscribiría gustosamente esos conceptos citados, y formaría alrededor de ellos un plan de gobierno, que seguramente sería aplaudido y agradecido por sus gobernados…

Aunque parezcan cercanas, las palabras anteriores las pronunció hace más de 60 años, en 1956, Fulgencio Batista Zaldívar: fueron sus “Previsiones y advertencias en el Congreso Anfictiónico de Presidentes” reunido en Panamá, por el 120 Aniversario de aquel que convocó en ese mismo lugar Simón Bolívar en 1836, llamando de nuevo a la unidad —no geográfica ni política, pero sí de intenciones y compromisos democráticos— latinoamericana.

Para un lector razonable y atento quizá estas palabras despierten un cierto interés en conocer más profundamente a quien las dijo, más allá de la imagen que se ha construido sobre su perfil en estas seis décadas de velos y distorsiones. No se trata de un “rabioso anticomunista” como se ha dicho (desde posiciones diametralmente opuestas en el espectro ideológico), sino alguien que conoce bien la materia que trata, por su origen racial y clasista, mestizo y pobre, y por su relación (la experiencia personal) con líderes y estrategas de esa militancia política. Sabe bien de lo que habla. Cuando muchos coqueteaban tempranamente con la utopía comunista en Latinoamérica, ya Batista alertaba sobre el peligro que representaba, y el desastre consiguiente que hemos visto cumplirse implacable y certeramente en el continente hasta nuestros días, en que hasta su principal promotor mundial llegó a confesar en un arranque de inusitada sinceridad, o de decrépita senectud, ser “un sistema que no funciona ni para nosotros”.

De haber prestado atención entonces a la certera llamada de alerta de Batista y seguido la línea política que expuso, muy diferente hubiera resultado no sólo la historia de Cuba, sino la de todo el continente.

Posiblemente esa crítica de Batista contra Estados Unidos en un foro internacional molestó al gobierno yanqui y no se lo perdonaron: era la muestra de una independencia demasiado retadora y cuestionadora de la visión y la responsabilidad continental de la gran república americana. Después de esta reunión, lo cierto es que el Gobierno de Eisenhower comenzó a distanciarse progresivamente de Batista, suspendiendo la entrega de armas que ya habían sido compradas y pagadas, y apoyando subterráneamente al incipiente movimiento guerrillero de Castro, a quien nunca quisieron aceptar como un agente comunista a pesar de los numerosos y fuertes indicios que tenían.

La tesis de “la revolución traicionada” ha sido suficientemente desacreditada y no tiene ningún sustento ya, así como la otra peregrina ocurrencia que fue “el impulso americano para que Cuba cayera en brazos de los soviéticos”: ambas forman parte sustantiva de una leyenda que trata de exculpar a los verdaderos responsables del desastre actual en la Isla: el obtuso y miope Gobierno americano, y la falta de visión y de generosidad de las clases directivas de la Cuba republicana, que arrojaron el país en brazos de un hábil y ambicioso Castro. Hoy unos y otros continúan purgando sus pecados, pero a quien peor le ha ido es al empobrecido pueblo y la fracturada nación cubana, en la más severa y total crisis de toda su historia.

Quizá por esa conciencia culpable y negra, los propios Estados Unidos, a través de elementos tan diferentes como el famoso “Papel blanco” del Departamento de Estado y las películas de Hollywood (en especial la serie de El Padrino), trataron de anatematizar el Gobierno de Batista, creando la falsa e hiperbólica imagen de Cuba como un prostíbulo de los yanquis y como la colonia de la mafia americana, cuando ni aún en Estados Unidos se reconocía la existencia de esa agrupación criminal: hasta su último suspiro el director vitalicio del FBI, John Edgar Hoover negó terminantemente que existiera la mafia, y si en los propios Estados Unidos la máxima autoridad responsable de la política interior no lo aceptaba, ¿cómo pretendían que un gobierno extranjero sí lo hiciera, y además obstruyera las inversiones que un grupo de empresarios realizaron en el país con el beneficio para la economía nacional y la generación de empleos? ¿Acaso los gobiernos de EEUU impidieron no sólo el emporio de Las Vegas y ni siquiera el de Atlantic City? ¿Por qué esperaban que un político extranjero, presidente de una república independiente, lo hiciera? Quizá lo que realmente les molestó a los intereses yanquis fue que esas inversiones se realizaran fuera y no dentro del territorio americano. Hoy sólo el turismo mentecato de los “compañeros de viaje” que nunca han faltado, pueden negar la realidad visible y palpable de una Cuba hundida en la miseria y convertida ahora sí en un gigantesco prostíbulo, con una población tan esclavizada como nunca soñaron Weyler ni Capone.

Los gobiernos de Estados Unidos tuvieron hacia Batista una actitud deleznable: nunca perdonaron sus orígenes sociales y políticos. ¿Cómo recibir con auténtico y sincero beneplácito a un presidente extranjero mestizo, mientras en el sur del país se aplicaba la más absurda segregación racial?

Batista no sólo fue un aliado sino un amigo de Estados Unidos, y estos le correspondieron con la traición y una actitud, en el mejor de los casos, distante. Les repugnaba tener que tratar con un caudillo latinoamericano, quien además tenía la insoportable tendencia a decirle ciertas verdades. Batista fue un aliado fiel y confiable durante el momento de difíciles decisiones cuando la Segunda Guerra Mundial. El gobierno de Batista no escatimó —como sí hicieron otros gobiernos latinoamericanos— el apoyo y la ayuda necesaria para conseguir la victoria sobre el nazi-fascismo primero, y contra el comunismo ruso después. A la lealtad y el abrazo, Estados Unidos correspondió con la traición y el distanciamiento. Batista apoyó, por coincidir con su proyecto propio de desarrollo y progreso nacionales, las iniciativas norteamericanas para una concertación continental y mundial. En gran parte, lo mejor del Gobierno de Batista en ese sentido, fue replicado por el mandato posterior de Carlos Prío Socarrás. Fue un aliado leal, compartiendo una visión democrática del continente. Pero lo ignoraron y luego lo vendieron.

Fue un personaje como Batista, a quien se le ha negado sistemáticamente la condición de estadista y sólo se le considera como un “sangriento dictador”, quien pudo ver en el horizonte y alertar sobre los peligros y los males que nos acechaban en muy temprana fecha, más dada al irresponsable regocijo que a la reflexión prudente y visionaria.

El filósofo e historiador Emilio Ichikawa, en un artículo de su blog (e.i.), “Batista y el anticomunismo con rostro humano” (10 de agosto de 2014), calificó como “observaciones agudas” esta histórica intervención del mandatario cubano, y las reconoció como “tesis bastante atinadas, al menos en lo político”, en relación con la expansión continental del comunismo. Ichikawa vincula el discurso de Batista a la luz del entonces reciente XX Congreso del PCUS, y del “Informe secreto” presentado el 25 de febrero de ese mismo año 1956 por Nikita Kruschov contra los crímenes de Stalin, como el contexto en el cual se inscribe, y demuestra entre otros asuntos la información actualizada del estadista sobre el escenario internacional.

En ese discurso Batista hace mucho más que exponer una terapia, pues indica una labor profiláctica: prevenir los males en sus mismas causas y orígenes, más que extirpar el comunismo en América. Era una actitud pro-activa, no reactiva, que proponía tomar la iniciativa, y demostraba así una penetrante visión como estadista. La tesis de Batista era sencilla y eficaz: el bienestar generalizado sería la mejor vacuna y la más efectiva prevención contra el comunismo. Pero no fue escuchado.

Ichikawa relaciona este llamado de Batista con los puntos de la Declaración final de la Conferencia de Presidentes, el 22 de julio de 1956. En el Punto 4 se señalaba el pacto colectivo que debía mantenerse para enfrentar la expansión del comunismo infiltrante, pero el Punto 5 reproducía en esencia la participación de Batista, donde enfatizaba que “debe existir un compromiso con la paz, la justicia y el bienestar”, como condiciones saludables de la vida democrática continental.

Batista resaltaba “una sólida arquitectura económica y social” para impedir la diseminación del mensaje disolutivo y de resentimiento social comunista, con “una distribución más equitativa” de la riqueza, donde los gobiernos garantizaran la seguridad social, la asistencia pública, la adecuada disposición de hospitales, la oferta de viviendas para los trabajadores, obreros y campesinos, y alertaba contra la empobrecedora competencia desleal, pues exigía mejores salarios y condiciones de trabajo, al mismo tiempo que hacía énfasis en la educación y la cultura como motores de la superación social y el desarrollo nacional.

Por las ideas que contiene este discurso, parece que en lugar de contar con la asesoría de Enrique Pezzi de Porras, su cercano asistente personal, hubiera sido redactado por tres de los antiguos colaboradores de su Gobierno de 1942: Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez y Julio Le Riverend.

En una entrevista posterior a la conferencia, la aguda visión de Batista llama la atención para no distraerse ni equivocarse, y menos confiarse ante la “falsa apertura” del comunismo que trataba de vender Krushov por esos días. “Más peligrosa cuanto más repudian la sangrienta y brutal tiranía que antes apoyaron los actuales sibilinos rectores rusos”: Batista, un político intuitivo, tenía un buen olfato. Consideraba que todo esto era sólo “un cambio de estrategia”, pero que su agresividad esencial quedaba intacta. “El peligro comunista es tanto más intenso cuanto más suave parezca ser…”.

Y oyendo todo esto, en primera fila, estaba Dwight E. Eisenhower, pero parece que no escuchó nada: pocos meses más tarde, siguiendo sus instrucciones, el secretario de Estado, John Foster Dulles declaraba el 8 de abril de 1958 el embargo norteamericano de armas contra Batista, que fue un fuerte golpe para su Gobierno y la democracia en Cuba cuando se enfrentaba a la insurgencia castrista, y coincidentemente como una señal de simpatía y aliento, un día antes del paro total que ya había emplazado Castro desde el 12 de marzo del mismo año, la Huelga General Revolucionaria del 9 de abril, que fue un absoluto fracaso por la falta de apoyo de los trabajadores, quienes en su mayor parte seguían a Batista, y ocasionó colateralmente la muerte innecesaria y generosa de varios luchadores que así se sumaron al martirologio castrista.

Significativamente, las páginas oficiales cubanas EcuRed y Cubadebate ocultan este antecedente inmediato de la decisión del Gobierno americano del día 8, en la Huelga del 9 de abril.

En el nivel debajo del despacho de Foster Dulles, el famoso Cuarto Piso del Departamento de Estado, continuaba, callada pero efectiva, la maquinación a favor de Fidel Castro…


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Fulgencio Batista en la portada de la revista Time, el 21 de agosto de 1952Foto

Fulgencio Batista en la portada de la revista Time, el 21 de agosto de 1952.